viernes, enero 09, 2015

Días de psicosis terrorista


Ayer por la tarde, al salir del trabajo, me encontré con el caos. Un paquete sospechoso había desatado todas las alarmas en la macroestación de Nuevos Ministerios, y la habían desalojado por completo. Tres líneas de metro y varias más de cercanías que por allí pasan se encontraban cortadas hasta saber qué es lo que había sucedido. Mi trabajo, cuya línea de metro pasa por ahí y está a dos paradas de distancia, se encontraba en la zona de desalojo. Gran parte de la Castellana sentido bajada a Madrid estaba cortada, las paradas de autobuses, atestadas, y muchas personas consultaban sus móviles tratando de saber cómo salir de ahí.

La matanza terrorista de Charlie Hebdo en París, el nuevo y confuso ataque a un policía, que resultó muerto, sucedido ayer por la mañana también en la capital francesa, el saber que los autores del ataque siguen sin ser detenidos, y sobre todo, la sensación de que el islamismo, como elemento de peligro, ha arribado a Europa definitivamente, han convertido a estos días en continuos momentos de tensión y nervios. Las sospechas se disparan, objetos abandonados en cualquier parte se convierten instantáneamente en potenciales paquetes bomba, y las alertas saltan por doquier. Es normal. Y de la misma manera que este nerviosismo se ha extendido, se irá disipando poco a poco a medida que, ojalá, no se produzcan nuevos atentados en un futuro cercano. Pero, aunque se produjesen, las sociedades acaban acostumbrándose a vivir con un cierto nivel de miedo y siguen adelante, en un ejercicio de supervivencia que, en el fondo, además de natural, es la mejor manera para derrotar a esos fanáticos que, en última instancia, desean destruir nuestras sociedades. Madrid, ciudad castigada por el terrorismo etarra durante varias décadas, se acostumbró a vivir con esa amenaza, con el riesgo de saber que quizás algún día un coche bomba de los terroristas pudiera acabar matando o hiriendo a alguien cercano, o a uno mismo, pero la ciudad siguió adelante. Lo mismo se puede decir de Londres en la época del IRA, que golpeaba con relativa frecuencia la capital británica. El terrorismo islamista tiene matices importantes que lo hacen más peligroso, especialmente por la dimensión de sus atentados y la sensación de que no se entienden sus causas ni lo que buscan, y el riesgo de generar una fractura en nuestras sociedades, pudiendo culpabilizar a todos los miembros de una creencia, fe o modo de vida de las actitudes de unos fanatizados. Pero pese a sus distintas tácticas operativas, de organización y de creencia, todos los terrorismos son similares, y se basan en la creencia en la debilidad de nuestra forma de vida, en nuestro miedo absoluto al descontrol, en la asunción de que, como niños, hemos creado una sociedad ultraprotectora que nos cuida y vigila en todo momento, y que cualquier destrozo que se produzca en ella tendrá consecuencias inmensas. Parte de ese razonamiento es cierto, y por eso el terror busca golpes indiscriminados en poblaciones grandes, en las que sabe que acabará matando sí o sí, sin que importen quienes sean sus víctimas, ni cuantas. Y eso es la más efectiva siembra del terror posible, la que nos mete en el cuerpo, la que hace decir a la gente que mañana no cojas el metro o el tren, por si hay un atentado. Ese el objetivo que buscan los terroristas, amedrentarnos y destruir la forma en la que vivimos.

Por eso, y por duro que suene, creo que una de las maneras más efectivas que existen de luchar contra el terror es ignorarlo. Como ciudadanos nada (o casi) podemos hacer para evitar atentados, estamos en manos de los cuerpos y fuerzas de seguridad, y sobre todo de la inteligencia y el espionaje. Pero a cada uno de nosotros nos toca seguir con nuestras rutinas, ejercerlas, mantener nuestra vida, lanzando así una señal a los totalitaristas de que no nos podrán vencer. De que tenemos miedo, sí, pero que no nos rendimos, de que no nos pueden someter a sus designios. Puede sonar tonto, pero coger estos días un transporte público es un gesto de desafío al terror, de lucha personal contra el miedo, de batalla librada y ganada.

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