miércoles, enero 14, 2015

El yihadismo y el problema de la religión


A lo largo de estos días, cada vez que ha surgido el tema de los atentados parisinos, los debates acaban convergiendo en el asunto de la religión, en la influencia del islam, y en el integrismo de las creencias que lleva a cometer actos salvajes como los que hemos visto. Lo primero que hay que dejar claro, como bien lo hizo ayer el primer ministro francés Manuel Valls, es que estamos en guerra, sí, pero contra el yihadismo, contra el fanatismo, no contra una religión. Así como gritábamos hace años “vascos sí, ETA no”, ahora debemos gritar “musulmanes sí, yihadistas no”.

Personalmente siempre he tenido una visión ingenua de la religión que la realidad, machacona, se empeña en llevar la contraria. Educado en un ambiente católico, en un País Vasco en los setenta y ochenta en los que la religión lo era todo, he tenido épocas de creencia más intensa y épocas de menor compromiso. Creo que con los años esa fe se ha ido diluyendo y, aunque persiste, es débil. He llegado a la obvia conclusión de que la religión es un ámbito privado de las personas, que se puede expresar en público, pero que no puede condicionar el devenir de toda una sociedad, porque en ella hay pluralidad de creencias o increencias. Es fácil, pero no. También desde pequeño tenía un problema, que sigo manteniendo, con el concepto de integrista. Dado que los evangelios hablan de amor, de entrega a los demás, de poner la otra mejilla, y presentan en general a un Jesús que no es violento, pensaba en mi infancia que los integristas religiosos debían ser los más pacíficos, mansos y amorosos del mundo. Cuando conocía la existencia de las comunas hippies de los sesenta me recordaron mucho a esa imagen que tenía del integrista, como fuente de amor compartido y de paz (en los evangelios no se fuma, pero eso eran detalles de contexto, atrezo). Sin embargo en los medios de comunicación la imagen del integrista era, y es, la de un señor muy enfadado, rabioso, que ordena a sus acólitos cometer barbaridades y que enarbola la violencia como auténtica palabra de Dios. A lo largo de la historia el integrismo, de todas las confesiones religiosas, ha derivado en violencia sectaria y en episodios de crueldad que son completamente antirreligiosos. A mi modo de ver se da la paradoja de que, quienes se confiesan como integrista son, en realidad, los mayores pecadores posibles, porque atentan contra todos los principios de la fe que dicen defender, pero que violan, vejan y afrentan en cada uno de sus actos. En el caso de la religión católica, que nos pilla más de cerca, durante siglos hemos logrado domesticarla hasta convertirla en una creencia personal y ajena a la violencia, pero en ocasiones vemos comportamientos, como los casos de abusos sexuales a menores, o la violencia que emplean ciertos grupos antiabortistas en EEUU, que son completamente irracionales y ajenos al evangelio. Se puede estar en contra del aborto, pero justificar en base a ello el asesinato de un médico no solo es estúpido y delictivo, sino también una tergiversación de la fe que la mancilla por completo. No soy experto en el Corán, y pese a que es cierto que la religión musulmana posee preceptos que mezclan más que otras la gestión de la vida pública y la privada, no me queda duda alguna respecto a que la práctica normal y “domesticada” de esa religión es pacífica, tranquila y respetuosa con los demás. El integrismo que nos afecta, y que sigue un pequeño pero no despreciable porcentaje de los musulmanes, es un grave problema que, sobre todo y en primer lugar, interesa atajar a los propios musulmanes que defienden y quieren su religión, no esa versión rigorista y fanática que pretende secuestrarla.

En las sociedades occidentales actuales, muy descreídas, el papel de la religión ha sido ocupado por otro tipo de creencias como, por ejemplo, el amor a los colores de un equipo de fútbol, que levanta pasiones y, bien lo sabemos, violencia irracional. La fuerza de la religión, que apela a lo más íntimo de las personas y nos enfrenta al dilema sin fin de la vida y la muerte, es enorme, y su mal uso puede generar monstruos como los que vemos estos días en acción, pero esos monstruos han sido creados por personas que han cogido unos textos y los han violado, los han corrompido. La religión no es el problema, es el uso y el abuso que de ella hacemos. Y eso es lo que debemos controlar, perseguir y castigar.

No hay comentarios: