martes, abril 07, 2015

No es lo mismo morir en los Alpes que en Kenia

Decía un viejo dicho que la profesión de periodista consiste en tener que contarle a alguien que no conocía al señor Fernández la impactante noticia de la muerte del señor Fernández. No se si esto es así o no, pero si es verdad que las noticias nos afectan de una manera muy distinta en función de la distancia geográfica o emocional a la que se producen. Un centro comercial de Kansas City lo consideramos como propio mientras que una universidad africana puede ser lo más ajeno del mundo a nuestra realidad, y de ahí que lo que suceda en ambos lugares tenga un impacto mediático, y emocional, muy distinto.

En esta semana santa hemos asistido a un atentado horrendo, perpetrado por la milicia islamista de Al Shabab, contra un universidad en Kenia, en el que 147 personas fueron asesinadas de manera cruel y despiadada. Los atacantes asaltaron un campus en la localidad de Garissa y, seleccionando a sus víctimas en función de si se declaraban musulmanes o no, iban liberándolos o matándolos según cómo respondían a sus preguntas. Hay algunas imágenes en la web, no muchas, del resultado de la matanza, que ponen los pelos de punta. Este atentado se ha producido en Semana Santa, y ha consistido en una matanza de cristianos. Y sin embargo, ¿cuál ha sido su repercusión? No diré nula, porque se ha comentado, pero casi. No hemos visto enviados especiales al campus de Garissa, ni entrevistas a residentes kenianos en nuestro país, ni declaraciones solemnes por parte de nuestros dirigentes o de otros países condenando esta salvajada, cambiando sus agendas o realizando ofrendas florales. No hemos asistido a esos rituales que empiezan a ser parte de un protocolo establecido para condenar y mostrar repulsa ante el terrorismo. No, nada de eso. Apenas unos breves en las noticias, unas imágenes de agencia leídas con voz en off y situadas a mitad de metraje en los informativos. No se ha abierto en ningún caso con ello. Curiosa, y desgraciadamente, porque ambos son guarismos muy elevados, el número de muertos del atentado de Kenia es prácticamente el mismo que el de las víctimas del no accidente aéreo de los Alpes de hace un par de semanas. Centenar y medio de víctimas inocentes, muertas por la voluntad de alguien, en el caso del avión por una causa psicológica y en el de Kenia por el fanatismo, pero asesinadas igualmente. En ningún momento veremos en nuestros medios la lista de los muertos keniatas, sus nombres, su edad, sus estudios, sus orígenes y vivencias. No conoceremos a sus profesores, a sus amigos, novios, ni sabremos porqué estaban estudiando ahí y qué querían para su futuro. La matanza de Kenia, que de producirse en cualquier campus universitario occidental, con una décima o centésima parte de su dimensión, ocuparía todas las portadas del mundo, apenas ha suscitado unas pocas páginas en las secciones de internacional y pocas, muy pocas, reflexiones. No realizaremos minutos de silencio por esos muertos, ni pondremos coronas de flores, ni nos manifestaremos delante de la embajada de Kenia como muestra de solidaridad, porque muchos ni si quiera se habrán enterado de que ha sucedido algo tan horrible como lo que allí ha pasado. Una vez vueltos a la vorágine postvacacional, Kenia y lo que sucede en esa parte del mundo volverá a la oscura realidad de la inexistencia, salvo que un nuevo atentado, más brutal, sea capaz de hacerle volver a las portadas.

¿Y saben qué es lo más frustrante de todo esto? Que es normal, que es lógico que los medios no le den más cobertura, porque en el fondo aquello está muy lejos, física y, sobre todo, emocionalmente. Sentimos empatía de lo que está cerca de nosotros, de lo que nos es próximo o similar, bien por distancia o sentimiento. Y Kenia, África en general, está lejos, muy muy lejos, pero sobre todo en planos que no tienen nada que ver con la geografía. El medio de comunicación sabe que una matanza en Kenia “no vende” y por eso, sobre todo, no la lleva a portada. Y ser consciente de esa distancia es otra forma, sutil pero igualmente cruel, de hacer que las vidas de los asesinados en Garissa se pierdan para siempre.

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