miércoles, febrero 22, 2017

¿Me cobra, por favor?

La técnica, que ya es omnipresente en nuestras vidas, contribuye a ofrecernos muchísimas posibilidades y, también, complica algunos aspectos del día a día que son bastante sencillos, produciéndose de vez en cuando situaciones absurdas. Ayer, en compañía de unos amigos y compañeros de trabajo, acudí a una función de teatro, una especie de monólogo extralargo sobre las relaciones de pareja contado por una mujer que había sufrido de todo, siempre con el humor presente. La sesión fue divertida, no se si aprendí algo pero me lo pasé bien, y los que allí estábamos nos reímos y estuvimos divirtiéndonos un buen rato, que no es poco.

Antes de la función, tomamos algo en una cervecería anexa al teatro. A la hora de pagar la consumición cada uno pusimos lo nuestro, sobrante arriba o abajo, y fuimos a la caja que estaba en el centro del amplio local, para abonar el importe. Uno de nosotros no tenía cambio y puso un billete y, junto con las monedas de todos los demás, le acompañé a efectuar el pago, mientras el resto de compañeros abandonaba el local y, entradas en mano, se ponía a la cola para acceder al espectáculo. La barra era una de esas que, girada sobre si misma, se situaba en medio del espacio del bar, por lo que desde cualquier punto se veía a los camareros que te daban la espalda cómo trabajaban en sus pantallas de cobro o poniendo las consumiciones. Ya fue algo sospechoso que, para el mero hecho de pagar, tardaran tanto en hacernos caso como lo hicieron, pero al final uno de nos camareros se fijó en nosotros, no tanto en nuestras pintas sospechosas como en nuestros gestos que denotaban interés, y vino y nos atendió. Tardo otro poco en sacar el ticket en el que venían impresas, correctamente, nuestras consumiciones, y le dimos el billete para que, vía cambios, mi acompañante quedara saldado. El camarero fue con el dinero y recibo a una de las pantallas táctiles que servía como TPV, y empezó a teclear en ella un montón de códigos de acceso y, tras desbloquearla, cifras y datos en abundancia. Preguntó varias veces a algunos compañeros el número concreto de la mesa en la que estábamos, y haciendo otras cosas a la vez, seguía pulsando botones en su pantalla y rellenado lo que parecía un formulario del IRPF. En un momento dado el proceso se detuvo, el camarero se quedó impaciente ante el terminal y, sin que pudiera ver qué es lo que había pasado, la siguiente vez que lo vi se encontraba nuevamente ante la pantalla de desbloqueo inicial. Volvió a teclear abundantes caracteres y, con el programa abierto, empezó lo que parecía una nueva cuenta, síntoma de que, por algo, la anterior había fallado. Mi acompañante y yo veíamos que el tiempo pasaba y el acto de pagar se empezaba a dilatar más de la cuenta. En el nuevo proceso de carga de datos del camarero, que empezaba a tener aspecto de analista financiero, algo debió salir mal otra vez, pero esta vez el fallo implicó el bloqueo de la pantalla. Acudió a pedir ayuda a un compañero y, entre ambos, lograron inicialmente cerrar el programa de facturación y volver al escritorio de lo que, por aspecto, parecía un Windows XP. Desde ese punto hicieron algunas intentonas para lanzar el software de cobro, pero parecían no tener éxito. Finalmente, optaron por la solución clásica, que es reiniciar el equipo, cosa que llevó un pequeño tiempo, pero que supuso toda la cascada de pantallas negras y de color clásicas asociadas al arranque. Pasados unos minutos, el camarero volvía a estar ante la críptica pantalla de identificación del programa de cobro, y tras introducir su código secreto, reinició el proceso de generación de la factura. Esta vez hubo éxito y, como por arte de magia, se abrió el cajón del dinero sito en la parte inferior del TPV y pudo proceder al cobro y traernos las vueltas.


Escenas de este tipo son cada vez más similares, una vez que los puntos de venta se han convertido en puertas de acceso a las bases de datos de los negocios y recopiladores de “data” a veces “big” otras no tanto. En muchas ocasiones las etiquetas de los productos salvan a los dependientes en el siempre complejo proceso de cobro, piense usted en la cola del supermercado y el lector de códigos de barra, pero la hostelería, entre otros negocios, carece de identificadores de este tipo y el proceso de carga de la información requiere un trabajo del empleado que, muchas veces, debe atender a todo lo demás mientras rellena el albarán correspondiente. Ayer fueron varios minutos, no pocos, los que empleamos, mi amigo, el camarero y yo, en cumplimentar todo ese proceso.

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