miércoles, junio 12, 2019

Trump y México


Desde el inicio de su polémico mandato, la relación de Trump con México ha estado en el centro de todas las polémicas y sorpresas. Ya en su campaña la idea de construir el (ampliar el ya existente) muro y que lo pagaran los vecinos del sur fue uno de sus principales argumentos, y el ruido que generó destacó su candidatura aún más sobre el resto de aspirantes republicanos. En todo lo transcurrido de su presidencia, Trump no ha dejado de usar a México como chivo expiatorio de sus frustraciones, acusándolo de todo lo imaginable, y amenazándole cada dos por tres con la imposición de aranceles, multas y todo tipo de sanciones. Lo que hace con ese país es una de sus grandes bazas, y lo sabe, para conseguir la relección.

El acuerdo firmado el pasado viernes entre ambas naciones, lleno de cláusulas secretas, y que de momento ha eliminado la posibilidad de los aranceles desde el lado norteamericano, ha sido el último de estos episodios de tensión, y refleja perfectamente el modelo negociador del matón Trump que, tristemente, le genera réditos. Se levanta el magnate a horas intempestivas y de mala leche, y tuitea furioso contra sus vecinos, acusándoles de lo que sea, y si hace frío en Washington, también de eso. Planta ante el socio comercial una amenaza, un golpe, con el objeto de que ese socio se asuste y se avenga a una negociación en la que lo que esté en juego es cuánto va a ceder el socio frente a las pretensiones americanas, sin que éstas se muevan un ápice. Es una táctica ruda que parece funcionar, como en las pelis de mafiosos, ante rivales o terceras partes bastante más débiles, pero que se complica cuando uno se enfrenta a alguien de su tamaño. ¿Cuál es la evidente ventaja de EEUU? Que nadie posee su tamaño, a excepción de una China que, sin dejar de crecer, se le aproxima. Pero no nos adelantamos. El rival, asustado por el golpe inicial, no sabe hasta qué punto Trump juega de farol o no, como el asunto de los pactos políticos a los que me refería ayer, pero sí sabe que desde el momento en el que se lanzan amenazas comerciales desde Washington, el daño económico empieza a ser real. Las variables financieras cotizan y el miedo inversor crece, y el país débil empieza, pase lo que pase, a pagar un coste en esta negociación. Para evitar males mayores se suele acabar alcanzando un acuerdo, que Trump siempre vende como fantástico y genial, que en la práctica no suele alterar mucho la situación inicial, pero que en todo caso genera movimientos que son siempre favorables a los intereses norteamericanos. Y eso lo puede vender Trump como un éxito de su “gestión” y manera de hacer las cosas. Es un sistema perverso y que posee muchos riesgos para ambas partes, obvios para la débil, algo ocultos, pero no menores para EEUU. Los acuerdos que se firman de esta manera están, por definición, sujetos a inestabilidad, porque nada garantiza que Trump se vuelva a enfadar otra noche, considere que lo acordado no le satisface y vuelva a las andadas con nuevas bravuconadas. Esa sensación de socio no fieble, de veleta, es uno de los mayores riesgos para la imagen de EEUU, arquitecto y garante del actual sistema de relaciones internacionales, que pervierte cada vez que se comporta como un niño rabioso, y que alienta a que el resto de jugadores internacionales pasen de unas reglas que, presuntamente se acuerdan entre todos (se mantienen porque EEUU tiene el poder para hacerlas respetar) y a todos comprometen. Si la sensación es que el garante no respeta el marco, ¿por qué otros van a hacerlo? La situación de ruina, de abandono, en la que se encuentra actualmente la Organización Mundial del Comercio (OMC) es una clara muestra de las consecuencias de este tipo de actuaciones. Y el hecho de que, a muy corto plazo, Trump saque rédito de tácticas semejantes es un aliciente para que siga empleándolas y, con ello, deteriorando el clima comercial y de seguridad aún más. El niño consigue el juguete a costa de cargarse el juego.

México parece que va a verse forzado a intensificar su papel de policía fronterizo de EEUU, en un movimiento de subcontratación de la seguridad del borde exterior que España ya practica con Marruecos y la UE con Turquía, por ejemplo, pero en un contexto mucho más violento y volátil. Compra tiempo el gobierno del populista López Obrador, que en el fondo no es muy distinto al magnate neoyorquino, dominados ambos por la imagen y la creencia en el mando directo y certero que sale de ellos mismos. Ay, qué cierto era aquel adagio que lamentaba la situación de México, tan lejos de Dios y tan cerca de EEUU. Su poderoso vecino del norte es su principal fuente de ingresos y crecimiento y, también, de graves problemas económicos y sociales, que ni este tratado ni otros futuros podrán resolver.

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