viernes, marzo 22, 2024

Ser realistas sobre la guerra de Ucrania

Ayer, mientras el sedicioso chulesco organizaba un mitin en el que se reía de todos los españoles y humillaba, sobre todo, a los que se a sus pies se han arrodillado para amnistiarlo, asistí a una charla en la fundación Rafael del Pino en la que tres autores se reunieron para presentar el último libro de uno de ellos, la analista Mira Milosevich, experta en el mundo euroasiático y autora de anteriores trabajos de referencia sobre Rusia. En este caso, el libro busca en la historia de aquella nación las razones profundas de su actual expansionismo y cómo esa tendencia no se va a ver frenada en el corto plazo. Fue un debate de altura, serio y con mucho contenido.

Evidentemente, la guerra de Ucrania estaba en todo momento presente en el debate, y tanto en las preguntas posteriores como en las intervenciones de los ponentes el futuro de lo que suceda en el campo de batalla planeaba como una de las principales incógnitas para saber cuál será el devenir de la Rusia de Putin, de Europa, de la alianza trasatlántica y de, en parte, la correlación global de fuerzas en un mundo al que esa guerra le puede venir lejana o no, pero que le sirve como lección práctica de enfrentamiento moderno. La conclusión fundamental que saqué sobre este tema es que la cosa pinta mal para Kiev. Tras un primer año de shock, el 2022, marcado por la invasión y el fracaso del intento de descabezamiento del gobierno de Zelensky, y un año 2023 que empezó con optimismo para los que apoyamos a Ucrania ante la necedad del ejército ruso y la reconquista de regiones por parte de Kiev, el tercer año de enfrentamiento se presenta sombrío, realista como lo definió Niblett, dada la relación de fuerzas entre los contendientes, el proceso de aprendizaje de la moderna guerra multidominio que está mostrando el ejército ruso y la flojera en los apoyos occidentales a Ucrania. Las ayudas norteamericanas siguen empantanadas en un Congreso de Washington en el que el aislacionismo gana peso, y eso sin que Trump haya vencido en las elecciones. Los europeos debemos de empezar a asumir que Ucrania es nuestra responsabilidad, y que del devenir de esa guerra, en la que son los nacionales de aquel país los que luchan y mueren, es en gran parte el devenir de nuestra UE. Si Rusia gana la posición europea quedará seriamente tocada y el riesgo físico para las naciones colindantes será real. Si Rusia es contenida y ve que no es capaz de hacer frente a la guerra la posición de fuerza de la UE habrá mejorado notablemente y eso nos dará un margen de seguridad colectiva propio del que, hasta ahora, carecíamos. Pero todo eso, la respuesta defensiva de la UE, se debe producir a sabiendas de que EEUU ha dejado de ser un aliado fiable. Está en nuestras manos que seamos capaces de mantener el esfuerzo militar de Ucrania y así lograr una solución futura que sea lo más ventajosa posible para Europa y lo menos posible para Rusia. De eso se trata. En la actual guerra de desgaste Rusia cuenta con mucha más población y recursos propios que Ucrania, y no está sola, ni militar ni financieramente. Las sanciones económicas contra Moscú se han mostrado como una herramienta imperfecta y, sobre todo, no compartida por otros importantes países, como China o India, que poseen peso suficiente en el escenario global como para crear círculos de financiación y comercio alternativos a los dominados por el sistema occidental. Rusia se irá achicando a medida que la guerra se mantenga, pero eso no parece preocupar al dictador que la rige, y por ahora China se convierte en el ganador económico de un conflicto que le ha abierto las puertas de par en par al mercado ruso y que le sirve para adquirir materias primas y energía del gigante eslavo a un precio de descuento. Lo que se suponía una herramienta para estrangular a la economía de Moscú ha sido, en parte, poco más que una vía para infringir daño a las clases bajas y medias occidentales. En este punto el realismo tampoco está de más.

Los escenarios futuros que sobrevolaban la charla de ayer tenían en mente un futuro alto el fuego, que no acuerdo de paz, que explicite una Ucrania dividida, partida, con una zona anexionada por Rusia y otra volcada completamente hacia Europa, sin que aún esté nada claro dónde podría situarse la frontera física de esas dos partes, que emularían al escenario coreano. De momento, sin embargo, todos coincidían en que la guerra seguirá durante todo este año, porque los contendientes mantienen fuerzas y esperanza en su victoria. Eso sí, en la coyuntura actual, el tiempo corre en contra de Kiev. Y la responsabilidad de su futuro cada vez recae más en los europeos. No podemos fallarles, no podemos fallarnos a nosotros mismos.

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