viernes, julio 24, 2020

Vacaciones con oleadas


Como el pasado viernes, eran bastantes las personas que ahora mismo iban en el metro con maletas, con la esperanza y aspecto de salir de vacaciones cuando se acabe la jornada laboral de hoy. A las puertas del último fin de semana de julio el ansia de salir de Madrid y cambiar de aires es enorme por parte de los que trabajan en la ciudad, un fenómeno que se repite con elevada intensidad cada año, que da lugar a enormes operaciones salidas de tráfico y a atascos de grandes dimensiones en el proceso de fuga, que se repiten de manera algo más dispersa a la vuelta, los domingo por la tarde, la hora del retorno de los que, o se fueron hace tiempo o los que sólo se han podido largar el soñado fin de semana. Así era antes y quiere ser ahora.

Pero es evidente que las vacaciones de este año no van a ser tales, o no al menos en su sentido estricto. Hay movimientos de salida y entrada, pero menores que otros años, y con la sensación de la urgencia clavada en la mirada de quienes se van a algún lado. Urgencia que se mide en número de infectados diarios y que se marca en forma de zonas en las que se reproducen los brotes. Uno ha previsto, pongamos, ir a veranear a la costa almeriense, y desde entonces no hace más que consultar cómo se encuentran los positivos por allí, qué pasa en aquellos pueblos y qué opciones tiene de que, cuando llegue el día previsto para partir, el viaje pueda hacerse como estaba previsto. Muchos de los esfuerzos de planificación de las vacaciones de este maldito año consisten en averiguar cómo pueden ser canceladas si es necesario, como renunciar a ellas al menor coste posible, o incluso al revés, cómo planificar una estancia mucho más larga en el caso de que los condenados brotes nos bloqueen en un lugar que consideramos como de paso, no de estancia definitiva. En el equipaje de muchos veraneantes este año, junto a toallas, ropas horteras y enseres deportivos, se van a colar tabletas y portátiles por lo que pueda pasar, porque realmente nadie sabe lo que puede acabar pasando, aunque el pensamiento de lo peor siempre está ahí. Y todo esto en aquellos que mantienen su plan de vacaciones, porque son muchos, legión, los que por motivos económicos o de prudencia directamente han optado por saltarse las vacaciones este año y dejarse de viajes. Hay miedo, hay respeto, hay temor, llámelo usted como quiera, pero las sensaciones no son ni mucho menos las de un verano cualquiera, y no son pocos los que, para no disfrutar con un viaje que ven lleno de riesgos, prefieren quedarse en la seguridad de lo conocido. Y son bastantes los que ven su presente y futuro económico cegado, y consideran directamente que irse de vacaciones es un lujo que su bolsillo, arrasado por la pandemia, directamente no puede permitirse. No hablemos de los viajes internacionales, salidas que todos los años para estas fechas están en pleno auge, y que este no son sino anécdotas que los que las practican podrán contar a sus cercanos como experiencias más propias de siglos remotos por la cantidad de trabas y protocolos que se deben cumplir para ir a alguna parte que por otra cosa. Pienso en julio y se me asocian muchas cosas a la cabeza, y una de ellas son los viajes de estudiantes para aprender inglés que invaden Reino Unido, Irlanda y otras naciones de nuestro entorno, y que este año no van a tener lugar. Algunas familias llevarían tiempo, quizás años, planificando ese primer viaje del hijo fuera de casa, con la ilusión de saber lo que aprenderá de idiomas y el temor a cómo sobrevivirá fuera de casa y con la cocina inglesa. Esos miedos menores han sido sustituidos por un miedo mayor que lo ha arrasado todo, que se ha llevado por delante formas de vida, certezas y anclas en torno a las que nos apoyábamos para marcar el rumbo vital. Ha deshecho planes como una tormenta de verano rompe la calma de la tarde, y ha convertido el tiempo de vacaciones en una extensión más de la era de nervios en la que vivimos desde finales de febrero.

Paradójicamente, la tensión acumulada en estos meses hace que, quizás más que nunca, sean necesarias unas vacaciones para poder desconectar de la pesadilla vivida, pero a medida que pasan los días y las cifras de infectados no hacen más que crecer la sensación es que el verano está siendo carcomido por el virus, y que la ventana de descanso que encontramos tras el final del estado de alarma se está cerrando. Los municipios que retroceden de fase ya no son uno o dos, sino que empiezan a ser muchos puntos rojos en un mapa de alarmas que se enciende, y el negocio asociado a las vacaciones, que soñaba con un respiro en los meses de verano, ve como sus ilusiones se apagan en forma de cancelaciones crecientes. Nada de este verano será como lo fueron todos los pasados.

jueves, julio 23, 2020

Un alternativo día del libro


El coronavirus nos robó la primavera y, al paso que va, logrará arrebatarnos todo el año con su desgraciada presencia, pero fue en la estación del despertar cuando su efecto fue absoluto, letal, y todo quedó suspendido. Eventos privados, conmemoraciones, actos públicos… todo desapareció mientras el confinamiento se extendía por doquier y la vida quedaba sumida a una quietud entre las paredes de casa. Una de las muchas cosas que se quedó ahí, abandonada en la nada, fue la conmemoración del día del libro, un 23 de abril, fecha para la que la curva empezaba a bajar pero los muertos diarios aún se contaban por centenas. Se propuso aplazarlo al verano, para cuando esto “ya hubiera pasado” y se escogió, de julio, el mismo día 23. Hoy.

En esta jornada se conmemorará tanto el día del libro como la festividad de Sant Jordi, en una Barcelona en la que los rebrotes ponen contra las cuerdas a las autoridades locales y empiezan a obligar a diseñar planes de contingencia hospitalaria ante lo que pueda venir en semanas. No veremos Las Ramblas llenas de casetas, autores y lectores, como no las vimos en el debido abril, porque la distancia interpersonal, que entonces debiera llevar tiempo instalada entre nosotros, se ha convertido en la compañera omnipresente de todos, y elimina el concepto de multitud, de reunión. Las librerías harán horario especial y descuento del 10% en sus ejemplares, con la esperanza de recuperar algo en esta jornada de las ventas e ingresos que se han ido desde el inicio de la pesadilla, y que para muchas ha supuesto la más absoluta ruina. El panorama que la pandemia dejan en el sector del pequeño comercio es similar al de una ciudad bombardeada, con unos supervivientes en medio de los escombros. Los locales cierran agotados, sin caja alguna, y entre ellos las librerías viven lo peor de todos los mundos, como todos aquellos negocios que no pueden instalar una terraza para vender copas. Su ecosistema era ya débil antes de todo esto, atomizado y luchando frente a gigantes de la distribución que han prosperado aún más con la forzada explosión del cibercomercio. Muchas de ellas, pequeñas, de barrio, vivían de la compra de los fieles del lugar, que ahora o no están, o no salen o se han quedado sin ingresos. Con los salarios temblando y el desempleo galopante la compra de libros se convierte en un accesorio casi de lujo cuando uno tiene dudas sobre el estado de la despensa a partir de la segunda quincena del mes. Es por eso que no pocas esperan hoy no ya arreglar sus cuentas, eso es imposible, pero sí al menos frenar la sangría, conseguir un punto de apoyo en el que poder respirar, un alivio en el duro puerto de montaña que están atravesando para poder refrescar, aunque sea un instante, piernas, mente y caja, y afrontar lo que queda de un año que, para todos, es lúgubre e incierto. Por eso, mi recomendación de hoy es que compren libros, por supuesto, pero que si es posible, lo hagan en esa librería que tienen cerca de casa, o la que ha quedado que se encuentre más próxima. Las grandes cadenas venderán hoy muchos libros, y otro tipo de productos, y todos ellos les permitirán también ir manteniendo unas ganancias que están muy mermadas, pero para ellas este día sólo es algo diferente, mientras que para la pequeña librería es una jornada absolutamente especial, vital, excepcional. La usencia completa de turistas provocará que los que acudan a las compras hoy sean los habitantes de las ciudades y pueblos, los de siempre. Muchos de ellos conocerán al librero y sabrán de sus alegrías, sus penas y pesares. Comprarle hoy un libro no es sólo, que también, un acto de amor a la cultura, y un regalo personal a uno mismo y a quien estemos pensando en dárselo, sino también un regalo a ese librero, a ese autor, a toda la cadena de profesionales que hacen posible que los libros lleguen hasta nosotros. Muchos de esos profesionales se encuentran ahora mismo en un estado de precariedad y angustia difícilmente imaginable. Hagamos lo posible para ayudarles, y lo mejor es, hoy, siempre, comprar libros.

Por oferta no será, se sigue editando una barbaridad en España, y muchas de las novedades que iban a presentarse coincidiendo con el original 23 de abril y la señalada Feria del libro (ay, la feria, qué pena, te echo de menos) han salido tras el confinamiento. Hay muchos libros sobre pandemias, virus y enfermedades, porque lo que está de actualidad impone gustos, pero tienen ustedes, como siempre, ensayos y novelas en grandes cantidades donde perderse, aprender y pasar un rato excelente en compañía de lo escrito por sus autores. ¿Acaso hay mejor plan para un caluroso verano que una apasionante lectura a la sombra de, pongamos, unos infinitos juncos? Disfruten de sus compras, lean y déjense llevar por las páginas.

miércoles, julio 22, 2020

De la irresponsabilidad personal ante los brotes


El lunes ponía a parir, creo que con bastante razón, a las administraciones de todo tipo que tenemos en España no ya por su incapacidad, sino por la negligencia con la que están gestionando el tema de la salud en la pandemia. Arrolladas por la primera ola, no han sacado conclusión alguna y parecen llegar al inicio de la segunda con los deberes tan poco hechos como al principio. Eso sí, los colmillos políticos bastante más afilados y los argumentarios de campaña muy pulidos para lanzarse a encontrar culpables, que no soluciones, ante una posible repetición del desastre ya vivido. El “abandonad toda esperanza” que se leía a la entrada del infierno de Dante es el lema que preside nuestras administraciones.

Pero lo reconozco, sería injusto si pusiera sobre el entramado institucional y político toda la culpa de lo que nos pasa y de lo que nos pueda pasar, entre otras cosas porque esas estructuras y cargos no han surgido de un asteroide llegado a la Tierra desde una remota galaxia, no, sino desde nuestro interior, desde nuestra sociedad, que las ha creado y moldeado, a las instituciones y a las personas que las ocupan. En general el civismo ha regido el discurrir de la sociedad española durante los meses del duro confinamiento. Casi todo el mundo ha respetado de una manera escrupulosa unas restricciones sociales y vitales inéditas, por su intensidad, extensión y dureza, y s comentaban mucho, pero eran anecdóticas, las noticias sobre quienes se saltaban las prohibiciones. No ha sucedido lo mismo tras el proceso de fases y la retirada de la legislación extraordinaria. Una relajación general se ha extendió por muchas capas de la sociedad, y una especie de instinto proustiano de recuperar el tiempo perdido ha hecho que los episodios de desenfreno se sucedan a lo largo de todo el país. El virus no se ha ido, el virus sigue ahí, el riesgo de contagio sigue siendo muy alto, pero pese a ello todos los días conocemos sucesos en los que el comportamiento no tiene en cuenta nada de lo vivido ni la persistente presencia del virus. Uno entiende que tras meses de encierro el desfogue sea parte necesaria en muchas personas que se han visto atadas y enjauladas. También es comprensible que, como pasa en otros temas, es casi imposible que la gente joven se modere. Su percepción del riesgo, propio y ajeno, es muy distinta la de los demás, y eso se nota cuando se ponen a hacer deportes de aventura o se ponen a conducir. Tratar que un veinteañero cumpla los límites de velocidad al volante siempre ha sido una tarea abocada a la melancolía por parte de padres, autoescuelas y agentes de tráfico. Pero la situación actual es bastante peligrosa. El coche lanzado a toda pastilla por la carretera es peligroso, mucho, pero se ve, y tiene un alcance dado, no destrozará vidas desconocidas que no estén en su trayectoria. El virus que un joven o cualquiera de nosotros puede portar se transmite de manera caótica, desordenada, creando cadenas de contactos y contagios en los que el que las inicia, sea de la manera que sea, es incapaz de saber hasta dónde podrán llegar. Se juntan, por tanto, la necesidad de la máxima precaución y la ocultación del mal, escondido en algo tan ínfimo como un virus, imposible de percibir. Y esa combinación es letal. Episodios como el de la discoteca de Córdoba que no respetan medida de seguridad alguna, y otros que se conocen cada día muestran que el grado de irresponsabilidad de parte de la ciudadanía se está extendiendo, y con él el virus y sus riesgos. Quizás sea demagógico acusar a estos incívicos de frustrar todo el esfuerzo logrado por la sociedad en meses de encierro, pero es una acusación que tiene algo de verdad, que esconde un problema real.

Convencer a la gente que lo que “mola” es llevar la mascarilla puesta, y no en el codo cuando se juntan varios grupos es una tarea hercúlea en la que me da la impresión nadie ha pensado, y que ahora se convierte en un reto inmediato. De poco serviría que las instituciones, acusadas de todo con razón, actuasen juiciosamente si luego en el día a día los ciudadanos no lo hiciéramos. Esto es un tema de corresponsabilidad, y podríamos aprender de nuestros políticos, del nulo uso que hacen de ese concepto, para darles una lección y ser cada uno de nosotros un referente, un ejemplo de cómo actuar con prudencia en estos meses de zozobra pandémica. Si no lo hacemos, nuestras críticas a la autoridad tendrán un componente de hipocresía nada pequeño.

martes, julio 21, 2020

Acuerdo histórico en Bruselas


Apenas hace un par de horas, en torno a las seis de la mañana, se ha alcanzado un acuerdo histórico en Bruselas sobre el fondo de lucha contra los efectos de la pandemia, tras una maratón de más de cuatro días que, llegadas a las 21 horas de ayer, superaba el récord de la cumbre más larga hasta la fecha, la que en su momento alumbró el tratado de Niza. Por momentos el acuerdo ha estado muy lejos, porque todo el rato se ha palpado la tensión que se ha abierto entre dos bloques de países, los llamados del sur, que nos incluye a nosotros, y los llamados frugales, partidarios de la austeridad y muy opuestos a la existencia de transferencias directas a otras naciones a cambio de nada. Estos bloques recogen sensibilidades políticas diversas y, me temo, han venido para quedarse.

Habrá que ver con detalle cuáles son los términos concretos del acuerdo, pero por lo que ya se sabe la cuantía total del fondo se mantiene en los 750.000 millones de euros que se inscribieron en la propuesta inicial. Lo que ha cambiado bastante es la estructura de dicho fondo. Se partía de una propuesta de la comisión en la que la mayor parte del dinero, unos 500.000 millones serían transferencias directas, dinero entregado a las naciones afectadas por el desastre pandémico, no teniendo por tanto que ser devueltos, mientras que el resto, 250.000 millones, serían créditos a bajo interés, que sí se devolverían. El grupo del sur ha tratado de mantener esa proporción todo lo posible, mientras que los frugales la han ido recortando poco a poco, y aumentando las exigencias que se esconden debajo de un proceso de transferencia no condicionada. Cualquiera que trabaje en asuntos relacionados con fondos europeos sabe que la condicionalidad es algo inherente a dichos fondos, que Bruselas da ayudas, sí, pero reglamenta de manera estricta cómo, en qué y a qué velocidad se deben ejecutar los proyectos que darán derecho a esas ayudas, y que todo está sometido a una montaña de controles y verificaciones por parte de organismos, tribunales, auditorías y el sumsum corda de inspectores. Por eso, el debate que se planteaba estos días en los medios sobre la “condicionalidad o no” de las ayudas me parecía a mi la típica discusión de cuñados que, sinceramente, no tienen ni idea de lo que hablan. Del acuerdo de esta noche se deduce que, por supuesto, habrá condicionalidad, pero no una troika inspectora como las asociadas a un rescate del MEDE, y que habrá transferencias directas, pero no los 500.000 millones planteados inicialmente, sino 390.000, lo que es una reducción significativa. Todo lo que no es transferencia ha pasado a ser crédito, y eso hace que el importe final que reciba cada una de las naciones de ese fondo tenga, probablemente, una proporción similar con respecto a cada una de las dos tipologías de ayuda. En paralelo se ha acordado también el Marco Financiero plurianual, que no es otra cosa que los presupuestos de la UE para los próximos siete años, que son los que dan soporte a políticas como la PAC o la cohesión, por nombrar las dos más relevantes. El importe de este marcos es de 1, 074 billones de euros, que es menos de lo que pedían muchos estados, y menos que el marco que vence en este año 2020, pero más de lo que reclamaban otras naciones, no solo las frugales. ¿Cómo se financia todo esto? El marco plurianual se obtiene a través de las formas clásicas de financiación, basadas en las aportaciones de las naciones europeas al presupuesto comunitario en función de su renta y PIB. Este es el primer marco que se alcanza tras la salida de la UE del Reino Unido, contribuyente neto, por lo que es lógico que el importe global sea menor, que a todos nos toque pagar un poco más y que naciones como la nuestra pasen, probablemente, de ser receptores a contribuyentes. Es lo que hay. El fondo contra la pandemia se financiará principalmente mediante emisiones de deuda de la Unión, emitidas por la Comisión, respaldadas por impuestos propios de tipo medioambiental, en lo que es una revolución, parecida a eso que se ha dado en llamar eurobonos, y que no es un momento Hamilton, como muchos han dicho, pero que sí se le parece.

Lo fundamental de todo este lío, siento la chapa de artículo que me está quedando hoy para los no versados en estos temas, es que ha habido un acuerdo y que la UE está respondiendo a una velocidad fulgurante frente a un enorme problema, aprendiendo de los errores de la gestión de la crisis pasada. Ahora el gobierno de cada nación tratará de vender ante sus opiniones públicas que ha salido vencedor del acuerdo, cuando es evidente que todos han renunciado a posiciones que se consideraban líneas rojas, pero es este un juego habitual en política, lleno de propaganda barata, al que no debiéramos hacer mucho caso. El acuerdo en sí mismo tiene un enorme valor. Eso es lo principal.

lunes, julio 20, 2020

El desastre del no rastreo de positivos


No hace falta ser un genio para darse cuenta de que la expansión del virus en parte de Aragón y, sobre todo, en Cataluña, ha entrado en un nuevo estado de descontrol, reviviendo lo que conocimos en marzo. Cierto es que ahora la media de edad de los infectados es menor, por lo que es esperable que se vean menor proporción de casos graves, y que el número de asintomáticos detectados supone una parte más relevante respecto al total de detectados, mientras que en marzo sólo veíamos los casos realmente graves, pero lo cierto es que tenemos transmisión comunitaria, son control alguno, y que eso, tarde o temprano, generará disgustos en forma de ingresados y fallecidos. Es cuestión de tiempo saber el número de fallecidos asociados.

Este rebrote supone un fracaso absoluto, total, sin paliativos, sin excusas, sin perdón, de todas las administraciones implicadas, que en este caso son sobre todo dos, la Generalitat de Cataluña y el Ministerio de Sanidad. Ambas han evidenciado una total dejación de funciones, una incapacidad para hacer frente a una situación que, tras lo vivido en marzo y abril, nadie puede decir que le pilla de sorpresa, y evidencian en las manos en las que está puesta la responsabilidad ante una segunda ola generalizada de la que tanto se habla pero que puede estar creciendo ya ante nuestras mismísimas narices. En el proceso de las fases previo al levantamiento del estado de alarma se reiteró una y mil veces que las CCAA debían de dotarse de los instrumentos necesarios para controlar futuros brotes y seguirlos, haciendo especial hincapié en las tácticas de rastreo, donde contratar gente para desarrollar ese trabajo era el primer pilar. Todas las CCAA dijeron, sin excepción, que habían creado extensas plantillas de rastreadores dotados de medios y capacidades para hacer su trabajo. Ahora sabemos que esto no es así. Ni se contrató a los que se dijeron, ni a la mitad de ellos ni a la mitad de la mitad, y se les pusieron de medios tecnologías de principios del siglo XX, apenas unos teléfonos. En la era del big data y de la información nuestras administraciones siguen varadas en el siglo XIX de la gestión y su fracaso es tan esperable como frustrante. La Generalitat, con el impresentable de Torra al frente, reclamaba en todo momento el volver a disponer de sus plenas competencias, y los partidos que sustentan el Govern, presuntos socios del gobierno de la Moncloa, votaban sin cesar en contra de las prórrogas del estado de alarma porque lesionaban el autogobierno catalán, en una nueva muestra de que al nacionalismo lo que le interesa es el poder para practicar su exclusión, nada más. Dejado atrás el estado de alarma, con plenas competencias en todas las materias, ¿qué he hecho el gobierno de Torra para apaciguar los brotes y seguirlos? Nada, prácticamente nada. Cuando los primeros se dieron en la frontera entre Lleida y Huesca la Generalitat se puso de perfil y poco le faltó para acuñar, en su fábrica de eslóganes infames, un “Aragón ens infecta” como excusas de lo que estaba pasando. El confinamiento perimetral de la comarca de Sagriá se produjo a lo largo de varios días, permitiendo un flujo constante de personas, infectadas o no, que iban a otras partes de Cataluña, y todo con unas decisiones administrativas completamente ilegales, que cercenaban derechos fundamentales sin que ley ni juez alguno las amparase. Cuando Lleida revienta empiezan los casos en la periferia de Barcelona, y los municipios de esa zona, capital incluida, encuentran en Torra y la Generalitat un frontón en el que mandar sus peticiones y recibirlas de vuelta sin que nadie les proponga nada o simplemente escuche. Obseso por sus paranoias identitarias, nada ha gestionado el desgobierno de Torra durante los tristes años que lleva al mando de una institución del estado de la que (muy) bien cobra. Si eso es desastroso en situaciones corrientes, se puede volver trágico ante un desastre como el que estamos viviendo.

Por su parte, el Ministerio de Sanidad del gobierno nacional lleva semanas sin hacer nada en un panorama de crecientes brotes que nos pueden llevar a una segunda ola de infecciones generalizada en semanas, No se ha hecho reforma legal alguna para que la ley sanitaria pueda decretar confinamientos locales quirúrgicos y estamos igual de preparados en lo que hace a la ley ante este reto que en marzo, es decir, mal. Y con el agravante de que hemos vivido esta película hace pocos meses y sabemos lo maligna que es. La incapacidad de meter en vereda a las CCAA por parte de Sanidad se ha demostrado absoluta. El Ministerio es incapaz de ejercer su labor de supervisión y control, y las CCAA ni saben ni quieren hacer frente a este desastre, en el que se vive mucho mejor criticando al gobierno que ejerciendo una labor. En la primera ola fracasamos como país, en lo que parece el principio de la segunda vamos camino de superarnos.

viernes, julio 17, 2020

Ritos y despedidas


Creamos ritos que son de utilidad para los que los practicamos, y que a buen seguro no sirven de nada, en función de la fe de cada uno, para aquellos a los que se destinan, estén vivos o muertos. Tras cada atentado terrorista salimos a concentrarnos o hacemos manifestaciones que el terrorista de turno contempla, si lo hace, con una indiferencia tan absoluta como despreciativa. En los funerales lloramos conjuntamente junto a los restos de la persona que se nos ha ido, pero somos nosotros los que buscamos el consuelo para paliar la pérdida, porque quien ya no está nada nos dice. Es humano, somos humanos, y necesitamos estas maneras y formas de expresión para adecuar en nuestro interior lo que ha pasado, para tratar de asimilarlo.

El acto de estado de ayer de homenaje a las víctimas del coronavirus fue una ceremonia sencilla, sobria, desangelada por culpa de la distancia de seguridad exigida, en la que el recuerdo de tantos muertos, tantas pérdidas, pesaba demasiado, y hacía que todo lo que uno pudiera imaginar para honrar su pérdida fuera pequeño. Con casi todas las presencias deseables y las ausencias previsibles, tres fueron las personas que hablaron en el acto. Un hermano de una víctima, en este caso del periodista Jose María Calleja, una enfermera del hospital Vall d´Hebron de Barcelona y el Rey. Cada uno en su discurso intentó destacar la representación que se le otorgaba en el acto, pero es esta una situación en la que las palabras se quedan muy cortas para describir lo que ha sucedido y sus consecuencias. Son tantas las historias de pérdida, sucedidas de una manera especialmente cruel, que desbordan los discursos que se puedan componen en unas horas por parte de expertos en retórica. Muchas de esas víctimas murieron muy solas, apenas acompañadas por personal sanitario o de emergencias, y sus familiares no tuvieron oportunidad alguna de despedirse de ellas. Arrebatados, arrancados de sus entornos por el virus y por las medidas de seguridad que impone, se han generado miles de traumas emocionales en personas vivas que hoy mismo aún no son capaces de construir un proceso de duelo convencional ante el vendaval que ha arrasado sus vidas sin que nada ni nadie pudiera prepararles para ello. En el otro lado, profesionales sanitarios y de otros cuerpos que lo han dado todo en estos meses se han convertido, de manera improvisada, en el último familiar que han tenido víctimas que entraban en hospitales o se mantenían en sus residencias y que iban a encontrar allí la muerte. Las manos de esos sanitarios y profesionales han sido las últimas que han sujetado a las de tantos y tantos que se han ido. Por sus manos, acostumbrados a dar vida y a acompañar, a dar cuidado, a vigilar y proteger, ha pasado la muerte en forma de desolación, de abandono, de equipos protectores que impedían el contacto con los pacientes, y de lejanía total respecto a familias que estaban separadas. Ese personal arrastra sus traumas y ha vivido escenas que nunca llegó a imaginar ni que pudieran darse ni mucho menos que pudieran tocarle vivir. Tampoco han tenido el tiempo ni el momento necesarios para asimilar lo que han vivido, y muchos de ellos necesitarán ayuda para sobrellevarlo. En el acto de ayer las voces que hablaron expresaban, sobre todo, respeto a los que ya no están y a los suyos, pero, también, impotencia ante lo que nos ha pasado. Salían por su garganta palabras que buscaban dar consuelo a los allegados de los ausentes, pero que en cierto modo gritaban socorro. El Rey, en su discurso, trató de dar aliento a los presentes, pero en su mensaje era imposible no encontrar el poso del fracaso de gran parte de la sociedad, de la estructura, de los medios, de una nación que se ha visto superada por la enfermedad.

La forma en la que se celebró ayer el acto, en ese círculo de asistentes en torno a la hoguera que rendía tributo a los caídos, es una manera clásica de expresar la unión, el continuo de todos, juntos ante un reto, pero también es una manera muy conocida de buscar refugio, colocando las fuerzas en círculo de tal manera que el conjunto ofrezca un mismo flanco ante el adversario, sin puntos débiles. El virus rompió nuestro círculo de protección allá por marzo y nos desarboló. Ha generado un trauma social y un reguero de historias, de nombres y apellidos que ahora son recuerdos en la mente de los que los han sobrevivido y pueden hablar de ellos. Ayer, en el patio de la armería, en un lugar castrense, se celebró un acto sentido que habla de derrota, de pérdida. De un enorme dolor para el que apenas hay consuelo.

jueves, julio 16, 2020

Huawei y la guerra fría con China


La empresa china Huawei, un monstruo tecnológico que se nos escapa de la imaginación a los europeos, y no digamos a los españoles, fue la ganadora de varios concursos realizados por el gobierno británico para el desarrollo del 5G en aquel país. En todo momento esta empresa china ha estado en el ojo del huracán por las acusaciones que hay sobre ella sobre si espía a favor del gobierno de Pekín y si no es otra cosa que un inmenso portaviones camuflado que permite la conquista de las infraestructuras y datos occidentales por parte de una China cada vez más ávida de poder. Como suele suceder, parte de estas acusaciones tienen un poso de verdad, y parte no.

Lo cierto es que en el desarrollo de la tecnología 5G, llamada a revolucionar las comunicaciones y muchas otras cosas (luego no será para tanto, ya verán) esta macro empresa china es la primera del mundo en lo que hace a equipos, instalaciones y demás cacharrería necesaria para que esas nuevas y prometedoras redes crucen de manera inalámbrica nuestro mundo. Y estamos, creo, ante el primer caso en décadas en las que las empresas occidentales no son las que poseen la ventaja operativa y de desarrollo ante una nueva tecnología. Hasta ahora se suponía que Europa o EEUU eran la fuente de todo lo moderno, y eso impulsaba a sus empresas hasta el más allá, y con ello a sus economías y ciudadanos. Japón en décadas pasadas y Corea del Sur más recientemente empezaron a ser focos rivales en tecnología, y aún son competidores formidables, pero es cierto que en el caso japonés su potencia económica se ha ido lastrando con los años tras el derrumbe de la burbuja inmobiliaria de los ochenta, y Corea del Sur se ha convertido en un país puntero, piense usted mismamente en Samsung, pero no posee el tamaño suficiente para crear una economía de liderazgo global. China es otra cosa. La imagen de su “made in” sigue siendo floja internacionalmente, asociada al montaje masivo, a la calidad no sobresaliente y a una indisimulada tendencia a la copia y el no respeto de las patentes internacionales que le granjea muchos problemas, pero sí tiene un mercado interno fabuloso que le permite que muchos productos y servicios creados en exclusiva para él sean viables y su desarrollo tecnológico ha ido a más a medida que el gobierno ha considerado la inversión en esa materia como algo estratégico y necesario para el crecimiento del país. Los gigantes californianos poseen sus réplicas en China, con Ali Baba como Amazon o Weibo como Twitter, y son empresas gigantescas, en las que la mano del autoritario gobierno chino está siempre presente, como en todo lo que sucede en aquella nación. Tencent o Huawei son ejemplos de empresas que hasta hace poco no eran muy conocidas, pero que son líderes mundiales en desarrollo tecnológico y que marcan la pauta en su sector. Desarrollar el 5G sin ellas sería como haber comenzado la telefonía móvil de finales de los noventa o principios del dos mil sin Nokia. Impensable, ¿verdad?. Curiosamente, Nokia o Ericsson, empresas que fueron punteras en ese sector y resultaron arrasadas por la irrupción de los smartphones, se hicieron mucho más pequeñas y se dedicaron al desarrollo de tecnologías de comunicación, de tal manera que hoy no venden terminales al público, no se las conoce ni mucho menos lo que hace unos años, pero son de las pocas empresas europeas que poseen recursos para desarrollar redes 5G, a enorme distancia de Huawei, es cierto, pero no parten ni mucho menos de la nada. ¿Es posible recurrir a ellas para no depender de las empresas chinas? Sí, en teoría, pero a unos costes de inversión y de tiempo que pueden ser muy caros, y que no tengo claro que las naciones europeas se puedan permitir, y menos tras ser arrasadas sus cuentas públicas por la pandemia. Renunciar ahora mismo a que Huawei desarrolle tu red es como comprar por internet y que no sea Amazon el lugar en el quieras encontrarlo todo y que todo te sea suministrado. Posible, sí, pero costoso.

Por eso la decisión del gobierno británico de rescindir los contratos con Huawei no obedece, ni mucho menos, a cuestiones económicas o tecnológicas, no, sino que es una decisión política, geopolítica más bien, en la que el pequeño país europeo busca cobijo bajo el gran país estadounidense para ser guarecido del enfrentamiento que cada vez es más intenso entre Washington y Pekín. Es probable que las autoridades chinas no se queden de brazos cruzados y actúen contra los intereses británicos, en su propio territorio, en lugares sensibles como Hong Kong o en la misma city de Londres, donde el dinero chino infla algunas de las muchas torres que se erigen sin cesar en aquella ciudad. Esta decisión muestra que la grieta entre occidente y China no deja de crecer, por el miedo nuestro ante su creciente poderío. El mundo está cambiando.

miércoles, julio 15, 2020

Ciudad a medio gas


Si uno viene a trabajar por las mañanas en metro tiene la sensación de estar desde hace tiempo en agosto, con una entrada baja, no vacía, en la que no se ven ya mochileros ni turistas con maletas. Los que viajamos entre semana somos los que residimos en Madrid y nos movemos, sobre todo, por trabajo. Hay movimiento en estaciones y pasillos, en los que está instalada una señalización que indica cómo y por dónde moverse, señalización que pocos respetan y que sería de mayor utilidad en las épocas de aglomeración que en estas de baja demanda. La mascarilla lo domina todo y eso es, quizás, lo más llamativo para el viajero que por ahí se mueve.

La cosa cambia los fines de semana, y no les voy a engañar, lo hace a peor. Se junta el hecho del verano, la salida masiva de los residentes en busca de ocio hacia unos pueblos de la sierra demandados este año como nunca, en estancias cortas que convierten los viernes y domingos las carreteras de acceso y salida a Madrid en grandes atascos. Se une a todo ello la ausencia de turistas, en una ciudad que hasta hace ocho o diez años no abundaba en ellos, aunque existía, pero que de un tiempo a esta parte había experimentado un boom de llegadas que hacía que el centro y alrededores estuvieran permanentemente tomados por grupos de visitantes, nacionales y extranjeros, que ocupaban plazas, terrazas, paseos e instalaciones. Sumen a todo ello un poco de recelo que permanece vivo en parte de la población, que ve el contagio como un riesgo real, como una posibilidad tan sólida como el granito de la acera, un miedo que se encarna en la palabra brote, y se magnifica en la “segunda ola” expresión que convierte al futuro inmediato en una sombra remedo del milenarismo con el que los medievales contemplaban la llegada de los años de tránsito entre siglos. Con todo ello, pasear por el centro de Madrid el fin de semana es una experiencia que tiene algo de extraño, nada de indómito, pero sí un poco de inquietante. Acostumbrados a calles de bullicio continuo, llenas, de codazos no de saludo impropio sino de choque de masas agitadas, uno puede andar el sábado por la tarde por, pongamos, Gran Vía, Callao o Fuencarral sintiendo que está en lo más intenso de un duro agosto, aunque el calendario señale principios de julio. El bullicio comercial late a un gas que he denominado medio, pero que tiene picos y fugas. Las tiendas de ropa, convertidas desde hace años en insoportables imitadoras de las discotecas, se oyen antes de que puedan verse, y desde la calle se aprecia que tienen gente en su interior. Cuando se pudo volver a comprar fueron los establecimientos que más colas suscitaron. Entraba sin problemas a librerías poco llenas y desde ellas veía la cola de la tienda de ropa clónica que se encontraba en sus inmediaciones, que en cierto modo dibujaba una forma de dedo peineta al establecimiento bibliófilo, mostrando otra vez quién es el que hace dinero y quién no en la zona comercial. Las terrazas aparecen bastante llenas, ya sin la locura que supuso los primeros días de apertura, y uno puede acabar encontrando un sitio en el que sentarse, buscando aire libre, a sabiendas de que el riesgo de contagio es mucho menor a la intemperie que en los locales cerrados, pero es justo en el sector del ocio y restauración en el que uno empieza a comprobar las señales de la enorme crisis que se está fraguando. Los carteles de Se Alquila / Se Vende se ven muy a menudo en persianas bajadas que, a veces, se suceden unas a otras. Hay zonas de las calles comerciales en las que se diría que la pandemia ya ha pegado una dentellada al tejido, arrancando de cuajo locales y negocios que llevaban un tiempo allí. Cada uno con sus circunstancias, sus ahorros, sus perspectivas anteriores al desastre, fueran buenas o malas, pero hoy todos igualados por un cierre forzado. Hay cadenas que han abierto algunos de sus establecimientos y cerrado otros, las hay que han restringido horarios y ofrecen persianas cerradas a ciertas horas… el paseo se convierte en un recuento de caídos y supervivientes, en un balance de bajas.

A la hora de volver a casa, pongamos un sábado de julio cuando el sol declina, una hora nada tardía, el inicio de lo que sería la juerga nocturna del verano, vuelvo al metro, y entonces la diferencias sí es llamativa. Antaño, a esa hora, ese día, el metro estaba atestado de chavalería, de gente que iba y venía, camino de cenas, espectáculos, encuentros, actividades mil imposibles de abarcar. Ahora no. Los vagones transitan bastante vacíos, no hay nada de ambiente, el silencio se percibe como algo sólido en unos trenes en los que pocos nos movemos, con nulo aire de fiesta, enmascarillados, convirtiendo la noche del sábado en una febril imagen de enfermedad silente que todo lo ha invadido y trastocado. Cae la noche y Madrid, que nunca dormía, se apaga.

martes, julio 14, 2020

El desastre de Lleida


Sanitariamente, la situación en la capital leridana y en el resto de municipios de la comarca de Sagriá es mala. Hace tiempo que se han perdido las cadenas de transmisión de virus y este corre descontrolado, que es eso lo que significa esa expresión de “transmisión comunitaria”. Los casos crecen día a día y hace tiempo que el brote se ha transformado en foco. El que muchos de los infectados sean personas adultas trabajadoras reducirá los niveles de hospitalización y letalidad, pero es evidente que la curva de ingresados en los hospitales locales va a tener pendiente positiva constante durante los próximos días, y para los sanitarios que allí se encuentran no va a haber diferencias entre lo que sería una segunda ola o este episodio que ya tienen delante.

Legalmente, la situación de Lleida y su entorno es un desastre absoluto y una nueva prueba de que, cuando queremos ser incompetentes, lo somos del todo. Han pasado apenas dos meses desde que vivimos los peores momentos de esta pesadilla vírica y la sensación es de que no hemos aprendido nada de nada de nada. En ningún aspecto. Tuvimos entonces un agrio debate sobre las prórrogas del estado de alarma y lo que implicaban, con gruesos cruces de acusaciones entre partidos, y votaciones en las que, casi siempre, el nacionalismo catalán rechazaba las extensiones de aquel estado excepcional por motivos tan ridículos como propios de su permanente paranoia política. Se dijo entonces que, una vez entrada en esta absurda normalidad en la que estamos, se trabajaría para dotarse de instrumentos jurídicos que permitieran realizar, si fuera necesario, confinamientos selectivos, de zonas dadas, sin que se tuviera que recurrir a la norma general para cerrar todo el país. ¿Qué se ha hecho por parte del gobierno para desarrollar esos instrumentos? Nada. ¿Qué se ha hecho por parte de las Comunidades Autónomas para enfrentarse a estas situaciones? Nada. Y nos encontramos ante el foco leridano sin tener ni idea de cómo actuar legalmente. El desgobierno de Torra trata de aplicar el cierre de la zona y el confinamiento de la población, pero carece de competencias para forzar eso, porque supone la violación de los derechos fundamentales de los ciudadanos y eso sólo lo puede hacer el gobierno central amparado en normas excepcionales como el estado de alarma. Pese a ello, el President de la Generalitat, que se pone cachondo caca vez que puede saltarse la ley y enfrentarse a un juez, ha decidido que con un decreto de la Generalitat basta para ordenar el confinamiento de la población, una norma de un rango ínfimo para una medida de restricción de libertades tan intensa. Y no deja de ser divertido que este mismo grupo político que rechazaba los decretos de estado de alarma porque eran invasivos de la libertad decida que basta su mera firma para imponer una restricción equivalente. El gobierno central, atrapado entre la no actuación de sus servicios jurídicos para reformar las leyes y tener la posibilidad de crear estados de alarma “a la carta” y el apoyo que necesita de los nacionalistas catalanes para su gestión diaria se ha instalado en la no acción, y apenas responde ante el desastre competencial y jurídico que se ha organizado a cuenta de esta crisis. Nuevamente observamos la falla completa de nuestro sistema legal, que en el tema sanitario ya nos ha demostrado que cada CCAA va completamente a su bola, despreciando a todas las demás en gestión, acopios y respuestas, y que la autoridad nacional en esa materia es tan inexistente como imposible de recrear. Si alguno esperaba que tras los ridículos y vergüenzas vividos en primavera en esta materia íbamos a arreglar algo, que espere en un mullido sillón, porque le va a tocar estar allí mucho mucho tiempo de desesperanza.

Y claro, la población de Lleida, confusa e indignada, no sabe a qué atenerse. Ve que el virus crece, sin tener acceso a datos fiables, rigurosos y actualizados, porque los datos epídemicos en España siguen siendo, en su elaboración y difusión tercermundistas, y observan choque político y legal del que poco entiende por parte de quienes debieran ser sus responsables. Muchos optarán por, ante el desmadre, quedarse en casa para evitarse líos, pero muchos otros no podrán hacerlo por motivos económicos, y echar el cierre a sus negocios es una decisión que no puede ejecutar cualquier gobierno con cualquier norma. El ridículo que se está mostrando en este asunto por parte de todos los implicados es insuperable, pero tranquilos, ya lograremos empeorarlo en sucesivos episodios.

lunes, julio 13, 2020

Siguen los gobiernos de País Vasco y Galicia


Ayer, mientras el brote de Lleida se convertía en una imparable ola de contagios que atestiguaba el fracaso de la Generalitat en su labor de rastreo y seguimiento, se celebraban unas elecciones autonómicas en País Vasco y Galicia marcadas por brotes locales y que han arrojado, como resultado, la consolidación de sus gobernantes, representantes de una visión moderada de la política. Con una abstención más elevada en Euskadi de lo normal y una participación habitual en Galicia, el resultado de estos comicios mantiene las cosas como estaban, respalda la gestión serena de las crisis, recoloca piezas y ofrece lecciones para la política nacional, cuyos representantes no salen bien parados de ambos comicios. Alguno, de hecho, no sale.

Feijóo logra su cuarta mayoría absoluta en Galicia, sube un escaño respecto a los 41 que tenía, obtiene casi la mitad de los sufragios y logra algo asombroso. Su triunfo es total, aplastante, asombroso en estos tiempos divisivos. Hizo una campaña personalista en la que las siglas del PP apenas aparecían, a sabiendas de que no era el candidato más querido por una dirección nacional que sigue sin saber dónde está. Esa dirección de Pablo Casado hizo que fuera Iturgáiz el candidato a las elecciones vascas, rescatándolo casi de los años noventa, y ahí el PP ha obtenido el esperado fracaso que indicaban todas las encuestas, bajando de nueve a cinco diputados. En Álava el PP sólo triplica en votos a Vox, que ha logrado un escaño. En Galicia Vox ni existe ni se le espera. No se si Casado desea suspender muchos másteres más antes de aprender la lección de qué es lo que le permite obtener votos y qué es lo que no. Fue la de ayer una mala noche para el PSOE, que con el control de Moncloa y de muchas terminales mediáticas no obtiene nada de nada. En Galicia repite un resultado que le sirve para estar cuatro años más en una aburrida oposición, y en País Vaco mejora un representante, pasa de nueve a diez, pero se mantendrá coaligado a la máquina de ganar elecciones que es el PNV. Los de Sabin Etxea pueden volver a brindar con todas las bebidas que deseen. Vuelven a ganar, suben de 28 a 31 escaños y mantienen la mayoría absoluta con el socialismo como muleta. La manera en la que el PNV gestiona los votos y les saca rédito es tan asombrosa como efectiva, pocos partidos son capaces de lograr lo que ellos hacen, siendo de una profesionalidad política que es digna de elogio. Sus rivales no les soportan. El fracaso de la noche, el desastre sin paliativos, es el cosechado por el líder supremo Pablo Iglesias, que en unos años ha conseguido convertir Podemos de marca ilusionante en mera excusa para que él y algunos de sus familiares se aferren a cargos y bienes. El resultado en el País Vasco es muy malo, con un desplome que le lleva de nueve a seis escaños, que de nada sirven, pero es que en Galicia la confluencia de las mareas bate récords y pasa de catorce escaños a cero. Sí, cero, el parlamento gallego se compone únicamente de tres partidos. Prácticamente en ambas comunidades se produce un trasvase directo del voto de Podemos a la sigla nacionalista extrema, de tal manera que Bildu en País Vasco y, sobre todo, el BNG en Galicia, suben hasta alcanzar sus mejores resultados en mucho tiempo. En este sentido el voto nacionalista sale muy reforzado de estos comicios, lo que es un mal resultado. El PP en Galicia y el pragmatismo del PNV en País Vasco ayudarán a que esta subida no tenga efectos prácticos a nivel nacional, pero indica un movimiento de fondo que no es bueno. Podemos, como presunto partido de izquierdas, ha dilapidado su capital convirtiéndose en un mero apéndice del nacionalismo local, y sus votantes, que salían de movimientos locales, o se han quedado en casa o han retornado a cuarteles nacionalistas de presunta izquierda (todos los nacionalismos son de derechas por definición). En el PSOE debieran estudiar, con temor, el hecho de que casi ningún votante podemita ha vuelto a votar la marca socialista. Son electores que Ferraz ha perdido del todo.

Con estos resultados en la mano, y en un país y partido normal, hoy Pablo Iglesias dimitiría como vicepresidente segundo y dejaría su formación política para que el partido se recompusiera, pero tranquilos, abandonar toda esperanza. Bien poco le importa al señor iglesias los resultados de ayer mientras siga cobrando él, y su mujer, el sueldo de ministro y las vistas desde su piscina le permitan contemplar el poder que él, y sólo él, ha acaparado. Como buen leninista que es le da igual el partido, los votantes y, desde luego, la gente, ese estorbo que es útil para alcanzar el poder y que luego debe ser olvidado, y a ser posible reprimido, para mantenerse en la poltrona. Curioso lo que Iglesias le ha hecho a los círculos de Podemos, no ha logrado su cuadratura, sino directamente su extinción.

viernes, julio 10, 2020

Nadia, no


No debiéramos llamarnos a engaño, cada vez que España se presenta a una votación que empieza por “Euro” lo más probable es que acabe derrotada. El paradigma es el concurso de la canción, no celebrada en este 2020, en el que los comentaristas interesados de parte siempre nos colocan como miembros indiscutibles del grupo de cabeza y, después, tras la votación, que nos suele colocar cerca de la cola, dedican enormes esfuerzos a complicadas exégesis para explicar las causas de lo que no vieron y que, a posteriori, resultaba tan obvio. ¿Les suena esto en algún otro contexto? Sí, sí, casi siempre es todo así. Qué aburrimiento.

Ayer Nadia Calviño perdió la votación para la presidencia del Eurogrupo en un movimiento de votos que tampoco resulta tan raro. En la primera votación cosechó nueve síes, a uno de la elección, mientras que el candidato luxemburgués y el irlandés obtenían cada uno cinco votos. Parecía sencillo, pero no. El luxemburgués optó por retirarse y el candidato irlandés obtuvo los diez que no habían escogido inicialmente a la candidata española. Visto el cómputo inicial, Nadia era la favorita. Visto el resultado final, la derrota duele más. En esa candidatura el gobierno había puesto mucho empeño y la vendía ya como casi ganada, cual canción eurovisiva, lo que aumenta la sensación de fracaso. La noticia es mala por muchas razones. La primera porque Calviño era una buena candidata, solvente y preparada para el puesto. La segunda es porque supone una nueva muestra del poco poder que tenemos como país en el entramado europeo y la mala gestión que realizamos habitualmente para colocar en él a figuras y representantes. Siempre damos por sentado que vamos a conseguirlo sin haber hecho el enorme trabajo de persuasión que se requiere, y el que no se consiguiera un nuevo voto en la segunda votación en señal de que se daba casi todo por amarrado, en el típico error que nos suele condenar. Hay otras dos razones, mucho más profundas, por las que esta derrota es negativa para España. Una de ellas tiene que ver con la negociación que ya está planteada en Bruselas sobre las ayudas europeas para el rescate de la pandemia, la forma que van a tener, la condicionalidad y la cuantía. Si pensaba Sánchez que, desde el Eurogrupo Calviño iba a moderar las exigencias de los frugales resulta más que evidente que eso no va a ser así. Hay una lucha interna muy grande entre las naciones sobre cómo diseñar esas vías de rescate y los llamados frugales del norte, en los que hay gobiernos conservadores y socialdemócratas, van a ejercer toda la fuerza que puedan para que esas ayudas sean menores y muy condicionadas. Durante este semestre la presidencia de turno de la UE corresponde a Alemania, y ella será la garante de que haya finalmente un acuerdo, pero es evidente que la posición de un país muy dañado por el virus como el nuestro va a ser débil en esa negociación. La otra razón profunda por la que esta derrota es una mala noticia es interna, y tiene que ver con los contrapesos de poder dentro del gobierno de Sánchez, y la batalla entre el lado socialista y el podemita. Calviño ha sido desde el principio una voz de sensatez y moderación en medio del griterío demagogo en el que vive Iglesias, y ha sido rumor intenso en alguna ocasión su intención de dimitir ante medidas tomadas por el lado podemita del ejecutivo, como lo fue la noche en la que se produjo el vergonzoso pacto del grupo socialista con Bildu sobre la derogación inmediata de la reforma laboral, quizás la noche políticamente más oscura de lo que llevamos de gobierno sanchista. El alcanzar el puesto europeo otorgaría a Calviño una posición de fuerza en el ejecutivo de cara a desarrollar políticas y medidas coordinadas con la UE, en las que las frivolidades, por ser generoso, de Iglesias no tendrían cabida. Su derrota de ayer le quita poder dentro del ejecutivo y sin duda, fue festejada por algunos sectores podemitas, que no se cortan a la hora de mostrar sus filias y fobias por los que se suponen son sus compañeros de ejecutivo.

¿Habrá resaca de la votación de ayer en el plano nacional? No lo se. A partir de hoy la fábrica de argumentarios de Moncloa tratará de vender esta derrota como la del europeísmo frente a los egoístas del norte, azuzando las rencillas entre los socios comunitarios de los que, no lo olvidemos, dependemos financieramente. También se buscará, sin duda, rebajar el peso del cargo perdido para dar la sensación de que no es tanto lo que se ha dejado de ganar. Pero sí lo es. La derrota es obvia, el daño está hecho, e imagino a un señor con coleta que esta noche habrá reído con ganas ante un resultado que él deseaba y casi nadie, en el partido del gobierno, esperaba. De Eurovisión y el mal papel del representante español ya hablaremos el año que viene.

jueves, julio 09, 2020

Juan Carlos I y el dinero


¿Hasta qué punto la codicia puede manchar un legado? Día a día vemos personajes púbicos, e incontables habrá en lo privado, que se juegan su prestigio y nombre por unos fajos de dinero, en eso que llamamos corrupción y que alude a algo muy íntimo y grabado en el fondo de nuestra personalidad, el afán de poseer, de aparentar, de figurar, de tener, de ostentar. El dinero todo lo puede, es algo que asumimos como cierto en todas las facetas de la vida, aunque pandemias como las actuales nos demuestren que no es así, y por billetes vendemos nuestra honra y posición sin que nos importe el qué dirán, ya que mucho dicen pero pocos billetes tienen.

Cuanto más se sabe de la causa fiscal investigada en Suiza sobre las cuentas y sociedades del Rey Juan Carlos en peor posición queda su figura y legado, hasta el punto de que haya sido destruido ya para no pocos, monárquicos o no. Sociedades interpuestas, testaferros, rubias con pinta de amantes… y dinero, muchos millones de euros de dinero por todas partes. Las diferentes historias que giran alrededor de este asunto ofrecen una imagen doble de un Rey que ejercía su cargo con tino y sin estridencias, sujeto a su papel constitucional, y una persona que, presuntamente, buscaba vericuetos para tratar de salvaguardar patrimonio y dinero de la vista del fisco del país al que representaba. Probablemente con el tiempo se sepan todos los elementos de esta trama, los comisionistas que la alimentaron y hasta dónde llegaron los hilos que se urdieron por parte de abogados ansiosos de quedarse con un buen pellizco, pero el daño reputacional ya está hecho. En un país en el que la relación personal con la corrupción es muy hipócrita, teniendo en cuenta lo que se la critica de puertas para afuera y se practica a escondidas, parece que Juan Carlos I sí representaba a gran parte de esta sociedad, en la que si escarbamos descubriremos cosas que imaginamos, pero no queremos ver. Más allá de si hay delito en sus actos, y si la inviolabilidad de la figura regia, emérita o no, le cubre, la dignidad de su cargo deriva de su función constitucional y representativa. En España, como en otras monarquías parlamentarias, el Rey reina, pero no gobierna, no posee un poder efectivo como tal. Su labor es la de representar a un país, la de ejercer un papel de imagen, de figura en la que se encarna una visión de la nación, pero no puede dictar ni hacer dictar nada. Su poder reside en la gestión que haga de su imagen y comportamiento. Juan Carlos ha hecho enormes méritos para el bienestar de todos nosotros, porque vital fue su papel en el proceso de la transición que nos llevó desde la oscuridad de la dictadura a la democracia. Nunca dudó de lo que tenía que hacer en aquellos momentos, en los que ahora somos completamente incapaces de valorar el riesgo que se vivió, donde nada estaba escrito. Durante décadas su labor con distintos gobiernos ha sido elogiada por todos y vivió de una manera discreta y siempre sujeto a lo que la Constitución reglaba. En los años de su reinado la salud fue creciendo como tema de importancia a medida que se avejentaba, y los rumores sobre su vida personal y su labor de comisionista iban creciendo a la par que su familia empezaba a ser fuente de problemas. Todo lo sucedido en torno a Urdangarín supuso una primera prueba de fuego para la imagen de la institución y, ante ella, Juan Carlos actuó como es debido, sin provocar favoritismos para un personaje que se demostró ser un arribista de libro, y que hoy sigue pasando los días en una cárcel abulense. Sin embargo, de aquella historia, debió sacar una lección el rey ahora emérito, y es que en estos tiempos la información circula a la velocidad digital de la luz, y que no hay manera de tapar una trama si la componen más de una persona. Ahora vemos cómo se puede acceder al conocimiento de lo que se acordó de manera discreta en las sombras de Zarzuela.

El daño que este caso pueda hacer a la figura de la monarquía no es tanto legal como de imagen, de reputación, y eso es serio, porque esa, la reputación, es su principal activo. Felipe VI lo sabe, sabe muy bien que este país no es Reino Unido, donde los desmanes reales no son tenidos en cuenta por su población, aquí sí se penalizan. Conoce plenamente la solidez constitucional de su figura y la fragilidad social sobre la que se asienta si las cosas se ponen feas. Aprenderá en corona propia de los errores de la corona ajena, pero deberá tener mucho cuidado para que la figura de su padre, en un ocaso sin freno, no le opaque. Ese será uno de sus principales retos en lo que le queda de vida, y a todos nos conviene que lo supere con nota. Espero que lo haga.

miércoles, julio 08, 2020

Tenemos transmisión comunitaria


La lista de lugares en los que los brotes se desmadran crece sin cesar. Tenemos dos grandes focos infeccioso, el de la comarca de Sagriá en Lleida, que incluye a la propia capital provincial, donde los infectados detectados se cuentan por cientos, y un de menor dimensión en la mariña lucense, con poco más de cien detectado en tres localidades menores, pero con la duda de cúantos no detectados se esconden aún en ese entorno. Pero cada día surgen nuevos nombres; Ordizia, Granada, Oriuhuela… localidades en las que brotes nuevos o vinculados indirectamente a los antes mencionados se abren paso, engordan la cifra de positivos, lo oscurecen todo.

A medida que pasan las horas parece un hecho, se quiera negar o no, que en Lleida hay transmisión comunitaria y que en ese foco la enfermedad se ha hecho tan fuerte como lo fue en algunos lugares apenas hace tres meses. Las previsiones hospitalarias se oscurecen y todo parece indicar que estamos ante una nueva erupción de ingresados y fallecidos. Y no pasará mucho tiempo antes de que esto se de en otras localidades, algunas quizás de las antes mencionadas, puede que en otras distintas. El papel de los rastreadores de contactos es útil, pero está claro que ni hay los suficientes ni, lo peor, pueden ser capaces de seguir las trazas de un virus que, por su comportamiento, posee transmisores asintomáticos que son capaces de difundirlo sin tener ni padecer. Todo eso complica de una manera tan intensa la labor de control de la enfermedad que la hace prácticamente imposible. ¿Hemos aprendido algo de lo vivido en los meses duros de marzo y abril? Empiezo a tener mis dudas. Cuando surgieron los primeros brotes de esta segunda etapa el mensaje insistente de las autoridades era el de la preocupación, pero sin alerta, estamos mucho mejor preparados que antes y podemos seguir las trazas. No oí voces diciendo que nada se puede trazar en serio si algunos de los contagiadores no pueden saber que lo son, y nada es trazable del todo en una sociedad moderna como la nuestra en la que la movilidad y la vida social son inherentes a nuestro estilo de vida. Desde el gobierno de España se ha negado por activa y por pasiva la implantación de una app para el móvil que sirva para rastrear a los posibles infectados, herramienta que sólo siendo de uso obligado podría ser útil, pero que otras naciones sí han puesto en marcha. No evita que nos volvamos a estrellar en el muro, pero sí compra tiempo, nos da margen para que el muro esté más lejos. La concienciación social sobre lo pasado en los meses anteriores ha bajado algo y se ven comportamientos irresponsables en los que el uso de mascarillas resulta testimonial y poco menos que anecdótico. Ayer se hacía pública una encuesta señalando que era precisamente Guipúzcoa la provincia en la que menos se utilizaba esta herramienta, con apenas el cincuenta por ciento de la población llevándola cómo y dónde es debido. El resultado de todo esto, en parte, se ve en la proliferación de brotes, que van a seguir a medida que la actividad diaria se mantiene y haya grupos de población que no respeten lo que deben. Todos somos responsables de que el virus se frene, y en nuestras manos está que ese freno sea más o menos intenso, y debemos comportarnos con cuidado, pero es evidente que en sociedades abiertas como las nuestras esa apelación a la responsabilidad individual choca contra el muro de la decisión del individuo. En Asia, donde las sociedades son más gregarias y la persona no es sino un miembro de la colectividad, esa responsabilidad individual existe porque es la sociedad la que se encarga de que se cumpla y se castigue su ausencia. Allí los derechos de las personas son mucho menores y más débiles que los nuestros, no nos podemos hacer una idea al respecto. Eso les da ventajas a la hora de luchar contra algo como este condenado virus, pero a cambio les hace vivir en regímenes de un grado de totalitarismo que puede ser muy directo, como el chino, o mucho más sibiino, como el japonés o coreano, pero que en todo caso se nos harían insoportables a nosotros.

La sensación que me da cuando leo la situación actual de los brotes es la de vivir en una especie de versión 2.0 de lo que vivimos a finales de febrero, cuando aún los casos se veían como algo esporádico, manejable, posible de encauzar. Luego llego el infierno y el fracaso. La línea que separa el exceso de confianza del desastre es siempre muy fina, y creo que volvemos a transitar sobre ella. Es difícil que volvamos a ver curvas nacionales como las de marzo abril, pero el repunte de infectados se convertirá, tarde o temprano, en muertes. Debemos asumir que sólo una vacunación extensiva de la población nos permitirá acabar con esta pesadilla, y que los brotes se nos irán de las manos si vivimos de una manera normal, aunque sea tan rara como eso que ahora se da en llamar como normal, que para nada lo es.

martes, julio 07, 2020

Un adiós a Ennio Morricone


Cuando hace unas semanas se supo que el premio Príncipe de Asturias de las artes de este año se concedía compartido a John Williams y Ennio Morricone hubo voces críticas que acusaron al jurado de haber mezclado cosas incompatibles y que la grandeza de ambos compositores les hacía merecedores, a cada uno por separado, de ese premio. Alguna voz agorera se elevó en la disputa diciendo que quizás la decisión del jurado buscaba premiarlos ya “antes de que se muera alguno de ellos” y ha querido la desgracia que en este fatídico año de 2020 suceda precisamente eso, y que una voz de mal presagio vuelva a ser la que nos indique el camino de la realidad.

Morricone ha fallecido en su Roma querida a los 91 años, edad elevada que no le ha servido para dejar de trabajar, sino para alargar una carrera de éxito que ya estaba en la historia del cine antes de que los premios, no muy generosos con él, empezasen a reconocerlo. Creador de un cine en música de una calidad extraordinaria, Hollywood fue muy rácano a la hora de reconocer sus méritos, y lo acabó haciendo casi por la puerta de atrás, como si se tratase de un artista menor que hubiera colaborado en obras de segundas. Y puede que, vistas en comparación, los spaghetti western de Sergio Leone sean obras de menor valía que las clásicas de Ford o Hawks, por poner a creadores del imaginario del oeste clásico, pero las películas de Leone han conseguido una trascendencia entre el público similar a las míticas de la época dorada, y gran parte de ese éxito se debe a su música, en la que Morricone logró crear un ambiente que mezcla inquietud y mala leche con una maestría insuperable. Muchas veces la banda sonora se utiliza para rellenar, para cubrir huecos. Posee un papel en los títulos de crédito y de cierre de la película, pero no va más allá, pero en este caso estamos ante partituras que desarrollaban una historia propia al servicio de lo que se narraba en la pantalla. La música es un personaje más, que no habla, pero se expresa, que no utiliza palabras, pero dice, y que no se limita a llenar espacios, sino que crea momentos. Morricone era de esos compositores que conseguía elevar el tono y calidad de las películas en las que trabajaba de una manera constante, lograba convertir escenas emotivas en momentos conmovedores en los que es imposible no llorar, creaba tensiones y dramatismos, acentuaba el carácter de los personajes con pasajes instrumentales atinados hasta el extremo, haciendo que algunos bustos parlantes de escasa capacidad expresiva adquirieran una dimensión psicológica fuera de lo común. Gran utilizador de la orquesta clásica cuando lo veía necesario, Morricone usó todos los recursos sonoros posibles para crear sus melodías, y le bastó apenas un silbido, el soplo de aire en una boca que palabra alguna expresa, para combinar cinco notas que son ya patrimonio emocional de la humanidad y que todos repetimos cada vez que nos asomamos a un paisaje desértico y creemos ver a unos bandoleros en el fondo, amenazándonos con su presencia. Frente al sonido Williams, que es mucho más identificable, Ennio logra crear músicas que son muy distintas unas a otras, que oídas de seguido no se asocian a un estilo concreto o a un único compositor, sino que parecen una amalgama surgida de varias mentes. Sólo la exactitud de lo que representan respecto a la imagen a la que acompañan y la calidad sonora que todas ellas muestran son los eslabones que les permiten ser unidas unas con otras. En su carrera, Ennio, como el propio Williams, es heredero de los maestros de la composición clásica que llegaron a Hollywood huyendo de una Europa en llamas. Autores como Korngold, Waxman, Herman o tantos otros llevaron la excelsa calidad de la composición clásica europea al nuevo mundo y al nuevo arte que allí surgía. Criticados por muchos por crear obras menores, supeditadas al cine, fueron maestros de compositores que han hecho toda su carrera a la sombra de directores e intérpretes, pero que han triunfado plenamente. Morricone creaba arte musical, fuera para acompañar una proyección o no.

Ha querido la casualidad que, al reabrirse algunos cines con motivo de la vuelta a la no normalidad tras el confinamiento, fuera Cinema Paradiso la película con la que varios de ellos han reabierto sus puertas. Es una gran cinta, homenaje al cine de pueblo, al que está grabado en la infancia de muchos de nosotros como fuente de imaginación y vidas soñadas en una gran pantalla, pero es una película que sin la música de Ennio correría el grave riesgo de no ir más allá de un telefilme sentimental de sobremesa. Sin embargo, cuando los acordes despegan y la luz de esa sala soñada se apaga, y sólo el proyector ilumina el espacio, el espectador asiste asombrado a una creación sentimental que le llena y arrulla. Modesto hasta el extremo, Morricone apenas hablaba, pero su música lo decía todo. Mil gracias, maestro.

lunes, julio 06, 2020

En defensa de Vicente Vallés


Este fin de semana Vicente Vallés, periodista de Antena 3 y presentador de su informativo diario de las 21 horas, ha sido objeto de ataques por parte de Pablo Echenique, alto cargo de Podemos, partido que cogobierna en España. La táctica de Echenique es la de siempre, la del señalamiento de todo aquel que no se considera afecto a los lemas y proclamas de la formación morada. No es muy novedoso que se produzcan ataques de este tipo, pero sí lo es en España que procedan de formaciones políticas que ejercen poder del gobierno, que no son minoritarias o extraparlamentarias, no, sino que sientan a compañeros suyos en el Consejo de Ministros, con poder para cambiar normas y tomar decisiones. Eso hace estos comportamientos aún más denunciables.

Lo que ha hecho Echenique con sus soflamas es algo tan viejo como ruin, que es señalar al mensajero para amedrentarle, para acallarle, para someterlo mediante el miedo al silencio, y si quiere hablar, a que diga lo que el poder quiere oír. En una sociedad libre, los medios de comunicación, y los ciudadanos en general, poseemos derechos, y uno de ellos es el de la libre expresión, de tal manera que podemos opinar lo que deseemos sobre lo que sucede a nuestro alrededor y apoyar al gobierno, oponernos a él o simplemente pasar de su existencia, lo que uno desee. Las formaciones políticas, que aspiran al poder y a que los ciudadanos les aplaudan permanentemente, tienen una difícil relación con la gestión de la libertad y los medios, y tratan siempre de influir en ellos. Partidos clásicos como PP o PSOE saben de la influencia que poseen los medios y tratan de hacerse con ellos. No contentos con contar con cabeceras de prensa que no dejan de adularlos sin cesar, cada vez que acceder al poder buscan, lo primero de todo, controlar los medios de comunicación públicos, convirtiendo a RTVE y a las corporaciones públicas autonómicas en altavoces de su propia propaganda, degradándolos en un ejercicio tan infantil como sucio. Pero aun así, estas formaciones poseen límites, sabe que hay barreras que no se pueden traspasar, cosa que no tienen claro partidos de otro estilo, como Podemos o vox. Es más, estas formaciones tienen muy grabado en su interior que las libertades de las que emanan derechos como el de la libre expresión deben ser cercenadas. En el totalitarismo en el que se mueve su concepción del poder, fruto de llevar hasta el extremo las ideologías en las que se basan, consideran que los medios no son sino otra herramienta de la sociedad que debe estar al servicio de ese fin ideológico, y que el poder debe someterlos hasta el extremo, para garantizar que la opinión que surja de esos altavoces, públicos o privados, sea la que el poder determine que debe ser. Sí, es la descripción de una dictadura, de un sistema de censura, de una estructura de purgas, de vigilancia y de seguimiento a los que se resisten a seguir el mensaje que el poder, omnímodo, dicta. Ese sería el sueño de sujetos como Iglesias o Abascal, y no esconden mucho su deseo de que así sea. En tiempos de pocos disimulos como los presentes respecto a las aspiraciones totalitarias, y de eufemismos ridículos con todo lo demás, organizaciones como Podemos, que recordemos están ahora mismo en el gobierno, mantienen un discurso totalitario en lo que hace a los medios y a los que periodistas. No se cortan un pelo a la hora de denunciar a personas, con sus nombres y apellidos, cuando consideran que los mensajes que lanzan no son admisibles (léase, les critican) y mueven masas en las redes sociales para presionar, vía insultos y coacciones de grueso calibre, a los que desde las esferas de la formación son señalados como no afectos, como culpables, como defensores del extremismo, como atacantes de la libertad. Sí, el típico ejercicio mafioso de señalar y amedrentar, y todo ello en nombre de los valores de la democracia. Orwell estaría orgulloso de lo aplicados que han salido estos sujetos a los demenciales sistemas políticos que retrató en sus novelas.

Si uno mira el panorama global descubre, con pena, que lo que hace Podemos en España no es muy distinto a lo que ejercitan personajes como Orban en Hungría o Trump, el gran acosador, que desde la Casa Blanca día sí y día también insulta y amenaza a aquellos que denuncian su actitud y ejercicio del poder. ¿Acaso hay diferencias entre lo que desgrana Trump contra todo lo que no sea la Fox y lo que ha hecho Echenique contra Vicente Vallés? En efecto, se parecen como las dos gotas de agua totalitarias que son. Malos tiempos vivimos para el ejercicio de la libertad de prensa, entre el desplome económico de los medios, el ruido incesante de las redes y el acoso de los políticos que se creen dioses y que no son sino sombras de pasados dictadores.

viernes, julio 03, 2020

Brotes y rebrotes


La mal llamada nueva normalidad significa ir de brote en brote, contando casos y focos. Coger un mapa y señalar puntos rojos en él que crecen, que se juntan con otros, que pueden llegar a solaparse. Esa condenada sensación de hormiguero del que salen insectos por doquier y que amenazan con cubrir todo el espacio disponible. Los puntos, si se juntan, se convierten en manchas y corren el riesgo de descontrolarse hasta llegar a ser el siguiente estadio de emergencia, el foco de transmisión. Y si eso surge es cuando volveremos a tener problemas serios, a saber otra vez lo que es que las variables asociadas a los infectados, que también van en graduación, crezcan, y con ellas los escalofríos.

Abrir la vida, la sociedad y la economía sin tener aún tratamiento o vacuna es un riesgo, lo sabemos todos, pero un riesgo que debemos correr si no queremos que la crisis económica, que va a ser inmensa, se nos lleve a todos por delante. Conseguir haber aplanado del todo la curva es la condición necesaria para poder reiniciar un proceso de vida social sostenido, consiguiendo ganar tiempo al tiempo para que los avances de la ciencia permitan dotarnos de herramientas de lucha contra el maldito virus, pero todos sabemos que es un peligro constante el que vivimos, la enorme sensación de fragilidad que da lo que hemos logrado, y el miedo que se respira a que demos un paso atrás. Todos tenemos el otoño en mente como si fuera la antesala de un infierno esperado, en el que la epidemia repunte, y nos da un poco igual la dimensión que pueda tener una segunda ola, porque nos pilla cansados, hastiados, con los sistemas sanitarios necesitados de un amplio descanso, y con las reservas sociales de energía y paciencia muy justitas. No creo que fuera factible replicar un segundo encierro masivo, que a buen seguro se encontraría con mucha mayor resistencia social, y eso debemos tenerlo en mente de cara a cómo planificar una lucha contra ese posible nuevo embate. Por ello, el uso de mascarillas en espacios cerrados y la distancia interpersonal son las mejores herramientas con las que contamos para ganar tiempo, para comprarlo y dárselo a los científicos que buscan salvarnos. Sin embargo, día a día, en medio de un cumplimiento que me parece bastante encomiable de las obligaciones a las que nos ha forzado esta pesadilla, vemos actitudes que no son correctas, por calificarlas de manera suave. Celebraciones, algarabías, reuniones tumultuarias en las que se juega con fuego, que en el verano cuentan con el aliado del sol para disminuir la posibilidad de transmisión, pero que nada impide que puedan convertirse en focos peligrosos que propaguen la enfermedad mucho más allá de lo que es el círculo cercano de quienes realizan esos actos. La irresponsabilidad que muestran es alta, casi tanta como el riesgo al que se someten y al que someten a los demás. Esta enfermedad nos enseña muchas cosas, entre otras que en un mundo de nacionalismos desatados todos los humanos somos iguales, y padecemos idénticas enfermedades allá donde nos encontremos, sea cual sea el color de nuestra piel o el idioma que hablemos. Y otra lección que nos da el virus es que el hecho de vivir en sociedad nos obliga con mayor fuerza a comportarnos de una manera ética y responsable con los demás. Ya lo dice el filósofo Javier Gomá, en tiempos de urbanización mayoritaria y de globalización, el reto no es tanto cómo vivir, sino cómo vivir juntos, con el otro. En el tema del virus mi actitud irresponsable puede ser perjudicial para mi, pero también para los que me rodean, o para otros muy lejanos a los que no tengo manera ni de conocer ni siquiera imaginar. El contagio es un fenómeno algo caótico y con un componente aleatorio muy fuerte, situaciones que parecen propicias pueden deparar pocos casos mientras que otras aparentemente más seguras pueden suponer un número mucho más elevado. No tenemos manera de saberlo a priori, no vemos el virus, no lo portamos en un frasco con el que rociamos a los demás. Debemos ser muy responsables.

¿Cómo introducir este mensaje de responsabilidad en, por ejemplo, personas adolescentes? No lo se. Por defecto, en esa época la percepción del riesgo no está aún completamente desarrollada, y por eso son típicos algunos comportamientos que, amparados en ese falso mantra de “yo controlo” suelen acabar en desgracia. Antes era muy típico que el coche estuviera en medio de la mayoría de los desastres vitales de esa etapa. Ahora no tanto, pero siempre hay sustitutos letales. Concienciar a los chavales que pueden ser focos de transmisión de un virus que les puede afectar a ellos con muy baja incidencia me parece un reto colosal. Y sí, no tengo ideas sobre cómo hacerlo, pero más nos vale ir pensando en alguna. Seguimos comprando tiempo.

jueves, julio 02, 2020

Putin para siempre


Rusia es de esos países que muestran cifras dudosas en lo que hace al coronavirus. Se infectan allí cada día unas 7.000 personas, lo que les lleva a estar ahora en una ratio de infectados por millón de habitantes de 4.440, algo inferior a la nuestra, de 5.135, pero muy cercano al de Reino Unido y superior a naciones como Francia, Alemania o Italia. Sin embargo, su registro de fallecidos es extrañamente bajo. Alcanzan, en muertos por millón, los 63,88, cidra ridícula comparada con la nuestra, 603, o con la portuguesa, 154, siendo los lusos uno de los países europeos que mejor han gestionado este desastre. La mortalidad rusa es del 1,44% de las más bajas del mundo. Todos sospechamos que el recuento de víctimas es falso.

En esta coyuntura se ha desarrollado el referéndum convocado por Putin para perpetuarse en el poder, y que como era de esperar, ha salido plenamente triunfante para las posiciones defendidas por el autócrata ruso, que si no hay hechos biológicos de por medio o sorpresas muy grandes, seguirá al mando de aquella nación hasta, pásmense, 2036. Si lo logra, y está claro que va a hacer todo lo posible para ello, batirá el record de permanencia en el poder en el kremlin superando a figuras como Catalina la grande o Stalin, personajes a los que sin duda admira y considera predecesores. El amigo Putin ha demostrado ser un genio en lo que hace a la conservación del poder, a la generación de estructuras opresoras que mantengan sometida a su sociedad, y en saber encarnarse en el líder fuerte que todo ruso busca para encontrar rumbo a su nación, desnortada tras un siglo XX convulso y, en conjunto, desolador. Cuando llegó al poder Putin parecía un ser frío y soso, sin chicha y con aspecto de funcionario gestor. No ha cambiado nada en su apariencia, que sigue siendo de lo más gris, pero ha mostrado que bajo ese rostro inexpresivo se esconde un devorador del poder, un adicto a su conservación y ejercicio. La Rusia que, por un momento, parecía que podría integrarse en las estructuras globales y asentarse como una nación abierta y democrática sufrió un duro golpe cuando el proceso de descomposición de la URSS degeneró en una cleptocracia en la que los denominados oligarcas se hicieron con el poder de la nación, quizás no a través de los puestos de representación del poder, pero sí mediante el control de empresas e instituciones que lo otorgan en la práctica, junto a un enorme rédito financiero. Con una economía atrasada y una población cada vez más envejecida, Rusia ha ido menguando en el contexto económico internacional a medida que ha sabido mantener una posición de fuerza militar, entre otras cosas por la falta de complejos de Putin a la hora de ejercerla. El país vive del monocultivo de la explotación de materias primas, hidrocarburos sobre todo, y sus industrias locales son más interesantes como museos de la tecnología industrial del siglo XX que como fuentes de riqueza y prosperidad. El precio del petróleo condiciona el devenir de la economía local y, para que se hagan una idea, con unos ciento veinte millones de habitantes y la mayor extensión territorial del planeta, el PIB de nuestra España era equivalente al de Rusia, antes de que la pandemia nos arruinara a todos. El ejercicio del poder de Putin se ha basado en lo de siempre; amedrentamiento a la oposición, control social de la población, censura y persecución a los medios, creación de la figura del hombre fuerte salvador y una especial querencia por el uso de las nuevas tecnologías en labores de desinformación, tarea en la que los expertos auspiciados por el kremlin se han mostrado tan insistentes como sagaces. Putin no ha creado conflictos como el del separatismo catalán o figuras como Trump, pero ha estado muy hábil para espolearlas, alentarlas desde la sombra y, a su manera, echar toda la sal posible en las heridas de sus rivales. Sabe Vladimir el poder real que posee su país, escaso, pero conoce cómo sacarle el mejor partido en momentos en los que un falso bot en Twitter es más poderoso que una división de tanques.

Tras haber hecho cabriolas de todo tipo, entre ellas una permuta entre su papel de presidente y el de primer ministro mediante el uso de un hombre de paja (Mevdeved) Putin decidió el año pasado que los límites constitucionales a los mandatos no son para él, y dicho y hecho, reformuló la constitución para eliminarlos. Planteó el referéndum antes de que la crisis del coronavirus apareciese, pero este desastre no ha supuesto para él nada más que unos meses de retraso en su plan de hacerse perpetuo. La vida de los rusos, si mueren o no por coronavirus, es lo que menos le importa, Ser aclamado como el más grande sí es su objetivo, y de manera torticera, lo va a volver a lograr. Qué maligno y, a la par brillante, es este sujeto.

miércoles, julio 01, 2020

China estrecha su cerco sobre Hong Kong


Hoy, 1 de julio, se cumplen 23 años desde que se produjo el acto por el que Reino Unido transfería la soberanía de su colonia más preciada, Hong Kong, al gobierno chino, en un momento en el que las relaciones de ambos países no tenían nada que ver con las actuales. En aquel entonces la ciudad comercial representaba alrededor de una quinta parte de la economía de toda la nación china, y era un reflejo del futuro en medio de un país agrario, atrasado y dictatorial. El acuerdo estipulaba que hasta 2043 la relación entre ambas partes, la ciudad y China, se regiría bajo un régimen especial, conocido como “un país, dos sistemas” garantizando las libertades y seguridad jurídica que no existían en la nación china.

Hoy las cosas son muy distintas en todos los sentidos. En poco más de dos décadas se ha producido una transformación en China que nadie hubiera sido capaz de imaginar y que la ha colocado como potencia geopolítica global y rival económico directo de EEUU para alcanzar la primacía mundial. Frente a la actual China cualquier país europeo es algo tan pequeño, en todos los sentidos, que no deja de ser cómico recordar aquel tiempo en el que las normas en aquellas partes del mundo se dictaban desde Londres o París. La economía hongkonesa ha seguido siendo pujante, pero la de su país anfitrión ha explotado como una supernova, y ahora mismo son muy numerosas las megalópolis chinas que, en su estética, hacen sombra a la excolonia. El PIB de aquella isla es ahora ridículo comparado con el de la nación en su conjunto, y el poder que representa en China no hace sino menguar. ¿Ha perdido Hong Kong todo su atractivo? Ni mucho menos, sigue siendo la casa de cambio de oriente, la plaza financiera de aquella parte del mundo, en la que se producen la mayor parte de los intercambios de divisas y productos monetarios que se dan entre la economía china y la del resto del mundo. Es su ventanilla bancaria, debido entre otras cosas a la aún no plena convertibilidad de la moneda china en los mercados globales, y la plena disponibilidad del dólar hongkonés como vehículo de intercambio. La tradición financiera, comercial y legal de esa plaza persiste, y sus vínculos con todo el mundo, por lo que no es tan fácil ni sustituir ni rivalizar con Hong Kong, pero es evidente que no es lo que era, y lo saben tanto los habitantes de la metrópoli como el gobierno de Beijing. Desde allí, las mentes pensantes de la dictadura china que rigen los designios del país han ido elevando, poco a poco, pero sin cesar, la presión sobre la excolonia, buscando los resquicios que ofrecía el tratado para ir limitando libertades y derechos. La línea que separa el territorio hongkonés del resto del país sigue siendo una separación real, de tal manera que delitos cometidos a un lado y otro se juzgan de manera muy distinta y, sobre todo, se pueden emitir opiniones en el lado isleño que serían objeto de encierro culposo en el lado continental. Desde hace un año se llevan produciendo revueltas intensas en el enclave porque China llevaba amenazando con imponer una ley que, directamente, eliminase parte de las libertades democráticas que rigen en Hong Kong, en lo que se veía como un intento claro del régimen de acabar con la molestia que supone ese enclave en la política de seguridad y comunicación nacional, dominada de manera obsesiva por el control. Esto es típico de cualquier dictadura, pero los niveles de eficacia a los que ha llegado el régimen chino en su proceso de eliminación de la disidencia y manejo de las opiniones son espectaculares, entre otras cosas por el uso indiscriminado de la más moderna tecnología posible, aplicada a la represión y al sometimiento del individuo, considerado por el régimen como una pieza más, perfectamente reemplazable, de la que poder sacar el máximo rendimiento. Ayer Pekín promulgó esa norma que asalta las libertades de la excolonia y cambió, de facto, las condiciones del tratado, adelantando varias décadas el proceso de anexión plena. El camino para llegar a “un país, un sistema” está hoy mucho más cerca de llegar a su destino.

Si se fijan, y no sólo por el hecho de que el coronavirus llegase de allí, el peso de lo que China hace y decide empieza a ser cada vez más determinante en el tablero global, y en la escaleta de titulares de los medios de comunicación. Su posición global crece, ya es una superpotencia en muchas de las dimensiones imaginables por la vía de los hechos consumados, y es el único que trata de tú a tú a unos EEUU sumidos en un marasmo. Cada día que pasa China pesa más en nuestro mundo, decide más, impone más. Los habitantes de Hong Kong ya saben lo que eso quiere decir. Nosotros asistimos a una versión suave, amable, de ese poder. ¿Por cuánto tiempo será así?