jueves, septiembre 03, 2020

¿Vacunó Putin a Navalny?


El comunicado que emitió ayer el hospital berlinés de la Charité es bastante contundente y no deja espacio para dudas. El opositor ruso Alexei Navalny fue envenenado con un agente químico del tipo Novichok, una familia de armas químicas desarrolladas hace ya un tiempo y que han sido usadas con profusión por parte del régimen de Putin en su persecución a los sujetos que son considerados como hostiles. Novichok fue el agente utilizado contra el ex espía ruso Sergei Scrypal en Salisbury hace pocos años, y en ese caso la relación entre el atentado y los servicios de inteligencia rusos, la FSB, fue bastante clara. En este caso Navalny ha sufrido el ataque en el propio territorio ruso, lo que es algo curioso y, también, estremecedor.

Putin, como todo buen dictador que se precie, busca eliminar a sus opositores de una manera en las que el verbo “eliminar” puede ser entendido en su sentido más estricto. Asesinatos de políticos y periodistas han sido moneda corriente en la Rusia de este nuevo Zar, donde un buen cadáver opositor a los postres es plato de gusto en el Kremlin y señal de aviso que es tomada muy en serio por parte de todos los que osen levantar la voz o, si quiera, pensar en un cambio de régimen. Tras el referéndum celebrado en julio en el que, con una amplia mayoría, Putin reformó la constitución para perpetuarse en el poder, su dominio del estado parece más afianzado que nunca, y ni siquiera la crisis del coronavirus, donde las cifras que ofrece el gobierno ruso no son nada creíbles, ni la debacle económica asociada parecen debilitar su entramado de poder. Pese a ello hay valientes, como el propio Navalny, que desde posiciones cada vez más recónditas tratan de ofrecer una voz disidente y alentar a la parte del pueblo ruso que aún cree en la posibilidad de una democracia, de una transición que acabe con las décadas del autócrata. Putin ha basado su poder en la idea del restablecimiento de Rusia como potencia global, de la vuelta a un mundo añorado en el que desde Moscú se regía parte de los destinos del globo y, desde luego, se influía en todo él. Hoy en día Rusia es una nación empobrecida, avejentada, apartada del camino de la innovación, carente de poder blando de atracción y sumida en una decadencia general que la lleva a ser un actor secundaria. Sólo conserva poder en forma de un enorme ejército, una gran industria armamentística, el mayor arsenal nuclear del mundo y un conglomerado de explotación de recursos naturales gigantesco, especialmente de energías fósiles, que es su principal fuente de ingresos financieros. Con estos escasos mimbres, y la inestimable colaboración de unos EEUU sumidos durante estos cuatro últimos años en el desconcierto de Trump, Putin ha logrado que Rusia lidere guerras como la de Siria y se haga con grandes parcelas de poder e influencia en zonas como Oriente Medio. Mete las narices en conflictos como el de Libia y demás y araña cuotas de poder allí donde se dirige. Y desde luego, ha creado una tupida red de espionaje y desinformación global mediante el uso de las tecnologías de la información que es la envidia de todos los conspiranoicos globales. El GRU, que es como se denomina la sección del poder ruso encargada de estas labores, parece estar detrás de todo tipo de procesos de intoxicación global, no sólo el muy comentado intento de manipulación de las elecciones norteamericanas de 2016 o el Brexit, sino también campañas sucias como las que sufrió Macron en las elecciones francesas, o los constantes ataques de desinformación a los que hace frente la UE, o sin ir más lejos, el apoyo que miembros y movimientos del independentismo catalán experimentaron en los días, tristes, de auge de toda aquella pesadilla. Putin es malo, sí, pero muy listo. Sabe el escaso poder real que tiene, y lo exprime muy bien, y también sabe que todo lo que sea malo para sus rivales es bueno para él. No puede enfrentarse directamente a la UE, pero la puede chantajear, intoxicar, hacer que corran bulos que debiliten la posición europea, etc. Un trabajo oculto, oscuro, que no requiere tanques pero que puede ser mucho más eficaz que lo que proporcione la más moderna y cara acorazada división de infantería.

Visto con perspectiva, el ataque contra Navalny puede parecer contraproducente para Putin, sobre todo si sobrevive y lo hace en Alemania. Sin embargo, de camino al invierno, y con el gas ruso como principal combustible de las calefacciones del este de Europa, está por ver si las protestas oficiales que adoptan tono duro estos días se quedarán en algo más que retórica. Pero lo que es seguro es que muchos opositores rusos estarán con el miedo en el cuerpo al ver como de osado es el régimen que buscan derribar, que es capaz de atentar contra ellos dentro y fuera de su territorio. Hubo muchos chistes hace unos días con la vacuna rusa, pero lo cierto es que lo que hacen Putin y los suyos con la química no tiene ninguna gracia.

miércoles, septiembre 02, 2020

El apartamento


Este pasado sábado, tras muchos meses sin hacerlo, fui al cine, a ver Tenet, la última película de Christopher Nolan, uno de los creadores más sugerentes y retorcidos de los últimos tiempos. El hecho de que hasta hoy no les he hablado de ella se debe a que realmente no me gustó mucho. Más allá de la pirotecnia visual y de la factura técnica, impecable, como siempre, encontré un argumento retorcido que era incomprensible y unos personajes planos, fríos, hieráticos, que deambulaban por la pantalla como seres inanimados, sin expresar apenas sentimientos ante lo que vivían y la magnitud de la trama en la que, presuntamente, se encontraban inmersos. Creo que es la primera película de Nolan de la que salgo decepcionado.

Y ayer, La 2 emitió otra vez El Apartamento, una de esas películas por las que el tiempo sólo pasa para acrecentarlas cada vez más. No tenía pensado verla, pero les reconozco que tampoco estaba rebosante de planes para esta pasada noche. Caí en ella al poco de empezar, pero ya no pude dejarla. El malnacido de Billy Wilder sabía cómo hacer interesantes cada uno de los momentos de sus obras, y es muy peligroso acercarse a ellas porque esas redes pegajosas que teje para atrapar al espectador siguen siendo tan viscosas y efectiva como el primer día del estreno. En la pantalla se crea una trama que se enreda, que se enrosca en torno a personajes normales, como tantos y tantos que uno ve en su vida habitual, y que con un constante tono de comedia, construyen un drama de enormes proporciones, en el que el amor parece la premisa de todo lo que se ve y, en el fondo, es la soledad, el miedo y el egoísmo lo único que importa. Baxter, Kubelick, y el resto de caracteres que conforman la historia, interpretados de una manera excelente por actores que se ponen en su piel, muestran una complejidad de gestos y sentimientos que dejan convertidos en cartón piedra a decenas y decenas de películas posteriores, que ni sueñan en conseguir algo similar valiéndose en exclusiva del trabajo de sus actores. Apenas hay efectos, pirotecnia, ni nada que se le parezca en un trabajo actoral que desborda al espectador. A medida que la trama avanza el pozo en el que se hunden los personajes crecen, y lo malvado que les rodea y motiva no deja de envilecerse, y pese a ello uno cada vez los ama más, desea que tengan éxito en medio de sus pesares, pero se da cuenta de que el guionista brillante que ha ideado la trama no va a ser tan simplón de solucionar el enredo con apenas unos trazos, no. Va a hacer sufrir a sus criaturas hasta el extremo, va a llevarlas al borde de la muerte, física o emocional, va a forzar a que se arrastren como babosas delante de sus superiores para conseguir un despacho algo más grande a cambio de favores cada vez más mezquinos, hasta un punto en el que lo que parecía una inicia comedia ha derivado a un drama absoluto. ¿Cómo salir de ahí? ¿Cómo redimirse? Sólo mediante la renuncia a alguno de sus objetivos podrá ese hombre corriente, en el que vive un Jack Lemmon prodigioso, recuperar su honra. Ha tratado de jugar en un mundo de poderosos una de esas partidas de cartas que tanto le gustan, creyendo tener una mano ganadora, pero descubre que esa presunta buena carta no es nada frente a la ambición desmedida de sus jefes, que juegan en otro mundo, al que él no pertenece, y que por falta de profunda desvergüenza moral, no llegará a alcanzar nunca. Llega el momento en el que Baxter, el personaje de Lemmon, debe escoger entre destruir por completo su alma a cambio del ascenso o renunciar a su carrera profesional, y arroja la llave que decide su destino sobre el escritorio de su gran superior, sabiendo que, sea cual sea la decisión que tome, perderá algo, fracasará. Nunca podrá ganar del todo.

En un momento, una adorable Shirley McLaine, que hace de Kubelick un personaje del que es imposible no enamorarse, ni en lo cinematográfico ni en lo carnal, se pregunta, destruida, por qué nos enamoramos, por qué caemos en la trampa del amor a sabiendas de que no será correspondido y sólo un yermo páramo será lo que obtengamos a cambio de nuestras ilusiones. La pregunta, hecha con una mirada desesperada desde una cama convaleciente, nos la hemos hecho todos los humanos más de una vez, porque todos hemos tocado en algún momento el fondo emocional en el que su personaje se encuentra, y eso hace que sea imposible no ver esa película y no conmoverse. Porque el capullo, el genial Billy Wilder, era de esos que nos conocen a los humanos, y sabía cómo retratar nuestras pasiones y anhelos, y cómo derribarlos. Y como siempre, más de una lágrima me calló viendo otra vez esa película desde mi apartamento.

martes, septiembre 01, 2020

Nuestro fracaso social


Digo muchas veces que nos quejamos hasta el infinito de nuestros políticos pero que no somos lo suficientemente maduros como para admitir que sí nos representan. Los nuestros, como los del resto de naciones, no han surgido por esporas en un campo de cultivo o aterrizado en una nave procedente del espacio exterior y han sido repartidos a cada nación por seres de otros mundos. No, no, nuestros políticos han nacido, ido al colegio, vivido y crecido en nuestra sociedad, forman parte de ella, de lo bueno y de lo malo que tiene, y es casi seguro que serían unos fracasados en otras naciones, pero aquí les va como les va porque son como nosotros. Imagino que ahora, en otro país, alguien se está haciendo una reflexión similar.

La gestión política, administrativa, de liderazgo ante la crisis del coronavirus es nauseabunda y horizontal, no entiende de partidos porque todos lo han hecho de manera lamentable, pero es cierto que nuestra sociedad ha hecho muy poco para contribuir a reducir los efectos de la pandemia, y el comportamiento irresponsable de no pocos se está pagando con vidas. Y no me refiero a los iluminados negacionistas, un grupo de personas que viven en una realidad paralela y que, pese a su indudable peligro, y espero que penable comportamiento, son muchos menos de los que parece dado el ruido que arman en las redes sociales. No, me refiero a la sociedad que salió ansiosa del confinamiento con el único objetivo de pasarse todas las tardes en una terraza, que soñaba con la apertura de los bares como si no hubiera mañana y con el ocio descontrolado ante una epidemia que no entiende de distancias. Se asumió por gran parte de la dirigencia política que había que correr para desescalar porque había urgencia de vacaciones, prisa por abrir un sector del ocio que es vital para la economía, pero que tiene aristas peligrosas en lo que hace al comportamiento colectivo, que nunca se han revisado como es debido, y que ahora nos estallan en la cara. Se vendió la idea de que el virus también se va de vacaciones y que agosto es un mes sin riesgos, pero nada más lejos de la realidad. Las terrazas llenas que vimos desde finales de junio eran un buen caldo de cultivo para el contagio, pero al estar al aire libre resultaban más aparentemente peligrosas que realmente efectivas como diseminadores del virus. Corrimos como locos a abrir los bares de copas, lugares cerrados en los que el ocio se basa en la proximidad, el compartir, el griterío, y todo bajo techo en locales donde las ventanas son tan imposibles de imaginar como los síes de las que quieres que te los digan. Esos lugares son un foco de contagio de primer orden, pero nadie tuvo dos dedos de frente para mantenerlos cerrados, ya lo siento, empresarios de la noche, porque estar allí un rato en esas condiciones era la garantía de infectarse, y no precisamente de amor. Y los puticulbs de toda España, que son infinitos, reabrieron a una velocidad asombrosa, porque debía haber mucha necesidad tras el confinamiento. Locales sórdidos, ilegales o que se mantienen justo en el margen, donde delitos de todo tipo se cometen a diario y son el perfecto estandarte de la hipocresía moral en la que vivimos. Espacios donde la distancia social es algo que no tiene sentido alguno y donde quizás alguna de sus trabajadoras lleve mascarilla, pero aderezada con látigos y otro tipo de complementos agresivos. Hemos tenido varios brotes en puticlubs donde, por definición, hacer un rastreo resulta tan absurdo como cachondo, y a nadie se le ocurrió que este tipo de locales no debían de haber abierto bajo ningún concepto en esta situación. El brote que se dio en Alcázar de San Juan surgió en un puti de la localidad, y me gustaría saber qué piensan los comerciantes y los que posean negocios allí, que se han visto forzados a cerrar tras implantar un montón de medidas de seguridad cuando el negocio de las luces de neón nunca las apaga y los geles que allí se dispensan tiene poco hidroalcohol y mucho lubricante.

Botellones, fiestas ilegales, griterío descontrolado, sensación de inmunidad, nula percepción del riesgo… junto a un sector de la sociedad que sigue medio encerrado en casa, con el miedo del cuerpo, y otro, el mayoritario, que cumple las normas y trata de velar por su seguridad y por la del resto, el número de irresponsables que a lo largo de agosto han hecho de su capa un sayo y del coronavirus uno más de entre los invitados a sus juergas ha sido creciente. Una vez que la transmisión llega a un punto descontrolado da igual que la mayoría cumpla normas, dado que el volumen de contagios será suficiente como para volver a escenarios de riesgo. Sí, nuestros políticos irresponsables representan a una sociedad que, en parte, lo es, lo somos.

lunes, agosto 31, 2020

Nuestro fracaso político


Se miren por dónde se miren, las caóticas, confusas, imprecisas y medio inaccesibles cifras de la pandemia que se publican oficialmente en nuestro país miden la dimensión de un fracaso que no deja de agigantarse a cada día que pasa. Coja usted positivos, mire fallecidos, compare UCIs, etc. Se dejará media vida en lograr encontrar datos que le permitan hacer todo eso, lo que ya es un fracaso en sí por parte de las autoridades que deben proporcionar esa información, pero una vez que se haya desesperado lo suficiente y haya logrado avanzar en la selva de números, su rostro se entristecerá ante un balance que es tan desolador como incomparable, porque muy pocas naciones alcanzan la dimensión de nuestra tragedia.

En la primera ola de la infección, que se terminó con el levantamiento del estado de alarma el 21 de junio, registramos un volumen de infectados y muertos que nos colocó en el tercer lugar del mundo en lo que hace a fallecidos per capita, sólo superados por otras dos naciones europeas, Bélgica y Reino Unido. En esta segunda ola que vivimos Perú nos ha adelantado a todos en fallecidos por habitante, pero las tasas de infección que se dan estos días en España no tienen parangón posible. Y mucha infección, pese a que ahora se detecte más y la media de edad de los infectados sea baja, se traducirá en futuros ingresos hospitalarios, en más futuras UCIs y en nuevas muertes en un estadio más avanzado, que se sumarán a las demasiadas que ya tenemos. Contemplamos estas cifras y no sacamos conclusión alguna, las vemos y nada hacemos. Sólo buscar culpables entre todos los que nos rodean para evitar ver la culpa propia. En la primera ola contemplamos el fracaso total de un gobierno central completamente superado y el egoísmo exacerbado, cainita, de diecisiete comunidades autónomas que trataban de quitarse de encima la responsabilidad de lo que sucedía y evitar, a toda costa, cargar con enfermos de otras regiones que no fueran la suya, independientemente de que sus capacidades sanitarias lo permitieran o no. La caída del estado de alarma supuso el paso de la responsabilidad completa de la situación a esos gobiernos regionales, egoístas en extremo, que esperaban lucirse en la gestión posterior de la crisis, adoptando el papel de buenos frente a un inoperante gobierno central que se había comido el marrón de la primera ola. Hoy, cuando se acaba agosto, tenemos un registro medio de cerca de 10.000 infectados al día bastante repartidos por todo el país, con algunas regiones como Cataluña, País Vaco o Madrid, a la cabeza de los datos, y con la constancia del fracaso de la gestión por parte de nuestros reinos de taifas, que no han hecho absolutamente nada de lo pactado para poder aumentar ni las capacidades sanitarias ni las relacionadas con el rastreo de los contactos ni con el refuerzo educativo ni con nada de nada. Tras una fase de negación del problema, que sigue en parte en muchas de las administraciones implicadas, los gestores regionales admiten, aunque no lo digan, que son incapaces de afrontar el problema, y han decidido que lo que les importa no es la salud o la prosperidad de los ciudadanos sobre los que toman decisiones, no, sino su propia supervivencia política. Buscan a toda costa encontrar a alguien a quien adjudicarle la culpa de lo que sucede, que no sean ellos mismos, desde luego, y día tras día fabrican excusas, comparativas con otras regiones, frases huecas, despropósitos varios y excusas baratas que sirvan para eludir el dato del día y luego ya se verá. Ansiosas por conseguir el poder de gestión, demuestran cada día su incapacidad para ejercerlo y, frente a ellas, el fracasado gobierno central, que en lo último que piensa es en la salud y prosperidad de los ciudadanos, sino en su propia supervivencia, ha decidido retirarse del foco, no hacer nada, eludir toda su responsabilidad. Sentarse y disfrutar mientras los gobiernos regionales se abrasan. Pura política basura desde todas las administraciones.

Entre otras muchas cosas, esta maldita enfermedad muestra hasta qué punto es un absoluto fracaso la estructura política y administrativa de la que nos hemos dotado, donde sólo existe el derecho a la petición de competencias y el troceo del poder, donde todo es figurar, y nada es gestionar, asumir responsabilidades, admitir errores y trabajar. Todo a la mayor gloria de las siglas, de todo tipo, que se reparten cuotas de poder en distintas administraciones donde, al parecer, lo único que las une es su afán por perpetuarse y cobrar del presupuesto público. Difícil imaginar una peor gestión por parte de unas autoridades de un problema de semejante dimensión y gravedad. Fracaso es lo que define todo esto, total y absoluto fracaso.

viernes, agosto 28, 2020

Bielorrusia sin amor


La crisis que se vive en Bielorrusia es otra de esas noticias que, en ausencia de coronavirus, coparía portadas y atención en medio mundo, por la trascendencia de lo que allí se vive, para esa nación y, sobre todo, para el equilibrio de poder entre la UE y Rusia. Asistimos, por así decirlo, a una repetición, con sus muchas diferencias, de lo que se vivió en el Maidan de Kiev en la revolución naranja que derrocó el gobierno pro ruso que, entonces, mandaba en Ucrania. Sin embargo, Bielorrusia es un país mucho más opaco, desconocido, y posee un régimen que, en calidad represora, es una dictadura de primera división. Comparado con él Ucrania era una fértil democracia occidental.

Muchos han descubierto ahora la figura de Andrey Lukasehnko, presidente de Bielorrusia durante el último cuarto de siglo, un sujeto estirado, calvo, con bigotito, que dirige el país con mano de hierro desde que llegó al poder, tras el proceso de desmembramiento de la URSS, y que ha mantenido a su país en el ostracismo global durante todos estos años. ¿Les suena que laguna vez se haya hablado de ese país en nuestros informativos? ¿Algo ha pasado allí relevante en las últimas décadas? Dotada de una gran extensión de terreno, habitada por menos de diez millones de personas, la economía de esa nación es una foto ajada de lo que era el mundo soviético, con fábricas e industrias colectivas en las que se gana un salario de miseria por un trabajo que se hace mal para poder así comprar las tres o cuatro cosas que se venden. Viajar allí debe ser una especie de viaje en el tiempo, a los ochenta, pero no esos que se venden como agradables de nuestra época educativa, no, sino los duros y grises ochenta del herrumbroso imperio soviético. Desde su llegada al poder Lukashenko se las ha arreglado para firmar acuerdos de cooperación con Rusia, buscando principalmente suministros de energía y cereales, logrando abastecer al país, y dejando el resto del tiempo libre de su gobernanza en mantenerlo sometido. Una tras otra, ha celebrado elecciones en las que era reelegido por resultados que superaban ampliamente el 90% de los sufragios emitidos. Quizás no fuera realmente así, pero que más daba. Eso se anunciaba y ya está. En las elecciones de hace unas semanas las cosas debieran haber sido así, pero algo se ha torcido en el férreo plan del dictador. Una oposición democrática, que llevaba tiempo larvada, ha surgido y osado enfrentarse al jerarca y su máquina del poder. Por primera vez en décadas se vieron mítines opositores en las calles de Minsk, y las elecciones en sí mismas fueron percibidas por el régimen como un riesgo, algo inaudito en las mentes totalitarias que rigen la nación. Llegó el día de las votaciones y, uy, casi casi, Lukashenko obtuvo poco más del 80% de los votos, lo que para Iglesias sería motivo de profunda autocrítica. La oposición, ante un resultado que no era creíble, se lanzó a la calle, y ahí está desde entonces, denunciando la opresión del régimen, las décadas de persecuciones, encarcelamientos y represalias que ha sufrido todo aquel que no está a los pies del dictador, y las concentraciones desbordan Minsk un día sí y otro también, con la sensación de que este pulso ha venido para quedarse un tiempo y que, esta vez, el dictador no se saldrá con la suya tan fácilmente. La líder opositora, Svetlana Tijanóvskaya, ha huido a Lituania para evitar ser detenida, y desde allí concita apoyos internacionales para denunciar lo que pasa en su país y presionar al régimen. ¿Busca Tijanóvskaya una vía a lo Juan Guaidó para disputar el poder y obtener legitimidad? No es descartable.

En todo caso, parece evidente que el desenlace de lo que pase en Bielorrusia estará completamente condicionado por lo que se decida en Moscú. De momento Putin mira, espera, y no toma decisiones. Ayer anunció que está dispuesto a enviar refuerzos para defender al dictador en caso de que así sea necesario, añadiendo más presión. Lo único seguro es que Rusia quiere seguir teniendo en Minsk un régimen servil y que le sirva de tapón, de marca defensiva, ante la UE, dado que Bielorrusia posee frontera física con Polonia. Si ese régimen requiere que Lukashenko siga o sea sustituido por otro títere está por ver. Lo que Putin no vería nada bien sería la llegada de una democracia a aquella nación, y eso lo sabe perfectamente la Nobel de literatura Svetlana Alexievich, en el punto de mira del régimen, que lleva el temor en su rostro.

jueves, agosto 27, 2020

División en EEUU


Voy a intentar contenerme y no hablar hasta el lunes del desastre que tenemos entre manos en lo que hace a la pandemia, para ver si así se me aplacan las ganas de mandar a la mierda a todos los gestores, nacionales y autonómicos, que no han hecho nada durante los últimos meses, salvo cobrar, en la lucha contra este mal. Por ello, intentaré fijarme en el plano internacional, que está lleno de noticias de calado, que no logran la atención debida por la obvia realidad de un drama que nos corroe con saña, agudizado por nuestra propia incompetencia, que medida en infectados y fallecidos, alcanza cotas difícilmente superables. No damos más pena porque no nos gusta trabajar.

Quedan poco más de dos meses para las elecciones norteamericanas, el próximo martes 3 de noviembre, y sin que esté muy claro quién va a ganarlas, aunque las encuestas se decantan a día de hoy por Biden, está claro que los EEUU que hemos conocido durante décadas empiezan a ser una visión que no se sostiene en muchos aspectos. Además de su fracaso en la gestión de la pandemia (y pese a que lo han hecho muy mal aún están mejor que nosotros) la imagen que ofrece el país es la de una sociedad dividida, enfrentada, polarizada hasta el extremo, casi lo que vemos por estos pagos, que siempre hemos lamentado. Es habitual en España que el odio sea el combustible de la política, y así nos va, pero no era lo habitual en EEUU, donde, aunque existían personajes y grupos que hacían del odio su enseña y forma de actuar, existía un consenso general sobre la imagen del país, el destino del mismo y la necesidad de actuar conjuntamente de cara a lograr lo que se aspirase. Esa sensación de unidad mayoritaria se desdibuja a medida que se profundiza en la actual política norteamericana, en la que la presencia de Trump ha sido tóxica, pero que va mucho más allá de la figura de este nefasto presidente. La polarización se ha instalado en el discurso tradicional de los dos grandes partidos nacionales que en ocasiones uno oye por boca de algunos de sus miembros declaraciones tan burdas y estúpidas que pensaba que sólo escucharía en nuestro parlamento o en nuestras televisiones. ¿Es esto un síntoma de decadencia? En parte sí, pero sobre todo es un peligro de cara al futuro. Día a día vemos en nuestra nación como la división sectaria resta fuerzas. Impide acuerdos, cierra espacios de convivencia, y todo ello con el encendido aplauso de gran parte de los votantes y cargos elegidos, que encuentran en esta forma de entender la política una manera de medrar, de ascender, de motivar a los suyos. Crecen los desencantados con lo que se ve, pero no encuentran quien pueda representar sus aspiraciones, porque el discurso moderado no vende. En EEUU a todo esto se le suman problemas propios que agudizan lo anterior. La crisis económica generada por la pandemia agudiza las enormes desigualdades que se viven en aquella nación, y el número de pobres crece aceleradamente en el país más rico y con más ricos del mundo. Y las tensiones raciales, que siempre están, y que periódicamente emergen, han sido de una violencia tal en este 2020 como no se recordaba en décadas. Tras los graves y generalizados disturbios acaecidos tras la muerte de George Floyd no son pequeños, aunque de momento sí más localizados, los que se están produciendo tras la difusión del video en el que la policía tirotea a un ciudadano negro en Wisconsin sin que se pueda apreciar que los agentes corrieran riesgo alguno en ese lance. La ciudad de Kenosha, en ese estado, lleva ya tres noches sumida en un enorme nivel de violencia en el que se han producido ya varios muertos y en el que hemos visto a ciudadanos anónimos exhibir parte del arsenal que todo norteamericano tiene en su garaje, usando sus armas con un desparpajo que hiela la sangre. Pese a los refuerzos policiales, ahora mismo esa ciudad es un caos en el que la violencia está descontrolada y la ira ha tomado el poder. Es difícil imaginar que, aún dentro de nuestra incompetencia, algo así sucediera en una ciudad española.

¿Son estas próximas elecciones las más importantes de los últimos tiempos? Difícil afirmarlo, porque se dice lo mismo de todas y, evidentemente, casi nunca será cierto, pero está claro que algo parece que se ha quebrado en el interior de aquel país, y gane uno u otro candidato el rumbo de la nación deberá ser enderezado. Nos toca ver a unos EEUU más introspectivos sea cual sea el resultado electoral, en un mundo en el que el ascenso chino le resta poder día a día y en el que esa nueva guerra fría Washington Beijing lo polarizará todo cada vez más. ¿Podrá EEUU sostener su control del sistema global en las próximas décadas? ¿Cómo mantendrá su imagen de líder mundial tras este desastroso 2020? Preguntas de mucho calado para las que no hay respuesta.

miércoles, agosto 26, 2020

Casi nada


Pasear con rumbo fijado, dando vueltas y rutas en torno al pueblo, pero sin prisa. Sólo en un par de ocasiones de manera apresurada, con el tiempo controlado, haciendo algo parecido a ejercicio, pero el resto simulando ser un flaneur fuera de la urbe, perdido en un campo que me es familiar, parándome, mirando detalles que conozco desde siempre y otros en los que no había reparado antes, consumiendo tiempo, mañanas en las que el reloj va despacio una vez que uno ha cumplido con las obligaciones familiares caseras. Todo a unas horas tempranas, en las que en verano muchos desperezan, y cuando la mañana aún está fresca.

Haciendo recados, todos los días a por el pan y el periódico, y muchos de ellos al supermercado local, a la farmacia o a similares, con la lista de la compra que se reproduce en casa de una manera que no logro entender, siempre con algún artículo que falta en un hogar en el que me da que sobra de todo. Prensa por duplicado, dos cabeceras al día, que ojeaba al llegar a casa y revisaba con detalle al volver del paseo, relajado tras el camino, dispuestos a tirar por la borda ese relajo y a convertirlo en enojo ante la incompetencia de todos aquellos que se dicen gobernantes y que no dejan de fracasar en la gestión de esta maldita pandemia. Compras hechas en un pueblo a medio gas, pero del que este agosto se ha ido algo menos de gente que en otros años, donde se veían más coches de lo habitual, y el vacío del estío, que siempre ha acompañado a este mes, lo era un poco menos. A la hora de volver del paseo solía a veces cruzarme por el centro con algunos turistas, de los pocos valientes que en este año de locos se han atrevido a viajar a sitios ajenos, paseando por las callejas, viendo la arquitectura local y preguntándose cosas que serán comunes a todos los que visitamos otros lugares y nada sabemos realmente de cómo se vive en ellos, más allá de tópicos y lugares comunes. Tardes largas, muy largas, que son sinónimo de verano, de no tener mucho que hacer, de leer algo, de oír la radio, de intentar quedar con algún amigo, de pasear nuevamente, a veces por el camino de la mañana, otras por otro, buscando las sombras que juegan y se invierten respecto a cómo se muestran al principio del día. Tardes que, comparadas con el leve ajetreo de la mañana, son un estanque inmóvil, una masa de agua calma hasta el extremo, sólo alteradas por el parte diario de infectados y fallecidos, y ni eso en los fines de semana, donde la ineptitud gubernativa da a entender que nada pasa y nadie enferma y muere. Tardes que se extienden y mueren en una noche de quietud total, de talleres apagados, de fábricas en vacaciones, que durante el resto del año hacen que los pueblos puedan llegar a generar más ruido que una gran ciudad, y dejan el mito de la calma rural enterrado en toneladas de estruendo, polvo de fundición y humos corrosivos. Talleres que yacen inertes, como enormes cadáveres, con heridas en sus fachadas, revocos y cristales caídos, fruto de incesantes vibraciones, y que, en estas semanas, como seres inertes que son, no se curan, pero tampoco se agravan sus heridas, mostrándolas sin que nada de su actividad pueda disimularlas, a sabiendas de que la próxima vez que vaya, con la actividad ya de vuelta, se ampliaran, se extenderán, y nuevas marcas afearán aún más esas tristes fachadas, que no se cuidan ni aíslan como es debido. Noches en las que las calles de talleres parecen lugares perfectos para la llegada de los extraterrestres, con esas farolas alineadas delimitando pistas de asfalto completamente vacías, que sólo sirven para reflejar una luz emitida que a nadie ilumina, y que parecen mandar un mensaje al cielo… “venir, aterrizar aquí” en medio de polígonos yermos, donde ni siquiera el típico grupo de macarras adolescentes hace ruido con sus coches muy trillados, en este, el verano de la nada.

El mar, una tarde. En un día de sol radiante, viento sur y calor hasta decir basta, el mar, verlo, contemplarlo desde la mañana en el entorno de la ciudad y por la tarde en un pueblo costero, y provechar la oportunidad de ponerme el bañador y, quizás, en la única oportunidad del año que tenga, descalzarme, andar sobre la arena con la incomodez que me produce, y llegar hasta el punto del agua. Mojarme los pies, sentir el frío en las rodillas y caderas, pero de ahí en adelante dejarme llevar por el agua, y bañarme en un Cantábrico que a los pocos minutos de acogerme me da la sensación de ser un mar cálido y propio de veraneantes. En una playa llena de gente, en un verano extraño, en un tiempo de casi nada.

miércoles, agosto 05, 2020

Beirut, arrasado


El guionista de este año 2020 no descansa, afila constantemente su colmillo y busca cómo sobresaltar al común de los mortales. Sobre una trama general en la que el coronavirus lo domina todo, va soltando hilos de trama sueltos por naciones que aumentan la complejidad y la sensación de zozobra. Qué decir de nuestro país, en el que ahora mismo se cruzan todo tipo de crisis, de tan diversos apellidos como facetas tenga la vida, y conjuntamente no sumen en una situación que es casi más de perplejidad que de angustia. ¿Cómo afrontar todo esto? ¿Por dónde empezar? Estamos casi desbordados por frentes que, por sí solos, son enormes y trascendentales.

Y como en toda buena serie, hacen falta efectos especiales. Ayer se produjo una devastadora explosión en el puerto de Beirut, capital del Líbano, en la que quedó arrasada buena parte de la infraestructura de la ciudad, vital para sus comunicaciones, abastecimiento y desarrollo económico, pero es que la onda expansiva se adentró en la urbe kilómetros y kilómetros, sembrando la destrucción a su paso. Hay varios vídeos en interne en los que se observa como una gran columna de humo blanco se yergue sobre el puerto, fruto de una explosión desconocida, y se oye un constante chasquido que aparecen petardos de feria, como si ardiera un almacén pirotécnico. Y de repente, se produce una brutal expansión explosiva en forma de bola gaseosa que se extiende todo a su alrededor y se eleva al cielo formando un hongo que recuerda al de las explosiones atómicas, eso sí, sin que estemos ante una detonación de este tipo. Los vídeos, tomados desde distintas perspectivas, ofrecen una secuencia en la que la devastación se intuye enorme y la onda de choque fruto de la detonación acaba tirando al suelo a los que portan las cámaras, destrozando sus coches, ventanas, viviendas o el lugar en el que se encuentren. ¿Qué pasó ayer en Beirut? Todo parece apuntar a que estamos ante un accidente que, sumado a una negligencia, ha podido causar una de las mayores tragedias que haya vivido esa torturada ciudad. No se sabe lo que inició las primeras explosiones, pero sí parece que lo que detona con una fuerza sádica son unas 2.700 toneladas de nitrato de amonio, un fertilizante muy utilizado en la agricultura y que es conocido por su capacidad explosiva. De hecho, ha sido utilizado por varios grupos terroristas en algunos de sus ataques y se suele registrar quién lo compra, en qué cantidades y para que usos, dada su peligrosidad. Al parecer esas toneladas llevaban tiempo almacenadas en el puerto de manera irregular, o al menos hace bastante que debían haber salido de allí, y es probable que una serie de errores administrativos, dejadeces varias y la mala suerte hayan sido la combinación perfecta que haya originado la devastación que ayer sacudió a esa ciudad, dejándola en un estado lamentable. El balance de víctimas aún es confuso, y dado el grado de destrucción alcanzado y la extensión del mismo, se tardará en saber con precisión. Se habla de unos setenta muertos y tres mil heridos, pero viendo esas imágenes es fácil suponer que estas cifras se quedarán pequeñas. Y todo esto sucede en el Líbano, un país que atraviesa en los últimos años una gran crisis económica y política, con revueltas frecuentes, caídas de gobiernos y sensación de descontrol elevada. Ya el coronavirus y los confinamientos asociados han agudizado el malestar social y el derrumbe económico en el que vive la población, y evidentemente una tragedia como la sucedida ayer no ayuda en nada a recomponer todos los problemas antes descritos, sino más bien a agudizarlos. Imagino que con el puerto arrasado será difícil abastecer a la ciudad de materias primas básicas, incluso de alimentos, y es probable que los habitantes de la capital se conviertan, desde hoy, en dependientes de una ayuda internacional que trate de paliar, en la medida de lo posible, los enormes daños que han sufrido.

Miércoles, 5 de agosto. Tras cinco meses inimaginables, hoy subo a Elorrio a pasar dos semanas largas de vacaciones, aunque no tengo claro el sentido del término vacaciones en medio de lo que estamos viviendo. Es la primera vez que subo desde que la pesadilla empezó a desatarse de verdad, y no lo he hecho en ocasión anterior tras el levantamiento del estado de emergencia. Reencontraré a familia y amigos en una situación extraña, con mascarillas, con distancia, con la sensación de que algo nos ha pasado por encima durante estos meses y el miedo de que nos vuelva a suceder algo parecido. El futuro se mide ahora en días, en brotes de infectados, poco más. Si todo va normal, y ya nada lo es, debiera volver a escribirles el miércoles 26 de agosto desde Madrid. En este caso, el deseo de que se cuiden es mucho más que una frase retórica, es la expresión de una necesidad compartida, de algo que más nos vale que hagamos.

martes, agosto 04, 2020

La marcha de un Rey


Me da que este condenado año no va a hacer falta sacar chascarrillos gibraltareños para tener algo de actualidad que comentar en los distanciados y enmascarillados encuentros en las medio vacías terrazas veraniegas. Ayer, a tres de mes, supimos los datos del día del coronavirus, nefastos, y con problemas técnicos (excusa barata) de tres CCAA para no actualizarlos, y poco después se hizo oficial el comunicado de la casa del Rey sobre la marcha allende nuestras fronteras de Juan Carlos I, salida motivada por las noticias constantes que tiñen de corrupción financiera el tramo final de su reinado y vida. De los creadores de “en agosto no pasa nada” un nuevo capítulo de “todo sucede en 2020”.

La posición del rey emérito llevaba debilitándose sin cesar a cada noticia que surgía sobre los entramados de corrupción en los que, presuntamente, estaba implicado, y todo lo relacionado con lo que los medios siguen denominando “la amiga del rey” al referirse a Corinna Larsen, presunta comisionista y probable conseguidora de favores a cambio de favores. El que la posición de Juan Carlos se estuviera tambaleando no es lo más grave, siendo algo muy serio, sino las implicaciones que ello puede tener sobre la institución de la monarquía, que encarna su hijo, en un país de escaso republicanismo combativo de izquierdas y un sentimiento monárquico más bien utilitarista. No pocas veces ha caído la monarquía en España, y el experimento posterior no ha salido precisamente muy bien, lo que en parte ha vacunado a una amplia capa de la sociedad sobre el republicanismo y sus ventajas. No es la forma del estado lo que determina la eficiencia, la solidaridad y el buen gobierno del mismo, sino las personas que, al cargo de las instituciones que se definan, deben ejercer su responsabilidad. Juan Carlos I, en lo político y profesional, ha sido un gran rey, de los mejores de la historia de este país, el único de hecho que ha reinado en democracia, tal y como la entendemos hoy en día, y su legado en este ámbito permanecerá más allá de su existencia, pero a día de hoy el asunto de sus finanzas, un tema no privado dada su relevancia pública, lo oculta todo, y la necesidad de hacer un cortafuegos para proteger a Felipe VI era cada vez más acuciante. ¿Es acertada la medida tomada? Sí en el sentido de alejamiento, de distancia, de separación, no en la imagen que se ofrece de marcha del país, cruzando fronteras como un prófugo. En este sentido la nota de su abogado que señala que, pese a la marcha del país, sigue disposición de las autoridades judiciales españolas abre la puerta a que los procedimientos puestos en marcha por la Audiencia Nacional puedan seguir su curso si así lo determinan, y que a donde se haya ido el rey sea un lugar en el que la extradición sea un procedimiento acordado entre esa nación y la española. En todo caso es muy triste comprobar que una trayectoria histórica de enorme peso como la de Juan Carlos acaba mancillada de esta manera, sumida en la indignidad de la escapada agosteña, envuelta en presuntas mordidas y rubias amantes. Alguien señaló ayer que la persona de juan Carlos no ha sabido, finalmente, estar a la altura del personaje histórico de Juan Carlos, y que presuntas tentaciones tan burdas como el dinero y los chispeantes ojos corinnaceos, que a buen seguro a muchos de nosotros nos llevarían a la perdición, le han afectado de una manera tan profunda como lo haría al común de los mortales. En este caso su campechanía le ha igualado, presuntamente, y en exceso a los personajes de la actualidad corrupta patria, en la que vemos a un catálogo de sujetos de toda clase y condición, rendidos ante prebendas, algunas carísimas, otras de un grado de ridiculez alarmante, arrojando por la borda su imagen, prestigio, futuro y demás por unos relojes, unos trajes, unas cuentas en Suiza o cosas por el estilo. El alma humana es fácilmente corrompible, y quien mejor lo sabe es el que pone el señuelo para que pique el tentado, sea político, podemita bolivariano, esposo de la madre superiora de la presunta nación catalana o Rey.

Felipe VI se enfrenta a hora, muy solo, a uno de sus mayores retos, que es el de mantener la institución, en medio de la descomposición familiar, con ataques constantes de parte de la bancada política, y con la seguridad de que la bula, o el servilismo si ustedes lo prefieren, de parte de los medios y de la sociedad ante la figura del Rey ha caído. Será Felipe VI juzgado de manera constante por sus actos y su vida será escrutada como nunca. Sabe que no puede cometer errores, que carece de margen para ello, y que de ser pillado en ellos pocas opciones tendría de sostenerse en su actual papel. Confío en su sangre fría y su experiencia, sabe que este mundo no es el que conoció su padre, que ya nada es como era. No envidio en nada su posición

lunes, agosto 03, 2020

Cuando las piernas ya no pueden más


No aprendemos, no aprendo. Tenemos los hechos delante, pero nos creemos superiores a ellos, tratamos de forzar la realidad para que se amolde a nuestros deseos y luego nos estrellamos, y el daño nos hace pensar la dimensión del error cometido. Nos pasa como sociedad y a cada uno de nosotros, que pensamos que somos mucho más fuertes de lo que nos creemos. Uno piensa que tiene veinte y pocos años y se pone delante del google maps a planificar una ruta en bici, haciendo rayitas sobre una pantalla y calculando que esos repechos que ahí se muestran son accesibles, pero resulta que cada una de mis piernas es la que tiene veinte y pocos años, por así decirlo, y claro, tiran lo que tiran y dan para lo que dan. No poco, pero no más.

Todos los años, llegado agosto, suelo hacer una excursión a la sierra para intentar subir Navacerrada, que es un señor puerto. Para ello he tenido que hacer varios intentos del anillo ciclista de Madrid y ver que he llegado a cada derrengado, pero con un poco de reserva. Subir Navacerrada es toda una excursión, requiere madrugar mucho, coger el metro, el cercanías y llegar a Cercedilla a una hora muy temprana, no tanto por el calor sino por el tiempo, porque dando pedales cuesta arriba se da la paradoja de que cada minuto parece una hora, pero el reloj corre como un poseso, y el tiempo se evapora. Tras dejar el pueblo y una serie de cruces que llevan camino al puerto, comencé la subida, que logré terminar en un estado aceptable, yendo en todo momento en modo supervivencia, ajustando el pedaleo a un desarrollo cómodo y buscando conservar fuerzas. Es un puerto tendido, de primera, de ancha carretera, siete kilómetros de subida con porcentajes de entre el siete y el 8 por ciento y un último del 10 por ciento que te deja a más de mil ochocientos metros de altitud. Una vez allí descansé un poco y seguí con la ruta prevista, llegando al puerto de cotos por una carretera que es casi llana y posee una refrescante fuente a mitad de trayecto. Ya en Cotos, dudé unos minutos, porque la decisión loca empezaba ahí. ¿Me daba la vuelta y volvía por donde he venido o me lanzaba al abismo? Cometí el error, y me lancé, en este caso a bajar Cotos, una carretera virada, preciosa, rodeada de bosque que baja todo el valle del Lozoya hasta llegar a El Paular y Rascafría, en un entorno idílico. Una vez ahí el plan era coger a la derecha en Rascafría y subir a la Morcuera, otro alto de primera categoría, de perfil mucho más revirado, carretera estrecha, firme irregular y paisaje agreste, que no se acaba nunca. Al poco de empezar a subir me di cuenta de que estaba justito de fuerzas, y al contrario de lo que pasa en Navacerrada, la vertiente norte de Morcuera no muestra el destino hasta que uno está casi en él, por lo que el ascenso se hace eterno. Vi el cartel que señalaba nueve kilómetros hasta la cota y me asusté, porque era obvio que no tenía piernas para hacer nueve kilómetros con rampas medias del siete u ocho por ciento. Hice los kilómetros nueve, ocho y siete, que incluyen un conjunto de reviradas curvas de herradura que dan un cierto respiro cuando se toman hacia la izquierda y se abren, pero pasado el siete empiezan unas rampas inmisericordes que se suceden una tras otra en medio de un paisaje cada vez más pedregoso que empezó a ganarme. No puede llegar al cartel de kilómetro seis sin pararme, poniendo el pie en tierra e invalidando la subida. Tras unos minutos reanudé la marcha, pero el dolor en las piernas empezaba a ser angustioso. Apenas unos cientos de metros después volvía a poner pie en tierra y comprobé que no había manera, que no iba a ser capaz de hacer aquella ascensión a pedales, y lo que es peor, que no tenía sentido darme la vuelta, por lo que opté por el único camino posible, seguir andando hasta la cima, a pie, llevando la bici a mi lado como una burra que me sirviera de compañía, y, cada vez más, a cada paso que daba de apoyo. Los kilómetros caían cada vez más despacio y, cálculo que cada trescientos metros de marcha, me tenía que parar, porque ahora eran los músculos encargados de andar los que gritaban basta. A falta de tres kilómetros para la cima sólo había daño en las piernas, negación en la cabeza y arrepentimiento ante la funesta idea que había tenido delante de la pantalla del ordenador.

Sí, conseguí llegar a la cima, en un estado calamitoso, en silencio, sin fuerzas para la queja, y dominado por el dolor. Era evidente que no podría terminar el recorrido previsto, que era bajar ese puerto gasta Miraflores y llegar a Colmenar, donde cogería otro Cercanías que me dejase en Madrid. Hice la bajada del puerto, espectacular como pocas, en mal estado, sin poder fijarme en los detalles, pasé Miraflores y, siguiendo la carretera que desciende, llegué a Soto del real, pero allí el viento en contra y el final de mis fuerzas fueron suficientes para decidirme a parar en una marquesina y esperar a un bus que me llevase a Madrid. Con un aspecto más propio de un Ecce Homo que de una persona, esperaba ese bus como la salvación. Y llegó, y pude subir la bici, e iniciar el camino de regreso a la ciudad en un estado de derrota muscular que aún me dura.

viernes, julio 31, 2020

Adiós PIB, adiós


A las nueve de la mañana de hoy el INE publicará el dato de crecimiento trimestral de la economía española en el segundo tramo del año, meses de abril a junio. El uso del término crecimiento en la anterior frase es una convención, porque la duda del dato que conoceremos en breve no es su signo, sino su magnitud, y más bien si está va a ser horrenda o más. Ayer se conocieron los datos equivalentes de Alemania, -10,1% y de EEUU, -32,9%. Hoy hace una semana el EUSTAT, instituto vasco de estadística, estimaba para la economía vasca una contracción del 20%. Como verán, cifras disparatadas, inmensas, históricas, nunca vistas. A los pocos minutos de que salga el dato se nos van a acabar los adjetivos para medirlo. Y luego sólo quedará el daño.

Destrucciones de PIB de esta magnitud sólo se observan en países en guerra, en economías de naciones sometidas a bombardeos, y aún así es realmente difícil alcanzar datos que reflejen, como en el caso estadounidense, una destrucción de un tercio del valor. Lo que estamos viviendo con la pandemia es histórico, pero lo que vamos a vivir en nuestras economías no lo será menos. La española, muy dependiente del sector servicios, con el turismo y aledaños como uno de sus principales sectores productivos, se enfrenta a una contracción que bien pudiera estar en ese entorno, y que no tiene comparación alguna con cifras del pasado. Bajadas de esta dimensión lo descolocan todo. Deshacen las cuentas públicas, en las que ingresos y gastos están muy condicionados por la evolución del ciclo económico, y que habrán sufrido caídas en su recaudación y excesos en los gastos muy por encima d las abultadas variaciones que pueda marcar el propio PIB. Las expectativas de hogares y negocios, que ya están totalmente condicionadas por lo sucedido y lo que pueda pasar con la evolución de los brotes, sufrirán con la publicación de un dato que lo único que va a hacer es reflejar lo que sea vivir de puertas para dentro durante los meses de confinamiento y tímida apertura posterior. Estadísticas como a de la EPA y su millón de empleos destruidos son la forma numérica de medir las colas del hambre que han proliferado en nuestras ciudades o la eliminación de comercios que cada día se extiende por las calles. Frenazos en la inversión como nunca antes se han visto se darán en empresas, entidades financieras y particulares, provocados por el desplome de la demanda que se vive y por la total incertidumbre que se vive ante un futuro que se mide en días, en número de infectados y en sensaciones sobre si habrá nuevos confinamientos y de qué dimensión serán. Tras cifras como las del PIB de hoy se miden realidades, hay personas, hay proyectos, familias, negocios, ilusiones. Cierto es que el PIB es una herramienta que tiene fallos a la hora de medir lo que sucede realmente en nuestras economías, pero si las pegas que se le ponen se suelen suavizar cuando registra fuertes ascensos sería infantil destacarlas en exceso cuando se desploma hasta abismos nunca vistos. Con sus más y sus menos, estas bajadas nos están contando la derivada económica del desastre sanitario que hemos vivido, derivada que viene con retraso y que durará bastante más de lo que pueda ser el problema del virus, suponiendo que las vacunas funcionen en unos meses y que para el verano que viene podamos estar diciendo adiós a esta pesadilla vírica. Los destrozos en el tejido productivo que genera una situación como la actual son mucho más duraderos y difíciles de atajar que la enfermedad. Es algo así como la larga convalecencia del enfermo que, sí, se ha curado, y sale de la UCI, pero que tardará mucho en volver a ser algo similar a lo que era. El tiempo necesario para, recuperada la estabilidad sanitaria, volver a un crecimiento normal, es desconocido.

Nuestras economías saldrán transformadas de esta crisis. Como mínimo, mucho más empobrecidas y digitalizadas. La caída de rentas que vendrá después de este desplome de PIB será generalizada, y todos tendremos que renunciar a sueldos e ingresos que hace unos meses considerábamos estables, porque no habrá con que pagarlos. La recuperación de los sectores económicos será muy desigual, a ritmos muy distintos y está por ver si algunos llegarán a tener la dimensión que alcanzaron antes de la pandemia. Y aunque en un futuro, ya sanos, las calles vuelvan a la vida, muchos locales comerciales no lo harán, arrasados por las deudas y las compras por internet, que seguirán creciendo. El dato de hoy mide un destrozo, y anticipa un futuro.

jueves, julio 30, 2020

Misión a Marte


Aproximadamente cada dos años, las velocidades y posición relativas de la Tierra y Marte permiten, con la tecnología de hoy en día, minimizar el tiempo de viaje entre ambos mundos, dejándolo en unos siete meses. Es por ello que esta denominada ventana de lanzamientos tiene siempre varias misiones preparadas para usarlas. Estaban previstas inicialmente cuatro en este año 2020, pero ya hace unos meses quedó claro que la iniciativa europea, con colaboración rusa, no estaba lo suficientemente perfilada como para lanzarse a la aventura. Su idea, poner un rover sobre el planeta, exigía que todo estuviera a mucho más del 100% de lo necesario, y no era el caso, por lo que el viaje europeo se producirá, si no pasa nada raro, en 2022.

Las otras tres misiones muestran un compendio de ambiciones tecnológicas y, también, suponen una imagen de cómo está el poder en la Tierra y de las naciones que cuentan, o se pueden permitir el lujo de pagar para contar. El primer envío, lanzado hace unas tres semanas, es una misión de los Emiratos Árabes Unidos, EAU, primera vez que una nación así y de la zona se lanza a esta carrerea. Es una misión modesta, y busca colocar un satélite en la órbita marciana que investigue su atmósfera. Además, dad la trayectoria orbital que va a poseer, se espera que pase cerca de una de las dos minilunas de Marte, Deimos, (la otra se llama Fobos) y que pueda tomar imágenes muy precisas de esa gran roca. La segunda misó, lanzada la semana pasada, es china, y supone el mayor reto al que se ha enfrentado la joven y lanzada tecnología espacial de aquel país. Es un viaje en el que van dos naves, un orbitador y un rover, que se espera se pose sobre la superficie y pueda realizar trabajo de campo analizando muestras y buscando razas de vida. Todos los intentos exitosos de amartizaje logrados en las últimas décadas llevan la bandera norteamericana, por lo que si los chinos son capaces de lograrlo habrán dado, otra vez, un golpe de efecto en una nueva mesa en la que ya son capaces de hablar de tú a tú con la gran potencia. Aterrizar en Marte es una pesadilla que junta lo peor de todos los escenarios posibles y lograr es, créanme, toda una proeza. La tercera misión al planeta rojo se lanza hoy a las 13:50 hora española desde Florida, y es norteamericana. Los americanos han conseguido pleno de éxitos en sus últimos intentos marcianos, y van poco a poco aumentado la complejidad de sus misiones. En este caso no se envía un orbitador, sólo un rover, llamado Perseverance, que es la evolución de Curiosity, que lleva ya cuatro años en la superficie de Marte y que ha supuesto un avance enorme en lo que hace al avance de la exploración del planeta. Son modelos de vehículos de gran tamaño, similares a un coche medio, y que pueden hacer decenas de kilómetros de viaje en su vida útil. Dotados de un amplio instrumental, el objetivo de Perseverance vuelve a ser la búsqueda de trazas que indiquen si hubo vida en algún momento sobre la superficie de aquel mundo, objetivo que obsesiona a todos los científicos desde que se ha demostrado que el agua sí fluyó sobre la superficie en un pasado remoto medible en muchos millones de años. Pera además de todo lo comentado, el rover norteamericano lleva un secreto muy interesante en su interior. Llamado Ingenuity, no es otra cosa que una especie de dron diseñado para despega y volar, sí , volar, por Marte. Dotado de un doble rotor de aspas y un aspecto mezcla entre un elemento de ciencia ficción y un insecto extraño, se ha creado para poder surcar la muy tenue atmósfera marciana, de una densidad ridícula comparada con la nuestra, pero que existe, y que puede ser “volada” por sí decirlo. Lograr que la misión aterrice sin percances y desplegar el Ingenuity sin problemas ya será todo un reto, pero si hay éxito la simple idea de poder contemplar Marte en vuelo, a través de los pequeños saltos que sea capaz de llevar a cabo este robot es, simplemente, fascinante.

Si todo va bien, las tres naves llegarán, como una flota invasora, a la órbita marciana para mediados finales de febrero de 2021, y a partir de ahí, en pocos días, sabremos si han tenido éxito sus maniobras de inserción y, en el caso chino y norteamericano, amartizaje, que es lo más difícil de todo. Para entonces es de esperar que el panorama pandémico que nos absorbe por completo a los terrícolas esté algo más despejado, y quizás tengamos ya a varios millones de personas vacunadas ante la maldita enfermedad, y podamos contemplar el futuro con algo más de esperanza. Futuro que, ineludiblemente, pasa por las estrellas y, paso a paso, por los planetas vecinos al nuestro, que cada día conocemos mejor y que no dejan de ofrecernos sorpresas y maravillas para ser exploradas.

miércoles, julio 29, 2020

No es estacional


A medida que avanza el número de positivos en España y las curvas se encrespan empiezan a quedar dos cosas claras. Una es que no hemos tomado medida alguna para retrasar esta nueva oleada de positivos, con todas las consecuencias negativas que se derivan de ello, y otra es que, como siempre, centramos todos nuestros esfuerzos en debates estériles y en buscar culpables ante lo que sucede, en vez de evitar que pase. Es más cómodo discutir sin trabajar, lanzarse a la arena de los medios y decir cosas antes que ponerse a invertir recursos en rastreadores cuando son útiles o diseñar estrategias y escenarios que exigen pensar, meter horas, dedicarles un tiempo que, sin duda, nuestros políticos ven mejor empeñado en su gresca y estulticia.

La discusión de esta semana, en medio de cifras cada vez peores, es si estamos ante una segunda oleada del virus, y en gran parte me atrevo a decir que sí, pero con matices. El sí viene de la forma de las gráficas, que fabrico a mano en medio del desastre de datos que suministra un desbordado y antediluviano Ministerio de Sanidad, completamente inoperante. Los crecimientos no de la variable de infectados en las últimas 24 horas, que son intensos pero falaces, sino los de la de infectados totales, muestran que comunidad des como Aragón, Cataluña o Navarra se encuentran en pleno proceso de disparo. En ellas el contagio ya es comunitario y pueden ir despidiendo a los rastreadores que no contrataron, porque esa labor de traza, fundamental para evitar lo que ahora vemos, debió hacerse antes, ahora no tiene mucho sentido. Las cifras de Madrid también están despuntando, tras semanas aletargadas, con el sistema sanitario aún grogui y el rastreo prometido completamente incumplido. Es encomiable la manera en la que las CCAA han cumplidos los compromisos a los que llegaron en las fases de la pasada desescalada, ahora que vemos una reescalada de los casos. Cierto es que, afortunadamente, los hospitales y UCIs aún no muestran repuntes serios, sí crecimientos, pero desde niveles tan bajos que no resultan significativos, y esto se debe en parte tanto al retraso que existe entre el inicio de síntomas y el posible ingreso hospitalario como al hecho de que ahora se detecta más y mejor, y el número de asintomáticos es superior, lo que infla la curva de positivos más de lo que lo hará la de hospitalizados y fallecidos. Pero el crecimiento de positivos es innegable, y también nos dice otra cosa sobre la que se discutió mucho en el pasado. Estos días hace un calor muy intenso en todo el país, estamos en lo más duro de un verano que empezó suave y está siendo severo. Los 40 se alcanzan día tras día en muchas zonas del país, entre ellas Zaragoza, y eso no afecta al número de positivos, por lo que parece ser evidencia de que estamos ante un virus que no es estacional, como el de la gripe. Como todos los virus, el calor extremo no le sienta bien, sobrevive mucho menos en superficies que estén calientes al sol y sometidas al baño de ultravioletas que queman nuestra piel, y el hecho de que el buen tiempo nos haga estar más en la calle reduce las opciones de transmisión, muy potenciadas en los espacios cerrados, pero el virus en su conjunto no muestra un comportamiento asociado a las estaciones, con rebrotes invernales y apaciguamientos estivales, comportamiento típico de las gripes. Sus olas no vienen, por tanto, por la meteorología, sino por la dinámica de la sociedad en la que se encuentra. Si la sociedad se encierra la transmisión se reduce y la incidencia baja, mientras que si la sociedad se abre la transmisión crece. Por ello, picos y valles de contagios se correlan intensamente con la dinámica de la sociedad en cada momento, y esperar que tengamos una pausa de la epidemia en agosto porque hace calor es una quimera que empieza a desdibujarse en los análisis de todos los que saben de esto (ninguno es político, obviamente).

Visto lo visto, a medida que los países reabren y salen de los confinamientos tendrán olas epidémicas de diversa intensidad, quizás en su mayoría menor de lo que lo fue la primera, pero inevitables. El sistema de rastreo y prevención que se debía haber instaurado tras la ola inicial era una manera de comprar tiempo, de retrasar la segunda avalancha lo más tarde posible para dar margen a las economías para recuperarse algo y otorgar ventaja a las pruebas de las vacunas, que por mucho que se precipiten, no podrán ser dadas por mínimamente operativas hasta finales de este año. Ese margen de tiempo que da algo de serenidad, y que naciones como Alemania están disfrutando, es lo que hemos desperdiciado por completo en España por nuestra total incompetencia en la gestión del rastreo de contactos. Agarrémonos fuerte para lo que pueda venir.

martes, julio 28, 2020

Fernando Simón debe rectificar sobre el turismo


Fernando Simón se ha convertido en la cara de la epidemiología en la crisis del coronavirus. Ha tenido el valor, que otros no han mostrado, de salir a la palestra en medio de los días más duros, asumiendo golpes y fracasos que eran suyos y de sus jefes. La infantil banderiza política que anida en nuestra sociedad ha cogido a Simón como emblema. Los defensores del gobierno lo ensalzan por encima de todo y los críticos con el ejecutivo lo acusan sin cesar. Obviamente, Simón ha acertado en algunas cosas y se ha equivocado en otras. Es un mandado que actúa forzado por la administración a la que se debe y en esa clave deben leerse algunos de sus mensajes. El tiempo lo juzgará, y de algunas cosas le absolverá, de otras no.

Una de las cosas por las que se le criticará por tiempo es por sus declaraciones de ayer, en las que agradecía la cuarentena británica y las recomendaciones de aquel gobierno para que no se viaje a España. El argumento para semejante afirmación tiene lógica si sólo pensamos en la epidemiología, y vemos que las tasas de contagio en Reino Unido son superiores a las de la mayoría de los destinos turísticos españoles, y disparatadas si las comparamos con las de Baleares o Canarias. Con ese argumento en la mano, aparece el concepto de caso importado y ante ese riesgo lo mejor y más prudente es evitar que venga alguien a nuestro territorio. Dicho así tiene lógica, y es cierto, pero yerra Simón en, al menos que se me ocurran de golpe, dos aspectos muy importantes. Uno es que nos bastan y sobran los casos nacionales para que se nos descontrole la epidemia en España, sin tener que recurrir a casos importados. El desastre de las estrategias de rastreo puestas en marcha por las CCAA es total, dado que apenas hay estrategias ni rastreadores, y a día de hoy tenemos transmisión comunitaria garantizada en, al menos, Aragón y Cataluña, y serias sospechas de que en zonas de Navarra o Murcia se puede estar ante el mismo fenómeno. Una vez que esa transmisión se inicia el rastreo pierde su sentido. De hecho, el rastreo se crea precisamente para controlar los brotes, podarlos y evitar que se produzca la transmisión comunitaria. Por lo tanto, el argumento del caso importado, que sería relevante de no haber casos propios, se convierte en anécdota ante lo que estamos viendo en algunas CCAA. El otro gran fallo de Simón es no asumir la desgracia, la infinita desgracia que supone para gran parte del país la decisión del gobierno británico, que condena a la ruina a miles de empresas y negocios, a millones de personas, que en determinadas regiones como las insulares o gran parte de la costa mediterránea viven del turismo. Y cuando digo viven quiero decir que sin él se mueren, no ingresan nada, se van a la pobreza extrema. La visión de las declaraciones de Simón encierra una ceguera sesgada por el tecnicismo de su posición que es lesiva para sus propios intereses, para los del control de la epidemia y para el conjunto de la sociedad. ¿Qué opinaríamos si un economista nos dijera que el paro es voluntario, y que la manera de acabar con él es bajarse el sueldo hasta que todo el mundo fuera contratado? Le acusaríamos de todo, pero lo cierto es que su teoría es correcta. Un señor puede estar dispuesto a contratarme por, pongamos algo muy bajo, 100 euros al mes, pero yo no estoy dispuesto a cobrar eso, quiero más. El contratador se niega, no me da el trabajo y yo estoy en paro. Esto es la base de la teoría de la oferta y demanda de empleo, así, en crudo. Muchas décadas de experiencia y regulación han ido acotando ese mercado para evitar situaciones crueles y absurdas como las descritas, de tal manera que la ley permita la contratación y unos ingresos mínimos al empleado y unos beneficios mínimos al empresario (seguimos discutiendo mucho sobre todo esto, y más en el disfuncional mercado laboral español) pero si un economista puro, racional y frío nos contestara a la pregunta de por qué hay desempleo su argumento sería el relato que les hemos contado.

El encierro total, el cierre de fronteras, garantiza al epidemiólogo la contención del virus y el freno de la epidemia, tan obvio como que el salario cero garantiza empleo infinito, pero la esclavitud es ilegal y el confinamiento, como vivimos hace pocos meses, tiene unos costes sociales y económicos devastadores. Para evitar eso se trató de diseñar la estrategia de rastreo, que permitiera ganar tiempo y aplacar los brotes antes de que las cifras volvieran a crecer, ganando semanas y meses hasta que la vacuna esté aquí, pero como eso del rastreo ha sido otro fracaso nuestro nos encontramos ante el peor de los escenarios posibles. Simón debiera rectificar, mostrar su comprensión ante los millones de personas que viven del turismo, el 12% de nuestro PIB. Declaraciones como esas son un error en forma y fondo.

lunes, julio 27, 2020

¿Qué hacemos sin turistas?


Recuerdo que en mis primeros veranos en Madrid asistía al vaciamiento de la ciudad en agosto en una escala gigantesca, que me recordaba a mi propio pueblo, Elorrio, que en ese mes se convierte en un lugar fantasma, despoblado, abandonado por los residentes que huyen a sus segundas viviendas o a los pueblos de origen. El fenómeno turístico en Madrid era escaso, presente, pero no relevante. Ha sido estos últimos cinco o seis años en los que se ha producido un disparo de turistas con destino a la capital que ha transformado, y no sólo, los veranos. A su alrededor se ha creado un enorme ecosistema económico que daba empleo y riqueza a miles y miles de personas.

Si el turismo era relevante en Madrid, es vital, absolutamente vital, en gran parte del resto del país, y, en determinadas regiones, supone prácticamente la única fuente de ingresos y forma de vida. Por eso la crisis del coronavirus se vio desde un principio como una bomba en ese sector, y muchos no entendíamos el desprecio, la altanería, la inconsciencia con la que, desde determinados cargos y autoridades, se observaba el derrumbe de un sector que es nuestra principal fuente de divisas. El aplanamiento de la curva allá por finales de mayo principios de junio supuso un alivio para algunos de los gestores de establecimientos turísticos al ver que, quizás, algo podría salvarse, una vez que en la UE se empezaban a levantar barreras entre países y a crear corredores seguros, que luego se fueron convirtiendo en flujos de viajeros. Lejos de lo de otros años, sí, pero algo era algo. Sin embargo, el repunte de positivos que observamos desde hace dos semanas, que es especialmente intenso en nuestro país, ha llevado a lanzar los primeros avisos de precaución a algunas de las naciones vecinas, que observan como España no es el destino seguro que se les vendió, y que también notan que en sus propios países, más despacio que en el nuestro, vuelven a crecer los positivos. La decisión tomada la noche del sábado por el gobierno británico para reinstaurar una cuarentena para todos aquellos que hayan pasado por España en los últimos días es un golpe mortal para el sector del turismo, que tiene en los británicos a su principal cliente. Dieciocho millones de residentes en las islas nos visitaron el año pasado. Repita la cifra, dieciocho millones de personas, y en los meses de julio y agosto fueron algo más de dos millones de personas las que vinieron cada mes. El gasto medio de ese turista, el guiri por excelencia, es de unos mil euros, por lo que no hace falta ser un genio para calcular los miles de millones de euros que están en juego, una manera diplomática para no admitir que están prácticamente perdidos. Esta decisión del gobierno de Boris Johnson también destruye por completo el flujo inverso, el de miles de españoles que todos los años visitan aquel país, por motivo profesional, personal o de ocio, y que desde hoy se ven en la necesidad de cancelar sus viajes, porque de nada sirve ir a un sitio en el que vas a tener que estar retenido. Ya desde hace meses se produjo la cancelación de miles de cursos y programas de intercambio de idiomas, que mueven una friolera de euros y personas durante los meses veraniegos, y que suponen un enorme flujo de ingresos para miles de familias británicas, que alojan en sus casas a los estudiantes. Quedaba, como antes comentaba, el consuelo de que al menos los intercambios de otro tipo se pudieran mantener y, mal que bien, minimizar en la medida de lo posible los daños mutuos, pero eso ya no pasará. Amparado por el crecimiento de nuestros contagios, alarmante, sí, pero en tasas aún menores a las que se registran en las propias islas, la decisión de Johnsosn es un mazazo para nuestra economía, un depresivo para las ansias de ocio de su población y una muestra de la enorme fragilidad de todo lo que consideramos seguro ante la evolución de un virus que nos tiene completamente en jaque. El recuento de infectados diarios es el parte de guerra de cada día y de su evolución depende todo lo demás. El gobierno, que pensaba que lo peor había pasado y se mostraba despreocupado estos últimos días, debiera estar hoy reunido de manera urgente para ver qué se puede hacer.

¿Cuál es la alternativa económica al turismo en ciertas regiones? ¿De qué se va a vivir allí si no hay visitantes? Cada vez que surgen noticias de este tipo me acuerdo de Baleares, Canarias, o gran parte de las localidades costeras mediterráneas, en las que el turismo es una especie de monocultivo en torno al que gira todo lo demás. Desprovistas de visitantes, el PIB de estas regiones puede caer en este trimestre, el de su mayor bonanza anual (excepto Canarias, que tiene en invierno la temporada más alta) hasta cotas de varias decenas de puntos, en una sangría que social, y hasta vitalmente, puede ser insostenible. Las arcas públicas apenas van a poder sostener unas rentas que no se van a recuperar hasta que la vacuna sea cierta y esté implantada. En muchas zonas de España, en un verano de cuarenta grados, se siente el frío del invierno económico.

viernes, julio 24, 2020

Vacaciones con oleadas


Como el pasado viernes, eran bastantes las personas que ahora mismo iban en el metro con maletas, con la esperanza y aspecto de salir de vacaciones cuando se acabe la jornada laboral de hoy. A las puertas del último fin de semana de julio el ansia de salir de Madrid y cambiar de aires es enorme por parte de los que trabajan en la ciudad, un fenómeno que se repite con elevada intensidad cada año, que da lugar a enormes operaciones salidas de tráfico y a atascos de grandes dimensiones en el proceso de fuga, que se repiten de manera algo más dispersa a la vuelta, los domingo por la tarde, la hora del retorno de los que, o se fueron hace tiempo o los que sólo se han podido largar el soñado fin de semana. Así era antes y quiere ser ahora.

Pero es evidente que las vacaciones de este año no van a ser tales, o no al menos en su sentido estricto. Hay movimientos de salida y entrada, pero menores que otros años, y con la sensación de la urgencia clavada en la mirada de quienes se van a algún lado. Urgencia que se mide en número de infectados diarios y que se marca en forma de zonas en las que se reproducen los brotes. Uno ha previsto, pongamos, ir a veranear a la costa almeriense, y desde entonces no hace más que consultar cómo se encuentran los positivos por allí, qué pasa en aquellos pueblos y qué opciones tiene de que, cuando llegue el día previsto para partir, el viaje pueda hacerse como estaba previsto. Muchos de los esfuerzos de planificación de las vacaciones de este maldito año consisten en averiguar cómo pueden ser canceladas si es necesario, como renunciar a ellas al menor coste posible, o incluso al revés, cómo planificar una estancia mucho más larga en el caso de que los condenados brotes nos bloqueen en un lugar que consideramos como de paso, no de estancia definitiva. En el equipaje de muchos veraneantes este año, junto a toallas, ropas horteras y enseres deportivos, se van a colar tabletas y portátiles por lo que pueda pasar, porque realmente nadie sabe lo que puede acabar pasando, aunque el pensamiento de lo peor siempre está ahí. Y todo esto en aquellos que mantienen su plan de vacaciones, porque son muchos, legión, los que por motivos económicos o de prudencia directamente han optado por saltarse las vacaciones este año y dejarse de viajes. Hay miedo, hay respeto, hay temor, llámelo usted como quiera, pero las sensaciones no son ni mucho menos las de un verano cualquiera, y no son pocos los que, para no disfrutar con un viaje que ven lleno de riesgos, prefieren quedarse en la seguridad de lo conocido. Y son bastantes los que ven su presente y futuro económico cegado, y consideran directamente que irse de vacaciones es un lujo que su bolsillo, arrasado por la pandemia, directamente no puede permitirse. No hablemos de los viajes internacionales, salidas que todos los años para estas fechas están en pleno auge, y que este no son sino anécdotas que los que las practican podrán contar a sus cercanos como experiencias más propias de siglos remotos por la cantidad de trabas y protocolos que se deben cumplir para ir a alguna parte que por otra cosa. Pienso en julio y se me asocian muchas cosas a la cabeza, y una de ellas son los viajes de estudiantes para aprender inglés que invaden Reino Unido, Irlanda y otras naciones de nuestro entorno, y que este año no van a tener lugar. Algunas familias llevarían tiempo, quizás años, planificando ese primer viaje del hijo fuera de casa, con la ilusión de saber lo que aprenderá de idiomas y el temor a cómo sobrevivirá fuera de casa y con la cocina inglesa. Esos miedos menores han sido sustituidos por un miedo mayor que lo ha arrasado todo, que se ha llevado por delante formas de vida, certezas y anclas en torno a las que nos apoyábamos para marcar el rumbo vital. Ha deshecho planes como una tormenta de verano rompe la calma de la tarde, y ha convertido el tiempo de vacaciones en una extensión más de la era de nervios en la que vivimos desde finales de febrero.

Paradójicamente, la tensión acumulada en estos meses hace que, quizás más que nunca, sean necesarias unas vacaciones para poder desconectar de la pesadilla vivida, pero a medida que pasan los días y las cifras de infectados no hacen más que crecer la sensación es que el verano está siendo carcomido por el virus, y que la ventana de descanso que encontramos tras el final del estado de alarma se está cerrando. Los municipios que retroceden de fase ya no son uno o dos, sino que empiezan a ser muchos puntos rojos en un mapa de alarmas que se enciende, y el negocio asociado a las vacaciones, que soñaba con un respiro en los meses de verano, ve como sus ilusiones se apagan en forma de cancelaciones crecientes. Nada de este verano será como lo fueron todos los pasados.

jueves, julio 23, 2020

Un alternativo día del libro


El coronavirus nos robó la primavera y, al paso que va, logrará arrebatarnos todo el año con su desgraciada presencia, pero fue en la estación del despertar cuando su efecto fue absoluto, letal, y todo quedó suspendido. Eventos privados, conmemoraciones, actos públicos… todo desapareció mientras el confinamiento se extendía por doquier y la vida quedaba sumida a una quietud entre las paredes de casa. Una de las muchas cosas que se quedó ahí, abandonada en la nada, fue la conmemoración del día del libro, un 23 de abril, fecha para la que la curva empezaba a bajar pero los muertos diarios aún se contaban por centenas. Se propuso aplazarlo al verano, para cuando esto “ya hubiera pasado” y se escogió, de julio, el mismo día 23. Hoy.

En esta jornada se conmemorará tanto el día del libro como la festividad de Sant Jordi, en una Barcelona en la que los rebrotes ponen contra las cuerdas a las autoridades locales y empiezan a obligar a diseñar planes de contingencia hospitalaria ante lo que pueda venir en semanas. No veremos Las Ramblas llenas de casetas, autores y lectores, como no las vimos en el debido abril, porque la distancia interpersonal, que entonces debiera llevar tiempo instalada entre nosotros, se ha convertido en la compañera omnipresente de todos, y elimina el concepto de multitud, de reunión. Las librerías harán horario especial y descuento del 10% en sus ejemplares, con la esperanza de recuperar algo en esta jornada de las ventas e ingresos que se han ido desde el inicio de la pesadilla, y que para muchas ha supuesto la más absoluta ruina. El panorama que la pandemia dejan en el sector del pequeño comercio es similar al de una ciudad bombardeada, con unos supervivientes en medio de los escombros. Los locales cierran agotados, sin caja alguna, y entre ellos las librerías viven lo peor de todos los mundos, como todos aquellos negocios que no pueden instalar una terraza para vender copas. Su ecosistema era ya débil antes de todo esto, atomizado y luchando frente a gigantes de la distribución que han prosperado aún más con la forzada explosión del cibercomercio. Muchas de ellas, pequeñas, de barrio, vivían de la compra de los fieles del lugar, que ahora o no están, o no salen o se han quedado sin ingresos. Con los salarios temblando y el desempleo galopante la compra de libros se convierte en un accesorio casi de lujo cuando uno tiene dudas sobre el estado de la despensa a partir de la segunda quincena del mes. Es por eso que no pocas esperan hoy no ya arreglar sus cuentas, eso es imposible, pero sí al menos frenar la sangría, conseguir un punto de apoyo en el que poder respirar, un alivio en el duro puerto de montaña que están atravesando para poder refrescar, aunque sea un instante, piernas, mente y caja, y afrontar lo que queda de un año que, para todos, es lúgubre e incierto. Por eso, mi recomendación de hoy es que compren libros, por supuesto, pero que si es posible, lo hagan en esa librería que tienen cerca de casa, o la que ha quedado que se encuentre más próxima. Las grandes cadenas venderán hoy muchos libros, y otro tipo de productos, y todos ellos les permitirán también ir manteniendo unas ganancias que están muy mermadas, pero para ellas este día sólo es algo diferente, mientras que para la pequeña librería es una jornada absolutamente especial, vital, excepcional. La usencia completa de turistas provocará que los que acudan a las compras hoy sean los habitantes de las ciudades y pueblos, los de siempre. Muchos de ellos conocerán al librero y sabrán de sus alegrías, sus penas y pesares. Comprarle hoy un libro no es sólo, que también, un acto de amor a la cultura, y un regalo personal a uno mismo y a quien estemos pensando en dárselo, sino también un regalo a ese librero, a ese autor, a toda la cadena de profesionales que hacen posible que los libros lleguen hasta nosotros. Muchos de esos profesionales se encuentran ahora mismo en un estado de precariedad y angustia difícilmente imaginable. Hagamos lo posible para ayudarles, y lo mejor es, hoy, siempre, comprar libros.

Por oferta no será, se sigue editando una barbaridad en España, y muchas de las novedades que iban a presentarse coincidiendo con el original 23 de abril y la señalada Feria del libro (ay, la feria, qué pena, te echo de menos) han salido tras el confinamiento. Hay muchos libros sobre pandemias, virus y enfermedades, porque lo que está de actualidad impone gustos, pero tienen ustedes, como siempre, ensayos y novelas en grandes cantidades donde perderse, aprender y pasar un rato excelente en compañía de lo escrito por sus autores. ¿Acaso hay mejor plan para un caluroso verano que una apasionante lectura a la sombra de, pongamos, unos infinitos juncos? Disfruten de sus compras, lean y déjense llevar por las páginas.

miércoles, julio 22, 2020

De la irresponsabilidad personal ante los brotes


El lunes ponía a parir, creo que con bastante razón, a las administraciones de todo tipo que tenemos en España no ya por su incapacidad, sino por la negligencia con la que están gestionando el tema de la salud en la pandemia. Arrolladas por la primera ola, no han sacado conclusión alguna y parecen llegar al inicio de la segunda con los deberes tan poco hechos como al principio. Eso sí, los colmillos políticos bastante más afilados y los argumentarios de campaña muy pulidos para lanzarse a encontrar culpables, que no soluciones, ante una posible repetición del desastre ya vivido. El “abandonad toda esperanza” que se leía a la entrada del infierno de Dante es el lema que preside nuestras administraciones.

Pero lo reconozco, sería injusto si pusiera sobre el entramado institucional y político toda la culpa de lo que nos pasa y de lo que nos pueda pasar, entre otras cosas porque esas estructuras y cargos no han surgido de un asteroide llegado a la Tierra desde una remota galaxia, no, sino desde nuestro interior, desde nuestra sociedad, que las ha creado y moldeado, a las instituciones y a las personas que las ocupan. En general el civismo ha regido el discurrir de la sociedad española durante los meses del duro confinamiento. Casi todo el mundo ha respetado de una manera escrupulosa unas restricciones sociales y vitales inéditas, por su intensidad, extensión y dureza, y s comentaban mucho, pero eran anecdóticas, las noticias sobre quienes se saltaban las prohibiciones. No ha sucedido lo mismo tras el proceso de fases y la retirada de la legislación extraordinaria. Una relajación general se ha extendió por muchas capas de la sociedad, y una especie de instinto proustiano de recuperar el tiempo perdido ha hecho que los episodios de desenfreno se sucedan a lo largo de todo el país. El virus no se ha ido, el virus sigue ahí, el riesgo de contagio sigue siendo muy alto, pero pese a ello todos los días conocemos sucesos en los que el comportamiento no tiene en cuenta nada de lo vivido ni la persistente presencia del virus. Uno entiende que tras meses de encierro el desfogue sea parte necesaria en muchas personas que se han visto atadas y enjauladas. También es comprensible que, como pasa en otros temas, es casi imposible que la gente joven se modere. Su percepción del riesgo, propio y ajeno, es muy distinta la de los demás, y eso se nota cuando se ponen a hacer deportes de aventura o se ponen a conducir. Tratar que un veinteañero cumpla los límites de velocidad al volante siempre ha sido una tarea abocada a la melancolía por parte de padres, autoescuelas y agentes de tráfico. Pero la situación actual es bastante peligrosa. El coche lanzado a toda pastilla por la carretera es peligroso, mucho, pero se ve, y tiene un alcance dado, no destrozará vidas desconocidas que no estén en su trayectoria. El virus que un joven o cualquiera de nosotros puede portar se transmite de manera caótica, desordenada, creando cadenas de contactos y contagios en los que el que las inicia, sea de la manera que sea, es incapaz de saber hasta dónde podrán llegar. Se juntan, por tanto, la necesidad de la máxima precaución y la ocultación del mal, escondido en algo tan ínfimo como un virus, imposible de percibir. Y esa combinación es letal. Episodios como el de la discoteca de Córdoba que no respetan medida de seguridad alguna, y otros que se conocen cada día muestran que el grado de irresponsabilidad de parte de la ciudadanía se está extendiendo, y con él el virus y sus riesgos. Quizás sea demagógico acusar a estos incívicos de frustrar todo el esfuerzo logrado por la sociedad en meses de encierro, pero es una acusación que tiene algo de verdad, que esconde un problema real.

Convencer a la gente que lo que “mola” es llevar la mascarilla puesta, y no en el codo cuando se juntan varios grupos es una tarea hercúlea en la que me da la impresión nadie ha pensado, y que ahora se convierte en un reto inmediato. De poco serviría que las instituciones, acusadas de todo con razón, actuasen juiciosamente si luego en el día a día los ciudadanos no lo hiciéramos. Esto es un tema de corresponsabilidad, y podríamos aprender de nuestros políticos, del nulo uso que hacen de ese concepto, para darles una lección y ser cada uno de nosotros un referente, un ejemplo de cómo actuar con prudencia en estos meses de zozobra pandémica. Si no lo hacemos, nuestras críticas a la autoridad tendrán un componente de hipocresía nada pequeño.