jueves, junio 06, 2013

Lo que Antonio Muñoz Molina cuenta Miguel Blesa lo protagonizó


Ayer, por segunda vez en tres semanas, Miguel Blesa, anterior y último presidente de Caja Madrid, salió de los juzgados de Plaza Castilla en un furgón policial rumbo a la prisión de Soto del Real, donde le esperaba la noche oscura, una afectada por las preferentes que le deseó una eterna y putrefacta estancia entre rejas y un futuro lleno de trámites judiciales, vistas y más que probables sentencias condenatorias firmes e inapelables. De momento, y sin el recurso a la fianza, es muy probable que su boda, prevista para este sábado 8 de junio, no tenga lugar.

Blesa es, sin usar nombres, uno de los muchos personajes que transitan por “Todo lo que era sólido” el último libro de Antonio Muñoz Molina, un descarnado ensayo, género poco frecuentado por el autor, que describe como la locura se adueñó de un país, de una sociedad, de unos individuos, que creyeron que el futuro era algo que estaba al alcance de la mano y que bastaba subirse a un fajo de billetes para tomar algo de altura y extender la mano para cogerlo, hacerlo propia, y quedárselo para siempre. Si las novelas de Muñoz Molina enternecen el alma por su sensibilidad y precisión, en este ensayo la sensación física que te entra es de congoja, repulsión y ciertas ganas de vomitar, porque la palabra precisa, el término perfecto, al frase sencilla pero profunda que utiliza el autor en cada una de sus páginas es un golpe seco al estómago de un iluso país obeso de crecimiento artificioso, de soberbia, de chabacanería y estulticia, que la burbuja contribuyó a que alcanzara cotas surrealistas, pero que tenía en su interior, desde hace mucho tiempo, instalado el mal de la incultura, el pasotismo y el afán de medrar a base del chanchullo, amiguismo y el compadreo. En cada una de sus páginas este libro toca todos los problemas que han conducido a España al agujero en el que se encuentra, muchos debidos a un contexto internacional, o alimentados por dinero procedente de otros países, sí, pero que encuentran su raíz y causa más profunda en nosotros mismos, y sólo nosotros seremos capaces de extirpar esa raíz si nos proponemos, de lo contrario volverá a crecer nuevamente una planta retorcida, oscura y espinosa que nos hará daño nuevamente. Fue imprudente alimentar con gasolina monetaria los sueños de grandeza de miles de politicuchos de tres al cuarto que, desde los salones de sus ayuntamientos, algunos con menos vecinos que las personas que trabajan en mi planta de oficina, soñaron con levantar obras grandiosas, rotondas mareantes y monumentos abyectos a la mayor gloria de su yo y estirpe legendaria. O banqueros, como Blesa, sí, por ejemplo, que se ahogaron en un mar de dinero y tipos de interés ridículos y, a horcajadas del desatado caballo de la locura lo dilapidaron, conduciendo a las entidades por las que debían velar al precipicio por el que hace tiempo han caído, dejando tras de sí un rastro de polvos, ruinas y deshechos en forma de ahorradores estafados, proyectos baldíos y miles, miles de viviendas que se pudren y deterioran a cada chubasco que cae sobre sus abandonados tejados. Es tan honesto Muñoz Molina que se critica así mismo, por estar inmerso en la masa que gozaba de los beneficios de la burbuja y que no vio lo que se venía encima, que oyó a algunos profetizar el desastre pero, absorto en el presente, olvidó el posible futuro que se cernía tras los días de vino y rosas. Y cuando se dio cuenta, era demasiado tarde para rectificar, para que el país cambiara de rumbo, y su ánimo y espíritu se derrumbó a la par que lo hacía la inflada y artificiosa economía que muchos siguen añorando con que vuelva y que, desengáñense, no regresará.

En el mismo día en el que Blesa va de nuevo a la cárcel, a Antonio Muñoz Molina le han concedido el Premio Príncipe de Asturias de las letras por el conjunto de su obra, un trabajo ingente, de libros y artículos, que constituyen uno de los mayores referentes (si no el que más) de la literatura contemporánea en castellano. En mi humilde opinión, Molina es el mejor escritor vivo que utiliza nuestra lengua, un genio de la palabra que, además, mantiene un hondo, profundo e inviolable sentido moral, marcado por la independencia, el sentido común y una honestidad a prueba de cargos, sueldos y prebendas. Para muchos, entre los que me incluyo, Muñoz Molina no es sólo un escritor, también es un referente vital, como lo fue Delibes en su momento. Ambos, genios de la palabra, muestran una vida ejemplar, digna de ser vivida y seguida. Felicidades por el premio, y gracias por todo lo que nos das en cada uno de tus textos.

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