lunes, octubre 27, 2014

El pequeño (gran) Nicolás


Comentó Carlos Santos el pasado Jueves, en la presentación del disco de Judith Jáuregui (que una vez oído puedo decirles que es magnífico) que su enfado ante la situación política y de mangancia del país era inmenso, acrecentado al ver que en siglos pasados los niños prodigio se dedicaban a la música y otras artes, y que ahora parece ser se dedican a la estafa, engaño y robo, en una clara alusión a ese personaje de vodevil al que se le denomina “pequeño Nicolás” y que con apenas veinte años ha logrado reunir en torno a sí a una corte de personajes ansiosos de lograr beneficios gracias a sus contactos. Menuda historia.

La historia de este Nicolás es, en el fondo, muy vieja. Arribistas y trepas encaramados en una absoluta falsedad los ha habido siempre. Listos como pocos, capaces de estudiar a fondo a sus víctimas y tentarles con aquello que más desean, medran entre poderosos o pobres, ricos o pensionistas, con el único fin de obtener poder, prestigio y un dinero que no es suyo. A medida que la información ha ido fluyendo más deprisa en nuestras sociedades este tipo de timos, que es lo que realmente son, han ido disminuyendo, pero no cesan. Hace unos años un italiano se hizo pasar por un aristócrata y pudo conocer a gran parte de la élite de Nueva York, logrando enamorar a la actriz Anne Hataway y desplumarla de todos sus ingresos poco antes de que fuera detenido cuando trataba de salir de EEUU. Lo único cierto de su historia era su nacionalidad. El amigo Nicolás ha demostrado ser un alumno aventajado de todos estos personajes y ha conseguido en pocos años una carrera realmente asombrosa. Rodeado de una masa de pillos, que es lo realmente significativo de esta historia, Nicolás logró engañarlos a todos para su propio beneficio. No se si fue fruto de una estrategia premeditada, o empezó un poco a la ligera y, asombrado por su éxito, decidió crecer como buen emprendedor, pero lo cierto es que desde no ser nadie hasta lograr dar la mano al Rey en la ceremonia de proclamación hay un largo trecho en el que un traspiés te puede costar caro. Lo más interesante de todo esto, más allá de la personalidad del chico, que ha demostrado ser un genio para el mal, es como gran parte de la sociedad en la que vivimos sólo se fija en las apariencias y se engaña continuamente para medrar. Imagino a multitud de personas de todo rango profesional, pero siempre bien posicionadas, que vieron en Nicolás la palanca para “ascender” en su estatus, en su representatividad social. Como en una recreación perfecta de “La escopeta Nacional” de ese genio llamado Berlanga a quien tanto echamos de menos, Nicolás ha demostrado que seguimos en gran parte inmersos en una trama muy similar a la que describía aquella película, de arribistas, timadores, estafadores, señuelos e intérpretes que crecen en posición y riqueza gracias a contactos, enchufes, amistades, compadreos e influencias. En ese caldo de cultivo es inevitable que surjan personajes como Nicolás, de hecho seguro que hay muchos más como él. En este caso el amigo “Nico” se pasó de frenada, quiso abarcar demasiado y, por ambición o imprudencia, perdió el control de su propia farsa, hasta que se estrelló contra los arrecifes de la realidad o, más probablemente, alguien demasiado poderoso (o listo) como para ser engañado. Siempre hay en la vida un rival contra el que no puedes, y Nicolás se lo encontró.

Para completar la historia y darle el toque de vodevil picante que encantaba a Berlanga, este fin de semana varios medios han entrevistado a la amiga “intima” de Nicolás, a la que apodan “la pechotes” lo que indica bastante sobre su coeficiente intelectual y anatomía. Esta joven, relaciones públicas (ejem) defiende con ahínco a su “Fran” y lo considera inocente y brillante. Lo primero es incierto, pero en lo segundo “pechotes” tiene razón y quizás un buen par de argumentos, porque lo cierto es que el personaje, que ha demostrado ser capaz de estafar a todo bicho viviente, sería una fiera de tenerlo controlado y trabajando al servicio de (nuestro) bien. Berlanga, Berlanga, lo que te estás perdiendo

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