lunes, octubre 07, 2019

Albert Rivera en su laberinto


Parece que se empieza a coger un cierto tono en la campaña electoral de las elecciones del 10 de noviembre y que los resultados no van a ser tan miméticos a los que tuvieron lugar en abril. Parece que algunas formaciones van a mejorar y otras a empeorar en función de lo que ha sucedido estos meses. Y parece que “parece” puede ser el mejor término para calificar la situación que creemos que es la que observamos y la que puede darse en forma de resultado en los futuros comicios, dado que la incertidumbre y volatilidad que vivimos es alta y cada uno analiza las variables en juego de una forma torticera. Como todos son portavoces de parte, cada relato que se escucha favorece a la parte interesada. Tengamos siempre eso en cuenta.

Todos los sondeos coinciden en que Ciudadanos va a ser uno de los perjudicados el próximo noviembre. Hay una amplia horquilla sobre cuánto va a bajar, pero nadie discute el signo de la evolución de su voto y número de escaños. La situación de los naranjas, cómoda y exitosa tras los comicios de abril, puede volverse pesadillesca en apenas seis meses, dejando a muchos de los actuales parlamentarios y cargos sin asiento en el que dejarse caer y a la directiva del partido, encabezada por su líder único Albert Rivera, como responsable directo de lo que pueda suceder. Si el exitoso resultado de abril fue mérito suyo, también lo será un hipotético fracaso en noviembre. ¿Qué es lo que ha pasado en estos meses? Más bien es lo que no h pasado, y es la opción de gobierno que existía en caso de alianza entre el PSOE y Ciudadanos. Desde un primer momento Rivera se empeñó en que esa opción no era no ya sólo posible, sino siquiera imaginable. Veía a su partido como nuevo sucesor del PP en el liderazgo de la derecha, y no era consciente, o no quería serlo, de que sus muchos votos eran producto de una amalgama de descontentos moderados del PP, sí, pero también de descontentos moderados del PSOE y de descontentos moderados en general. Ciudadanos actuaba como una fuerza de centro, o eso se vendía, y en sus cargos y militantes había personas que flirteaban con la izquierda y la derecha de manera tibia, sensata, sin alaracas. Votantes centrados que veían la formación como una vía para aportar estabilidad y servir de palanca de acuerdos que quitase a los nacionalistas su capacidad de bloqueo. Era sencillo, por tanto, pensar que tras los comicios de abril se abriese una puerta para el diálogo entre Sánchez y Rivera. Los gritos de la noche electoral en Ferraz que proclamaban “con Rivera no” era la manifestación de los socialistas exaltados, pero con los miembros exaltados de un partido nada se hace, son los templados los que llegan a acuerdos (por eso con Podemos y vox poco se puede hacer, porque sólo hay exaltados en sus filas). Y al día siguiente de las elecciones Rivera se empeñó en el no acuerdo como guía estratégica, destruyendo esa opción de gobierno. Su negativa a reunirse con el candidato Sánchez y a plantar cara frente a un PSOE sin concesión era una vía para rascar más votos del PP, pero una forma segura de perder todos los demás. Comenzaron las deserciones de miembros de la ejecutiva, como Toni Roldán, personas de talla y valía que veían como Ciudadanos no era lo que ellos creían que debía ser ni, sobre todo, lo que les habían dicho que era. A pocos días del final de la legislatura Rivera cambió de rumbo y ofreció una posibilidad de acuerdo al PSOE cuando ya era imposible llegar a compromiso alguno. Error tras error. Su mejor alternativa hubiera sido, desde el principio, ofrecer ese acuerdo al PSOE a cambio de una serie de compromisos (Navarra, Cataluña, economía…) y dejar que fuera Sánchez el que, si lo rechazaba sin contemplaciones, apareciese como el culpable del no acuerdo, pero no ha sido así, y en plena precampaña Ciudadanos aparece como un partido bisagra que no gira y como una formación creada para llegar a acuerdos que los niega, y es uno de los responsables del bloqueo y fracaso político en el que nos encontramos. Las deserciones son muestra de la sangría de votos y el resultado que puede cosechar en noviembre será, sin duda, peor que el de abril. Queda la duda de lo duro que será el castigo.

Resulta curioso, pero desde dos ópticas completamente diferentes, y posiciones enfrentadas, Albert Rivera y Pablo iglesias van camino de descomponer las formaciones políticas que crearon y lograron llevar hasta unos resultados muy exitosos. Cegados por el éxito, la soberbia y el ego personal, se han convertido en los líderes de sus formaciones y hace tiempo que no escuchan el consejo de nadie que les contradiga, lo que es la receta perfecta para el desastre. Han desperdiciado los resultados de abril y las excelentes oportunidades políticas que se les abrían, y quizás nunca vuelvan a verse en otra mejor. Dado su carácter, ninguno parece que está dispuesto a admitir sus errores y fracasos, y quizás sólo lo hagan cuando un resultado electoral nefasto les arrincone en la esquina de la irrelevancia. Tan curioso como triste.

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