jueves, octubre 10, 2019

Atentado antisemita en Alemania


El mero título del artículo de hoy, esa malhadada triple A que resulta de convertirlo en acrónimo, esconde una perturbadora pesadilla que revive, como en la peor de las películas de terror, sea cual sea su letra de serie. Años, décadas de educación, de historiografía, de documentales y libros, de concienciación, de recuerdo de lo sucedido, no han servido para que un sector de la población de esa nación siga teniendo en mente a algunos de los mayores criminales de la historia como héroes de su panteón, y a los judíos, sufridores de la persecución y exterminio organizado más cruel y sádico imaginable como enemigos eternos, como elementos a abatir. Esa maldita triple A encierra todo el mal que uno pueda ser capaz de concebir.

Ayer, en Halle, localidad alemana, un sujeto que se llama Stephan B, trató de causar una masacre en una sinagoga, en la que decenas de fieles se reunían para celebrar el Yon Kippur, el día de la expiación, la más sagrada y respetada de las fiestas del judaísmo. A Stephan le salió mal el plan, porque la llegar a la sinagoga comprobó que las medidas de seguridad que el gobierno de Alemania ha adoptado para defenderlas eran efectivas, y consiguieron ser lo suficientemente disuasorias como para que su idea original no pudiera ser llevada a cabo. Según parece, complicaciones técnicas con el arma que portaba tampoco se lo pusieron fácil. Antisemita y chapucero, Stephan empieza a ver cómo su idea de emular lo que el seguro considera gloriosa matanza perpetrada en marzo en Cristchurch, Nueva Zelanda, empieza a ser casi imposible. Rabioso, abandona el objetivo inicial, pero no puede irse de vacío, no puede hacer como si no hubiera pasado nada, ha salido a la calle dispuesto a matar, a cazar subhumanos, a exterminar a aquellos que no merecen vivir en suelo ario y que son inferiores a él. A sus 27 años el destino, la providencia que tanto mencionaba su adorado Fürher, le ha llamado a él para que sea el brazo ejecutor de sus deseos, y no le va a fallar. En su deambular por la calle, dispara a unos transeúntes, y luego ve un local de comida turca, un kebap, y entonces decide cambiar de nacionalidad de exterminio pero no de racista consideración. Los turcos también son basura inferior, sujetos despreciables, no humanos, bestias con nuestra forma, pero no son como nosotros, y cree que allí puede hacer el trabajo que ha venido a cumplir. Entra en el local y dispara, en medio de gritos de horror de los allí presentes y de proclamas a favor de la raza aria y en contra de la propaganda judía por parte de Stephan. A la salida del local ya se oyen sirenas de policía y de cuerpos sanitarios, que escucharon los primeros disparos efectuados en plena calle y se han puesto alerta. Llegan al lugar en el que se encuentra el kebap y logran atrapar a Stephan, pero hay mucha confusión sobre lo sucedido, sobre si él es el único atacante o son más los que desarrollan esa acción. Algunos testigos hablan de varias personas, hay miedo y nerviosismo. Y también víctimas. Dos personas han muerto a manos de Stephan y su paseo de disparos. Dos personas que esa mañana de octubre estaban haciendo algo, pensando en cosas distintas, con ideas para el nuevo día y con agenda para los siguientes, que tuvieron la desgracia de encontrarse con un fantasma salido de las pesadillas del pasado de la desquiciada Europa del siglo XX y vieron como la muerte decidió llevárselas, usando para ello a Stephan B. El asesino, de pensamiento retrógrado pero dotado de la tecnología de su época, lleva una cámara encima, al parecer del casco que porta, y lo ha grabado todo, y subido a Internet en tiempo real, en otro acto que copia al asesino neozelandés, y esas imágenes y sonido son la prueba perfecta de lo que ha sucedido, y justifican su futura condena en prisión, que de nada servirá para restaurar las dos vidas perdidas.

En el Yon Kippur de 2019 se ha producido en Alemania el primer atentado antisemita desde 1945, el año en el que el nacismo fue derrotado en la mayor guerra que el mundo ha conocido. ¿Cómo es posible que la semilla de ese abominable mal siga germinando en nuestro tiempo? ¿cómo alguien de 27 años puede ser imbuido a cometer actos semejantes y poseer una fe tan ciega que le lleva a creer que es su deber? En algún punto profundo de nuestra mente está un gen que nos hace olvidar lo sucedido, que por mucho que se nos enseñe impide que recordemos las atrocidades pasadas, que nos condena a ser una civilización de Sísifos que no dejan de cometer, con décadas de intervalo, los mismos y crueles errores. La tecnología avanza, pero el alma humana contiene siempre los mismos ángeles y demonios, en lucha permanente.

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