martes, junio 20, 2017

Fuego que arrasa y mata en UK y Portugal

Es compleja la relación del hombre con el fuego. En las épocas primitivas su descubrimiento le permitió convertirse en dueño y señor del territorio, porque no hay un arma más devastadora que un incendio, ante el que todos los seres vives que pueden, huyen, y los que no, perecen. En las culturas mediterráneas esta relación sigue siendo la base de muchas de sus celebraciones más intensas, quizás porque los incendios en los cálidos veranos son tan habituales como las nieves en los fiordos. Mañana es el solsticio de verano, y el viernes, noche de San Juan, hogueras de todo tipo llenaran los paisajes de muchos pueblos, asociando verano y fuego, en este caso de manera lúdica.

Pero lo habitual es que el fuego vaya asociado a tragedias. En esta convulsa primavera europea, llena de atentados terroristas y sobresaltos, dos incendios muy distintos han causado, cada uno de ellos, decenas de muertos, y sumido en el pesar a los países afectados. En Reino Unido, que no cesa de avanzar de desgracia en desgracia hasta ninguna parte, ha sido una torre de viviendas la que ardió hace una semana, en un barrio periférico de Londres. Aún es pronto para saber las causas del fuego, y más teniendo en cuenta la insoportable parsimonia con la que los británicos tratan estos asuntos. Al menos demuestran que no son racistas, dado que otorgan un trato igualmente inaceptable a nacionales y extranjeros. Se sospecha de un problema eléctrico, un cortocircuito en un frigorífico en una planta baja, la cuarta, como causa de un fuego que ascendió hasta la azotea del bloque, de más de veinte pisos, alimentado por unas estructuras deficientes y una reforma, realizada hace un año, en la que se usaron materiales bonitos pero que arden con sólo mirarlos. El balance de fallecidos se sitúa en estos momentos en 79 muertos, pero es probable que siga subiendo, como la ira de muchos londinenses ante la mala gestión de su gobierno ante este asunto. El otro fuego nos lleva a Portugal, ahí al lado, a un incendio forestal desatado en la tarde del sábado 17, al parecer por una tormenta eléctrica, y que ha causado una de las mayores tragedias en la historia reciente del país vecino. En una zona boscosa, rural, de pequeños pueblos y carreteras envueltas en vegetación, intuyo que muy bellas hasta el momento anterior al del incendio, muchos residentes trataron de huir en sus coches de unas llamas que invadían sus casas y propiedades, pero el fuego se realimentó de una manera demoniaca y les atrapó en esas carreteras, convertidas en crematorios. Las imágenes son desoladoras, propias de una película de catástrofe pos apocalíptica. En ellas se ven los chasis de vehículos completamente quemados, unos hierros vacíos en los que, se supone, las personas huían despavoridas. Nada se intuye en esas imágenes de los ocupantes de los coches, vaporizados sus cuerpos por la violencia de unas llamas que tornaron en tormenta de fuego (un tipo de incendio virulento y devastador) y que devoró sus cuerpos y vidas como si fueran hojas de papel. Más de sesenta son, hasta el momento, las víctimas de esta tragedia, pero quedan aún varias zonas a las que los bomberos, los héroes allí y en Reino Unido, aún no han podido llegar, y vista la magnitud del desastre todo el mundo teme que el balance suba, dado que hay familias desaparecidas y lo cierto es que cuesta imaginar que alguien haya podido sobrevivir a un escenario tan desolado, cruel y despiadado como el que pudo desatarse tras el incendio. No soy capaz de imaginar una pesadilla similar.


A medida que avanza la extinción del fuego, en la que colaboran medios de muchos países, entre ellos España, empiezan a surgir críticas hacia el gobierno portugués por su gestión forestal y de incendios. Algo de verdad habrá en ello, pero cierto es que, con olas de calor como las que estamos viviendo, donde 40 grados pueden considerarse alivio, es imposible que una fuego, provocado o no, adquiera enormes dimensiones. Tiempo habrá para buscar responsabilidades, pero ante esta tragedia lo prioritario ahora mismo es sofocar las llamas que aún siguen devorando montes y propiedades. Y luego, los gobiernos, lusos y británico, deberán investigar y dar explicaciones de lo sucedido.

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