jueves, abril 10, 2008

Congelados

Las modas no tienen límites, e Internet contribuye a que no dejen de crecer. Hace ya algunos días salió en televisión que varias personas, más de 200, coordinadas previamente, se habían “congelado” en la Grand Central Station de Nueva York, quedándose quietas en al posición que ocupaban en el momento en el que el coordinador del “acto” hacía sonar su silbato. Leyendo, tomando café, agachados, paseando con una pierna en el aire... todos quietos, en medio de la sorpresa y asombro de toso los demás que deambulaban en ese momento por la estación. El ejemplo de lo que se denomina marketing vírico ha cundido, y ya ha tenido lugar un acto similar en la estación de Atocha, Madrid.

Hay varias cosas que me fascinan de todo esto, más allá de las consideraciones sobre si es una tontería por parte de una tropa de colgados o es una obra de arte efímera y moderna. Lo que es innegable de este y otros episodios similares es que son muy modernos, en el sentido de que sería imposible llevar a cabo estas acciones antes de que tecnologías como Internet o los móviles existiesen. Reunir a gente dispersa, y que probablemente muchos de ellos no se conocieran de vista anteriormente sólo puede hacerse hoy en día gracias a esa maravillosa red, que está cambiando nuestras vidas aún más rápido y profundamente de lo que pudiéramos imaginar. Internet también contribuye a su difusión, porque se cuelgan las imágenes y vídeos del acto rápidamente, son accesibles a todo el mundo y la publicidad boca a boca corre como la pólvora. Es fascinante, verdad?? Gamberradas de más o menos toda al vida que ahora, gracias a la tecnología, pueden ser fenómenos globales. En este punto me surge una duda, porque si bien es cierto que todos los internautas del mundo tienen acceso a la red y posibilidad de difundir sus historias por igual, no todos alcanzan la misma notoriedad. No es una sorpresa afirmar que todo lo que se haga en Estados Unidos tiene más relevancia, y desde luego todo lo que ocurre en Nueva York alcanza dimensiones planetarias. Quizás sea porque realmente es cierto uno de los lemas que se inscribe en al bolsa de Wall Street “El mundo pone sus ojos en nosotros” y luego copia. Lo último de lo último, lo acabo de ver, es un artista de la Gran Manzana, como no, que
crea arte móvil cruzando las bolsas de basura y las rejillas del metro, quizás inspirado en la grandiosa Marilyn. No es pro presumir, pero yo en al oficina alguna vez he jugado poniendo hojas encima de las rejillas de la ventilación del aire acondicionado, y depende como salga este las hojas levitan, e incluso se aguantan un cierto tiempo si se enganchan en una esquina. ¿Es esto arte? Lo dudo, pero si lo hiciera yo o cualquier otro en otra parte del mundo seguramente no tendría la relevancia necesaria como para aparecer en los medios. Nuevamente, lo que podríamos denominar el efecto Manhattan aparece en todo su esplendor.

De lo que no tengo muchas dudas es que esta gente que discurre actos e ideas así son personas inquietas y con una visión de al vida que merece la pena conocer, y que pueden contribuir a transformar la sociedad en la que viven. En el seminario del MIT de hace dos semanas comentó un ponente que, según sus cálculos, basta crear un grupo de personas con una dimensión de la raíz cuadrada del 1% de la población de un país para que puedan transformar su nación. Quizás antes fueran necesarias muchas más, y ahora Internet ha aumentado el poder de cada uno de nosotros, tanto como para, junto con unos amigos, hacer detener el tiempo. ¿A que suena maravilloso?

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