miércoles, abril 13, 2016

El absurdo de unas elecciones en Siria

Vivir obnubilados en el presente y el vuelo raso hace que perdamos por completo la perspectiva de lo que sucede a nuestro alrededor. Las fracasadas negociaciones políticas en casa nos llenan los medios de titulares y declaraciones vacías, y restan protagonismo a otras zonas del mundo (Brasil, Italia, por ejemplo) en las que esta semana están pasando cosas muy importantes. Y desde luego opacan por completo conflictos como el de Siria, que sólo vuelven a portadas cuando el número de muertos y la sangre que impregna sus imágenes es lo suficientemente intensa como para volver a conmovernos. Pero sólo unos minutos, por supuesto.

Hoy en Siria hay elecciones parlamentarias. Sí, sí, ha leído usted bien, elecciones. Con urnas, colegios electorales, censo, candidatos y escrutinio. Si ya resulta algo absurdo celebrar elecciones bajo un régimen que las usa como coartada para legitimar su absoluto poder (miren, Iglesias hace lo mismo en Podemos con sus consultas a las bases) ir a votar en medio de la cruel guerra que vive aquel país es, cuando menos, el colmo del surrealismo. Gran parte del territorio sigue fuera del control del gobierno de Damasco, a pesar de los últimos avances militares de sus tropas y el refuerzo ruso. La tregua, implantada hace algunas semanas, es muy irregular, parece ser respetada en las cercanías de la capital, pero no está ni declarada en las zonas de combate en las que la lucha se centra contra los islamistas de DAESH y Al Queda, y las denuncias por parte de numerosas organizaciones de violaciones flagrantes del alto el fuego por parte de las tropas de Al Ashad son constantes. Señalan esas denuncias que amparados en la decisión de seguir combatiendo al islamismo, Ashad trata de recuperar posiciones en aquellos lugares donde la oposición controla importantes bastiones, especialmente en las ciudades de Alepo y Homs. Por ello, denuncian los opositores, la tregua es utilizada a conveniencia del gobierno de Damasco para reforzar su posición y consolidarla de cara a unas futuras negociaciones de paz, que ahora mismo suenan a chiste. El volumen de población desplazada y huida varía mucho según la fuente que se consulte, pero todas hablan de millones de personas en un país que, antes de la guerra, tenía una población de, creo recordar, en torno a los veinte millones, por lo que los porcentajes de la diáspora siria son espeluznantes. Independientemente de los refugiados que se encuentran en cualquier otro punto del mundo, bien sea frente a las alambradas europeas, en los campos de refugiados turcos o libaneses, o contemplando el cínico cartel que cuelga de la torre del ayuntamiento de Madrid (como no hemos acogido a casi nadie, apenas ninguno podrá sentirse insultado al verlo) hay zonas enteras del país que se han despoblado, o que han sido diezmadas por los combates, y sus antiguos residentes se cuentan en su inmensa mayoría en el balance de los caídos y desaparecidos. Las imágenes de la reconquista de Palmira mostraban, en lo que a la ciudad moderna se refería, una imagen desoladora, igual de ruinosa y desierta que los restos de la urbe romana, pero sin ningún tipo de estilo ni arte. Bloques de pisos reventados, desconchones, paredes asaeteadas a balazos de distintos calibres, muertos por las calles. Palmira, como otras ciudades del país, apenas es un siniestro decorado en el que se mueven tropas armadas, de una u otra facción rival, y en la que los apenas moradores que restan subsisten escondidos, tratando de sobrevivir en medio de una pesadilla inimaginable.

En fin, que en este caos absoluto y dramático en el que vive Siria se celebran hoy, repito, hoy, elecciones parlamentarias. No se ni quienes se presentan ni cuáles son las estimaciones del resultado, pero la verdad es que importa poco. Votar hoy mismo en Siria es un ejercicio absurdo, cínico y cruel. Es el colmo. Las urnas son el parapeto donde un régimen despótico y asesino se esconde y trata de vencer a múltiples enemigos, tan crueles y despiadados como él, y donde el ciudadano, el votante, hace tiempo que dejó de existir como figura política y, en muchos casos, como persona física. Y de mientras eso sucede allí en España, como niños, seguimos jugando a nuestros queridos tronos.

martes, abril 12, 2016

Mario (es)Conde, Luis Ángel Rojo y las instituciones

Mario Conde detenido por fraude…. Cuando lo vi ayer en los medios tuve que pellizcarme para comprobar que no vivía en el pasado. El hecho de leerlo al instante en internet a través de una gran pantalla plana de ordenador me recordaba, cada segundo, que no estaba en 1993 sino en 2016, pero el personaje, el caso y sus andanzas me retrotraían a unos años olvidados por muchos, pero que fueron muy interesantes, y a un personaje que lo fue todo, todo, todo, en lo social, y que quiso serlo en lo económico y político. Estafador profesional y peligro público para los poderosos, en su carrera se labró muchos enemigos y estos, ante sus fraudes, corrieron raudos a derribarle.

No quiero dedicar el artículo de hoy a las andanzas pasadas de Conde, sino a una lección que pudimos extraer en su momento de todo aquel episodio de Banesto y que nos hubiera sido muy útil para afrontar la burbuja inmobiliaria y el desastre que vino después, especialmente en lo que hace a su parte financiera. En el otoño de 1993, con un Banesto ya quebrado, pero ocultamente, Conde era el símbolo absoluto del éxito, y encarnaba un enorme poder duro, desde su despacho de la calle Alcalá con Gran Vía, y gestionaba el mayor poder blando que uno podía imaginar. Admirado por medio país, envidiado por el otro, era el estandarte del éxito, todos los padres querían un hijo como Conde, era el marido soñado, el triunfador total. Pero además de conspiradores en la sombra, había un hombre, gris, austero y serio, que no comulgaba con esa aura que Conde extendía allá donde pasaba. Se llamaba Luis Ángel Rojo, era Gobernador del Banco de España y desde hacía tiempo tenía muchas sospechas que la fachada dorada que exhibía Conde era, como en el caso de muchas casas ruinosas, la antesala del vacío. Sus inspectores le pasaban informes en los que se veía, desde todas las ópticas posibles, como la situación contable y patrimonial de Banesto era un desastre que no dejaba de agrandarse. Era imposible sostener mucho más aquella situación, ya que la dimensión del banco podría convertirlo en un riesgo sistémico para el todas las finanzas españolas (en aquel momento no se utilizaba esa jerga, ni el “demasiado grande para caer” pero la idea era la misma). Y Rojo, valiente, certero y profesional como él sólo, decidió intervenir. Movilizó a todo el mundo en el inmenso caserón de Alcalá Cibeles y planeó una intervención al que entonces era uno de los mayores bancos de España, tercero o cuarto, por ahí, no recuerdo exactamente. Y ejecutó su actuación un 28 de diciembre, que no tuvo nada de inocente. Aquello sacó a la luz las prácticas irregulares que Conde y su equipo habían perpetrado en la entidad, vaciándola, dejándola tan hueca como, curiosamente, se encuentra hoy mismo el antiguo edificio sede por la obra de construcción de un hotel de lujo en su interior. Hubo un susto tremendo entre accionistas, inversores y gente de la calle, depositantes y ahorradores, pero la pericia de Rojo, unida a su imagen y poder, logró que el conjunto de bancos y cajas españolas actuasen en coordinación con el Banco de España y que no se desatase ni un pánico bancario ni un corralito ni nada por el estilo. Lo que pudo ser un desastre no se consumó, y la gangrena de Banesto no se extendió más allá de su entorno. Finalmente, con la figura de Alfredo Sáenz, el Santander se haría con la entidad tras su saneamiento.

¿Cuál es la lección que nos dejó Rojo? Que siempre habrá pillos que quieran hacer trampas, es inevitable, pero si frente a ellos se sitúan instituciones serias, competentes y profesionales, el daño que esos pillos puedan realizar se limitará. Sin embargo, si esas instituciones no actúan como deben y fracasan, los pillos tendrán rienda suelta y el desastre no conocerá límites (la lección de Acemoglu y Robinson). La crisis de 2008 nos mostró, junto a un montón de pillos, a un Banco de España que, entre otras muchas instituciones, no realizó su labor de supervisión e inspección, por miedo o por sumisión política o por falta de profesionalidad o por lo que fuera. Luis Ángel Rojo y su espíritu ya no estaban ahí. Su ausencia nos costó carísima.

lunes, abril 11, 2016

La ruptura

Toda ruptura de relaciones genera destrozos, de mayor o menor grado. Cuanto más intensa ha sido la relación previa es de esperar que mayores sean los daños y el tiempo necesario para curarlos. En política, sin embargo, estas normas no se aplican siempre. Hay rupturas muy dolorosas tras apenas una legislatura de acuerdo y hay divorcios pactados muy civilizados después de años de convivencia. Y también, como en el amor, hay escenificación, teatro, disimulo, impostura, apariencia y mensajes que dicen una cosa y realmente son otra. Esa es la mejor manera de destruir una relación para siempre. Para que no surja nunca.

¿Hasta qué punto hay teatro en todo lo que estamos viendo en las conversaciones PSOE Podemos? No lo se, pero me atrevería a señalar que domina frente a la realidad. La reunión del pasado jueves mostró un entendimiento muy escaso entre ambas partes, no digamos ya Ciudadanos, el pepito grillo de la sensatez en una mesa en la que el descontrol del gasto y de otras cuestiones estaba más que presente. Las ruedas de prensa tras la reunión dejaron claro que el acuerdo era muy difícil, media resultante del imposible para Ciudadanos y el posible para el PSOE. De hecho cada uno de los dos portavoces parecía que habían estado en reuniones distintas dadas las conclusiones que extrajeron. Podemos, que siempre necesita ser la vedette de todas las funciones, convocó a los medios para el viernes por la mañana, para ser protagonista único que de lo fuera a decir. Con retraso, y la puesta en escena coral que le caracteriza, para así arropar su infinito liderazgo, el líder supremo reencarnado en Pablo Iglesias destrozó en pocas palabras la reunión del jueves, coincidiendo así con Ciudadanos, y no dejó de dar pullas a un PSOE al que acusó de todo lo posible. A medida que hablaba imaginaba yo los sudores crecientes de una ejecutiva en Ferraz que se veía traicionada, como tantos le habían advertido, por un personaje, un estilo y unas formas que no son propias ni de nuestro tiempo ni contexto. Iglesias escenificó la ruptura de un acuerdo que nunca había existido, convocó a sus bases para que, por aclamación, que para eso se les llama, ratifiquen su propuesta, y dio el pistoletazo de salida para la campaña electoral de las elecciones del 26 de Junio, salvo sorpresa de última hora. Un PSOE rabioso salió a las pocas horas para descargar en Podemos toda la responsabilidad de no haber podido llegar a un acuerdo, y anunció que, como ellos son serios, responderían al documento de propuestas que Iglesias llevó el jueves a la mesa de negociación. El enfado de Hernando y el resto de portavoces socialistas era patente, junto a la ausencia de Pedro Sánchez, que nada ha dicho desde hace unos días, quizás compungido por ver como se esfuma su única opción de acceder al gobierno, y así librarse de los enemigos propios que en su partido buscan su cabeza para cortarla. Ayer, en otra escena, el PSOE contestaba al documento que presentó Podemos a la mesa, diciendo que estaba de acuerdo en un 70% de las ideas de los de Iglesias, dando por sentado con ello que el programa económico del PSOE es una filfa, y acusando otra vez a los podemitas de ser los culpables de la falta de acuerdo y de que Rajoy siga en la Moncloa. El argumentario ya conocido.

¿Es todo teatro? Quizás. El PSOE, a sabiendas de que nunca podría aceptar una propuesta de Podemos, los cita para escenificar una ruptura violenta y así cargar a Iglesias la culpa de una falta de acuerdo, responsabilizarle de que Rajoy siga y conseguir con ello el relato necesario para presentarse a las elecciones como la única fuerza que quiso el cambio pero los antisistema no lo permitieron. Y Podemos, que nunca ha querido pactar con nadie, porque ellos son la verdad revelada, busca en esas nuevas elecciones superar de una vez a un PSOE que se escora a la derecha con su pacto con Ciudadanos, frente a ellos, la izquierda verdadera, única, grande y eterna. Sí, quizás todo sea falso.

viernes, abril 08, 2016

La muerte de un bombero (para Eloy)

Se llamaba Eloy y tenía 56 años. Ayer libraba, era su turno de descanso, un día perdido entre semana que, como les pasa a los que trabajan a relevos, sirve para que puedan recuperarse pero apenas para compartir la vida con los suyos, a sabiendas de que para ellos eso del “fin de semana” es una expresión hecha que carece de valor en sus trabajos. No se cuáles eran los planes de Eloy para un lluvioso y frío jueves de abril como el que ayer se abatió sobre Oviedo, pero todos ellos quedaron en suspenso cuando se enteró de que ardía un edificio en una de las calles comerciales de la ciudad y sus compañeros debías acudir a extinguirlo. Y allí se fue él a ayudarles.

La estructura, de planta baja y cuatro alturas, de noble fachada con amplios ventanales, mostraba un aspecto amenazante, con lenguas de fuego saliendo por los cristales y marcos de unas ventanas que ahora servían para alimentar de oxígeno a un fuego feroz que lo devoraba todo. En compañía de otro bombero, Eloy se subió con la escalera del camión a lo más alto del edificio. Mientras las mangueras regaban las fachadas desde la calle cortada, los dos valientes trataban de encaramarse a lo alto del edificio para atacar desde allí las llamas y tratar de que no se extendieran, vía tejados, a los bloques colindantes, dado el elevado riesgo de que algo así pudiera suceder en vista de las dimensiones del incendio. Dejando su plataforma protectora Eloy y sus compañero pusieron pie en el edificio incendiado y empezaron a trabajar desde lo alto, siendo conscientes de que todo a su alrededor era peligroso, de que el riesgo estaba por todas partes y de que necesitaban que algo de suerte les librase de una fatalidad que, en su profesión, siempre ronda. “A ver si esta vez somos capaces de contarlo, como en otras anteriores” pensaron quizás en medio de un infierno de humo, fuego, rescoldos y ardiente oscuridad. De repente, el suelo en el que están los dos compañeros, resentido por las llamas que lo roen desde hace tiempo, no puede más, y se agrieta y vence. Los bomberos ya no hacen pie y caen con una estructura que, planta a planta, viga a viga y forjado a forjado, maderas sin fin, colapsa de manera irregular hasta llegar al nivel del suelo, dejando la fachada como siniestra máscara de un cuerpo derrumbado. Gritos, horror, miedo, compañeros que, desde la calle, observan atónitos como los cascotes del voladizo del tejado caen a la acera mientras las ventanas revientan por la presión de los forjados que se derrumban, llanto entre los que contemplan la escena y que asisten impotentes a ella, sabiendo que son dos las personas que ahora se encuentran dentro de esa prisión, de la que ya sólo se puede ver una cruel fachada como si de barrotes se tratase. Prisas y nervios entre los compañeros, que ahora se encuentran en la obligación de realizar un rescate de los atrapados en el fuego mientras siguen sin descanso con las labores de extinción y protección de los alrededores. El tiempo, que antes jugaba en su contra, ahora corre despiadado sin ninguna misericordia. Saben que cada minuto que pasa la vida de sus compañeros es más débil. No tienen ni idea de cómo ha podido afectarles la caída, ni de en qué estado se encuentran ahora, pero saben que siguen en el peor de los mundos posibles, en el mayor infierno que un bombero es capaz de imaginar, y que de ellos depende el poder rescatarlos. Ahora es su mayor prioridad, es su obsesión. Todos se lanzan a ello, y con enorme esfuerzo consiguen rescatar a uno de ellos, al compañero de Eloy, que se ahoga cuando se le ve a través de la televisión, llevado a uno de los balcones del edificio, y es la máscara de oxígeno que le ponen la que, como un ángel, le salva de una muerte que ya estaba demasiado cerca.

Nada pueden hacer por Eloy. Sale cadáver. En la imagen vemos como su cuerpo, ya envuelto y sobre una camilla, es sacado por otra ventana y subido a una escala, la misma que horas antes le sirvió para llegar a lo alto del edificio, la misma a la que se agarró cuando llegó al lugar del incendio para, en compañía de los suyos, tratar de sofocar las llamas, la misma con la que, en otras pasadas ocasiones, pudo rescatar, salvar vidas y ayudar. Eloy dio ayer su vida por sus compañeros, por los habitantes de Oviedo y por su profesión. Eloy es, en medio de tanto mal ejemplo de vida, obra y pensamiento, el ejemplo eterno de lo que es la profesionalidad y la abnegación. Desde aquí mi agradecimiento a su memoria y mi sentimiento a sus familiares y amigos. Qué orgullosos debéis estar de él!!!!

jueves, abril 07, 2016

Lamentable espectáculo el de ayer en el Congreso

Comparecía ayer Rajoy en el Congreso, a petición propia, para explicar los acuerdos de la cumbre sobre inmigración celebrada en Bruselas hace unas semanas, de la que surgió la resolución de deportar a Turquía a los refugiados sirios que traten de llegar a territorio UE, externalizando en el gobierno de Ankara la presunta solución a ese drama. Era una comparecencia muy importante por el tema mismo y porque, dada la postura del gobierno de no someterse al control del Congreso, suponía la posibilidad, rara, de ver a Rajoy explicándose ante sus señorías.

¿Qué tipo de debate vimos? Ninguno. ¿Qué caso se prestó al drama de los refugiados? Ninguno. ¿Alguno de los intervinientes dijo algo relevante sobre el tema? Ninguno. Toda la sesión fue una continua y escenificada bronca que sólo prestaba su atención y existencia a la reunión a tres prevista para hoy entre PSOE, Podemos y Ciudadanos. La intervención de Iglesias, en su ya habitual estilo macarra, faltón y chulesco marcó el tono de un debate deprimente, en el que cada uno de los intervinientes tomo su tiempo en la tribuna como si de una oportunidad se tratase en una nueva y virtual sesión de investidura. Todos contra todos y alabando las cualidades que cada ponente tendría en caso de llegar al gobierno. A medida que pasaba el tiempo la sensación de bochorno que crecía entre los comentaristas políticos era ya indisimulable y el resultado final del encuentro, nulo por completo, lo dice todo. De entre las crónicas de la sesión se puede tratar de buscar palabras y párrafos que aludan a los refugiados, pero cuesta mucho, disueltas en un mar de reproches en el que, nuevamente, los sirios acaban hundiendo y desapareciendo. Todas las televisiones centraron sus informativos ayer en las acusaciones que se lanzaron Iglesias y Rivera, nuevamente pensando, ellos y los informadores, en el encuentro de hoy. El arte del líder supremo y omnisciente de Podemos para embarrar cualquier diálogo es brillante. Lanza la piedra, insulta sin piedad, acusa a todo el mundo de todo lo posible, desde la posición de la verdad absoluta en la que reside desde que el mundo lo es, y luego señala a los demás como alterados y nerviosos cuando tratan de responder a unas acusaciones que, lanzadas en otro lugar y por cualquier otro personaje, serían como mínimo objeto de querella. Marrullero y sucio, pero efectivo. Iglesias no quería hablar de refugiados, se la soplan, como al resto de parlamentarios, y derivó el debate de ese tema a su enfrentamiento con Ciudadanos para que la reunión de hoy llegase ya calentita y prehorneada. Rivera estuvo listo y acertado en sus respuestas, pero gracias a ellas obvio por completo el tema del debate, y poco aportó. Su rifirrafe con el líder salvador de la patria se saldó en una victoria obtenida en medio de mucho barro, un triunfo inútil. Mientras tanto Rajoy y Sánchez escenificaban sus vetos y cada uno trataba de arrimar el ascua refugiada a su sardina electoral, pero sólo al principio, luego ya, sin disimulos, los sirios fueron puestos en el rincón del olvido y hablaron de lo que realmente les interesa, que es lo malo que es el otro y lo necesario que es cada uno de ellos para el gobierno de España y, aunque no lo dijeran, para su propia y respectiva supervivencia política.

Y los sirios, a ser posible que se ahoguen en el mar o se les mande a Turquía, pero por favor, que no molesten. Este es el mensaje más nítido del debate de ayer sobre el asunto. Así de cruel me parece. Y lo más impactante de todo es que esa idea de fondo (de asesino mar) es la que comparte la mayor parte de la población española y europea. Nos escandalizamos con las imágenes, colgamos pancartas falsas para lavar nuestras conciencias pero no queremos hacer esfuerzo alguno para con los necesitados, porque pueden ser competencia para nuestros propios empleos y servicios sociales. Lo peor del sucio debate de ayer es que, esta vez sí, conectó con el sentir de la población.

miércoles, abril 06, 2016

Lecciones islandesas

Es Islandia un extraño pero sugerente país. Sito en una isla en una posición inverosímil, muy al norte y lejos de todo, su terreno es el afloramiento de la gran falla que separa las dos orillas atlánticas, lo que hace que esté lleno de volcanes y aguas termales. Sus poco más de trescientos mil habitantes viven sometidos, en un entorno de belleza inigualable, a un clima hostil y a una economía de subsistencia, basada en la pesca y apenas unos cultivos, escasos dada la latitud y la meteorología. En Islandia situó Verne el inicio del camino al centro de la Tierra y allí resonó también el terremoto de la crisis de 2008.

Islandia quebró entonces, eso seguro que lo recuerdan. Quizás lo que hayan olvidado es que sigue quebrada. Sus ciudadanos sufren constantes restricciones de salida de capitales del país y viven en una especie de semicorralito, dado el desastroso estado, aún, de sus finanzas públicas y privadas. El rescate de las mismas y la decisión de impagar a los acreedores fue vista por muchos como un gesto de rebeldía por parte de los indómitos ciudadanos islandeses. En España Islandia era un ejemplo a seguir por muchísimos, especialmente los que se hacen llamar progresistas. El hecho de que la quiebra islandesa no afectase a ahorros de ciudadanos españoles nos permitía, por decirlo de una manera, apoyar gratis esa rebeldía isleña. En ese reducto del norte se luchaba contra la especulación y el poder del capital, y otro montón de lugares comunes se podían oír y leer todos los días. La realidad, mucho más prosaica y compleja, en cuya base está el fracaso del modelo económico emprendido por Islandia y su sociedad, se obviaba por completo. Hace un par de años, todavía con una elevada marejada financiera (que sigue ahí, no lo olviden) Sigmundur David Gunnlaugsson, líder del Partido Progresista, un PP de centro populista, ganó las elecciones con el mensaje fundamental de que no iba a permitir que los islandeses se sometieran a las finanzas internacionales y que les liberaría del yugo del rescate. Sigmun, para abreviar, arrasó. Su discurso era el del populismo de siempre, el de la respuesta simple y directa, que es la que busca la gente sometida a presión y dificultad. Esa respuesta suele ser falsa, pero se vende como rosquillas y puede llegar a aupar al poder a quien la enarbola. Y a Sigmun le funcionó. Las elecciones islandesas fueron cubiertas en aquel entonces por varios medios internacionales, entre ellos los españoles, y la llegada al poder de un partido antirescate fue saludada, otra vez, como la victoria del pueblo islandés frente al poder financiero internacional, en una especie de cómic de Astérix en el que los galos vivían no en una aldea perdida sino en una isla (muy muy perdida) y el imperio usaba euros y dólares en vez de sestercios. Otra bella historia, muy falsa, pero que fue comprada por muchos. Nada supimos después del amigo Sigmund y de sus revolucionarias políticas (realmente hace mucho mucho frío en Islandia como para ir allí a hacer varios reportajes) hasta que este Domingo se supo que, gracias a los papeles de Panamá, poseía una sociedad en dicho país que ocultaba cuatro millones de dólares. No se puede negar que Sigmund luchó contra el rescate islandés y, desde luego, empezó por salvarse a él mismo. Pese a ello, sus ciudadanos no captaron la profundidad de ese mensaje y exigieron su dimisión. Tras una espantada televisiva ayer hizo pública su espantada política.

Siglos de aislamiento en lo más recóndito del norte han convertido a Islandia en un excelente laboratorio natural de genética. Casi toda la población es pariente en un grado o en otro y hay genes que permanecen encerrados en la isla y sus generaciones desde tiempos inmemoriales. Así los islandeses pueden gritar, a su pesar, que literalmente, en un pequeño porcentaje, “todos son Sigmun”. La historia política y económica del país, bastante triste la verdad, nos vuelve a poner ante el espejo de lo complejo que es lidiar contra los problemas modernos, los peligros del populismo y, sobre todo, lo corrompible que es el alma humana cuando la tentación llama a la puerta. Y si es de un lugar cálido y confortable, tanto para el dinero como para las personas, más.

martes, abril 05, 2016

Los sastres de Panamá

Darse una vuelta por el listado de personalidades, que así les llaman, que figuran en los papeles de Panamá es reconocer a gran parte de la élite de nuestro mundo. Si eres “alguien” las probabilidades de figurar en esos registros son muy elevadas, casi tanto como el importe de las cuentas corrientes que los respaldan. A escala es lo que pasa en España con las investigaciones por corruptelas, cuando hay un imputado, ahora investigado, en tu entorno, es que empiezas a conocer a quienes realmente controlan y gobiernan el país, quienes deciden qué parte del pastel es suya y, sin miramientos, se la apropian.

Lo único que revelaciones como la de esos papeles no causa es, tristemente, sorpresa. Que un montón de dirigentes políticos de naciones de todo tipo practiquen el fraude fiscal, a la vez que exprimen a los ciudadanos de sus países con impuestos y sanciones, es chocante, vergonzoso, infame, y un montón de adjetivos hirientes que pueden ponerse uno detrás de otro, pero pillan al ciudadano de a pie con el colmillo retorcido y descreído de todo tras años de golpes económicos en la barriga y bolsillo. La sorpresa sería que, por ejemplo, ningún político español figurase en esos registros. Eso sí sería llamativo. Tampoco debiera extrañar que adalides que se han significado tanto por la igualdad social y otras causas de izquierdas, como los Almodóvar o el primer ministro islandés aparezcan en la lista. Son comprometidos, sí, pero de boquilla, no de pasta, como casi todos los que, teniendo posibles, hacen declaraciones para quedar bien. El fraude fiscal no entiende de ideologías o creencias, sólo de cantidad de dinero disponible. Si uno tiene pocos ingresos, poco podrá defraudar, si uno tiene mucho, más podrá hacerlo. En esos caso la ética personal del dueño del dinero será la que determine si se lanza a defraudar o no. Nada más que eso. Y nada menos. Lo que es cierto es que a medida que aumenta la cantidad de dinero de que se dispone, la tentación del fraude y las ganancias derivadas del mismo crecen, más rentable resulta hacerlo por así decirlo, y la ética, de existir en la mente de algunos de estos personajes, se resiente. Y puede llegar a ser franqueada. Más allá de la indignación que esto genera, póngase por un momento en la piel de algunos de los implicados en este asunto, piense que dispone de varios millones de euros (millones, millones, millones de euros) y relevancia y prestigio social ¿Usted defraudaría? ¿Fijaría en España su residencia fiscal, pondría los negocios a su nombre y tributaría en IRPF y sociedades a los tipos marginales máximos? ¿Qué haría cuando abogados y otros profesionales le detallasen los miles y miles de euros que podría ganar dejando apenas un par de firmas sueltas en unos documentos? ¿Resistiría a la tentación? Esa es la gran pregunta. O al menos la que cada uno de nosotros, los que como yo somos asalariados de ingresos medios o bajos, y estamos completamente controlados por Hacienda, debiéramos hacernos. Imaginar una situación como esa y determinar cómo nos comportaríamos, hasta qué punto nuestra ética sería capaz de frenar la ambición que anida en todos (todos) nosotros y probar cómo sonarían en nuestra voz las siempre falsas e iguales disculpas que se usan cuando te pillan en estos fregados, basadas en la ignorancia, la mala fe, el no saber nada y las conspiraciones exteriores. Prueben a ponerse delante de un espejo y reciten, a ver qué tal les sienta el traje de corrupto pillado.

Es lo menor en este asunto, pero nuevamente es la prensa, los periodistas, uno de los sectores profesionales más golpeados por la crisis y que avanza hacia la destrucción de gran parte de su modelo de negocio, quien ha permitido conocer estos datos. No ha sido ningún gobierno ni organismo oficial ni ONG (¿por qué? Pregunta nada inocente) La exclusiva va a reportar ingresos a los medios que la van a gestionar, permitiendo a unos ganar dinero gracias a la pérdida del dinero de otros. No hay santidad en la prensa, como no existe en ningún otro negocio, pero hay que agradecerle, otra vez, su trabajo en pos de que usted y yo sepamos lo que ya intuíamos. Esa es su labor. Y recuerde, sólo un periodista es quien puede hacerlo.

lunes, abril 04, 2016

El inmenso poder de la música (para Bine Bryndorf)

Todos hablamos una lengua, a la que llamamos materna, que aprendemos de niños sin ser consciente de ello. Mejor o peor, la dominamos, nos sentimos cómodos en ella y nos permite entender y hacernos entender. Cuando nos ponemos a estudiar otro idioma el esfuerzo que ello nos supone (y para los que somos torpes en esto como yo ni les cuento) nos hace ver la importancia brutal que tiene el poder comunicarse y entenderse, el usar otras palabras, sonidos y expresiones para dar a entender nuestros gustos y sentimientos, y lo frustrante que resulta muchas veces no ser capaz de hacerlo.

Hay, sin embargo, un segundo idioma que casi todos tenemos y entendemos, y que tampoco nos lo han enseñado, y es la música. Cada uno de nosotros puede tener gustos radicalmente diferentes, opuestos, pero todos sabemos lo que es sentirse atraídos por una melodía, un ritmo, emocionarse por unas notas, distinguir cuándo un tema es alegre y es triste…. ¿Y cómo lo sabemos? ¿Por qué? Ni idea. Pocas cosas hay en la vida más abstractas que la música. Oímos unos violines en tono menor y nos ponemos melancólicos, unas trompetas en fanfarria y nos volvemos marciales, y así miles de experiencias que, a lo largo de casi cada día, nos ofrecen la oportunidad de vernos influenciados por un lenguaje del que la mayoría es completamente analfabeta. ¿Cuántos de ustedes son capaces de leer una partitura? Ese nivel de abstracción hace a la música un lenguaje mágico, lo más parecido que tenemos en la realidad a las palabras que en las obras fantásticas poseen poder al pronunciarse y generan efectos en personas y objetos. Cuando oímos algo que nos gusta y nos conmueve estamos tocados por esa especie de varita que nos llega hasta el fondo. Y nuevamente podríamos preguntarnos el por qué se produce este fenómeno, a qué se debe ese efecto. Y es casi seguro que no lograríamos encontrar una respuesta clara. Lo asociaríamos a momentos del pasado, a un instante que ese sonido nos ha devuelto, a sensaciones que trataríamos de anclar a algún instante o persona, pero quizás llegaría un momento en nuestra búsqueda de argumentos en el que nos veríamos obligados a parar, y a admitir que realmente no tenemos ni idea de cuál es la fibra que ese sonido, esa pieza, ha tocado en nosotros. Y ante ese vacío de la razón sólo queda el sentimiento y el goce. Nos da, me da, miedo admitir que muchos de nuestros actos no tienen justificación alguna, que suceden y que no podemos explicarlos, que nos inventamos excusas y argumentos para tratar de darle sentido a lo que en el fondo sabemos que no lo tiene. El arte, y más concretamente la música, nos enfrenta muchas veces antes este vértigo (i)racional y nos arrastra. Por eso nos gusta tanto y, a la vez, es tan poderoso. Y bien usado es una enorme fuente de felicidad, y mal utilizado puede servir para alterar y manipular a las personas como pocas fuerzas son capaces de ello. En un mundo cada vez más racional, economicista y medido, en el que la técnica se ofrece como la alternativa para suplir todas nuestras carencias, y donde nos hemos convertido en dependientes de la misma, reencontrarse con estas sensaciones primarias, motivadas por una obra de arte, resulta conmovedor, rupturista y genuino. Y dada la vida que vivimos, muy transgresor.

Este sábado, en el Auditorio Nacional, dentro del ciclo Bach Vermut, volví a experimentar esa sensación de placer musical. Apareció ante el escenario Bine Bryndorf, organista danesa a la que no conocía de nada. Alta, espigada, delgada. Se puso al teclado e interpretó una hora de concierto sin fallo alguno, pero , sobre todo, con un gusto y una delicadeza asombrosa. Piezas como la BWV 577, 768, 622 o 550, por reseñar algunas, fueron ejecutadas con todo el cariño y perfección posible, ofreciendo unas versiones que, para mi, fueron, sin más, perfectas. Acabé llorando como un tonto, pensando en usar una falsa alergia como excusa si alguien me veía así, y ese sentimiento de belleza alcanzada aún me dura hoy. Solo puedo dar las gracias por ello.

viernes, abril 01, 2016

Dos grandes pérdidas (Imre Kertész y Zaha Hadid)

Quiso la casualidad que ayer, antes y después de que se hiciera oficial la desastrosa cifra del déficit público de 2015, un desbordante 5,2%, se conociera la muerte de dos grandes figuras de la creación que, en distintos ámbitos y con vidas completamente opuestas, llegaron a lo más alto en el arte que practicaban, y obtuvieron el reconocimiento merecido, pese a contar, cada uno de ellos con enormes dificultades de partida. El escritor Imre Kértesz y la arquitecta Zaha Hadid encarnan dos polos opuestos en el mundo de la creación. Su muerte los ha unido.

Kértesz recibió el Nobel de literatura en 2002 por toda su obra, centrada en la atroz experiencia de los campos de concentración nazis. Fue un superviviente de Auschwitz, y con decir eso casi todo lo demás sobra. Sus libros se centraron en expurgar de sí mismo los demonios con los que allí vivió, el infierno que conoció en vida, a expensas de si lo hay o no en el hipotético más allá. Consciente de que fue un privilegiado por no haber muerto, como los miles que le rodeaban, trató de contar su vida como ejemplo de ese horror y como testimonio para que las generaciones posteriores, las que sólo verán el holocausto como un recuerdo, las que enterrarán a personas como él, los últimos testigos del mal, no olviden lo que pasó. Húngaro de nacimiento y nacionalidad, su vida fue discreta, su salud inestable y llevaba ya un tiempo retirado de la literatura y de los focos, de los que nunca fue amante. Como todos los supervivientes de esa experiencia, nunca logró recuperarse plenamente de ella. El caso de Zaha Hadid es casi el opuesto. Iraní de nacimiento, y anglófila de creencia y vida, Hadid llegó a ser la arquitecta más famosa del mundo, en una profesión dominada completamente por hombres, partiendo de una sociedad, la iraní, que en muchos aspectos da más importancia a los muebles del salón que a las mujeres que en la casa habitan. Subida a la ola de los arquitectos estrella, dotada de un genio tanto para el diseño como para vender sus productos y marca, Zaha se elevó al estatus de estrella internacional, de icono de esos que persiguen los políticos de medio mundo para instalarlos en sus ciudades y presumir (y de paso disparar aún más el déficit público), y se embarcó en una vida de lujos, glamour y focos de la que disfrutaba muchísimo, y que le parecía venir tan natural como las orgánicas formas que caracterizaban sus estructuras. Su obra en España no es muy amplia, destacando quizás por encima de todo las construcciones relacionadas con la Expo del agua de Zaragoza, con su puente y torre. Entre sus proyectos paralizados por la explosión de la burbuja se encuentra el edificio de oficinas que iba a ser sede de Euskotren y que se iba a levantar en el solar que ha quedado despejado en Durango, Vizcaya, a nueve kilómetros de Elorrio, tras la eliminación de las vías que cruzaban la localidad. Es poco probable que, con los presupuestos actuales, esa obra se lleve a cabo, aunque si seguimos tan despendolados con el déficit quizás se edifique. Aquejada de una tos permanente, una voz muy grave y una figura deformada por un sobrepeso continuado, Hadid falleció ayer de manera sorprendente a los 65 años, sólo, en Miami por un problema respiratorio

Así, el único nexo común entre la vida de un escritor superviviente y una arquitecta estrella es, como antes señalaba, la excelencia de su obra. Vidas y experiencias diametralmente opuestas, introspección traumática frente a exaltación mediática, pero cuando Kertész se ponía a escribir y Hadid a diseñar el genio que en ambos residía era capaz de generar frases y formas que a todos conmovían, uniendo sus carreras en una curiosa simbiosis de belleza, surgida desde raíces tan dispares, opuestas y, hasta cierto punto, incompatibles. En los registros de obituarios ya siempre permanecerán juntos. De ambos nos quedan sus obras y testimonios de vida. Aprendamos de ellos.

jueves, marzo 31, 2016

Vivir sin aeropuerto

Es quizás lo de menos tras una matanza tan salvaje como la del martes 15, que ha conmocionado todo y a todos, y de hecho la propia Bruselas ya vivió un experimento similar tras los atentados de París de noviembre. Si recuerdan entonces, la alerta terrorista que pretendía buscar al Abdeshlam, el terrorista huido (y que sí se encontraba en Bruselas) decretó un cierre de la ciudad. Metro, autobuses, espectáculos públicos, todo echó el cierre durante varios días y las consecuencias económicas fueron duras. Ahora se vive otra situación similar con el aeropuerto.

No se sabe cuándo podrá reabrir Zaventem, el aeropuerto de Bruselas. No es una instalación muy grande (estuve en ella hace ya algunos años) y menos si se tiene en cuenta el tráfico que soporta la ciudad, sede de muchas empresas y de dos grandes instituciones supranacionales, la UE y la OTAN. Desde los atentados se encuentra cerrado al tráfico civil y apenas es usado por algunos aviones de carga y avionetas y jets privados, que no suelen hacer uso de las instalaciones de la terminal. Peritos de todo tipo llevan desde el día del desastre inspeccionado en qué estado está la infraestructura, que parece que ha aguantado el impacto, y sobre todo, las instalaciones, mucho más dañadas. La explosión tuvo lugar en el hall de salidas, donde se encuentran los mostradores de facturación, antes en todo caso de la zona de controles de tarjetas de embarque. Las imágenes que hemos visto de la explosión son engañosas, porque el desplome del techo falso, que es muy aparatoso y lo cubre todo, pero que no es realmente grave, oculta a la vista lo que probablemente sean los daños más importantes. Cableados eléctricos, instalaciones de seguridad, sistemas informáticos, mecánica relacionada con la facturación de maletas y toda la logística del complejo… los daños pueden ser profundos y complejos para poder ser reparados en breve. De hecho, ocho días después de los atentados, el aeropuerto sigue cerrado, sin fecha prevista de apertura y con el mensaje de que, cuando esta tenga lugar, será a medio gas, empezando por unos servicios mínimos que irán ampliándose poco a poco. Mientras tanto, los que viajen a Bruselas tienen que acudir a aeropuertos auxiliares, como el de Charleroi, sito bastante al sur de la ciudad, mucho más pequeño que Zaventem, destino habitual de aerolíneas low cost, o terminales de Holanda, Alemania o Francia. Cada día que el aeropuerto cierra son muchos los millones de euros que la ciudad deja de ingresar, y son miles de personas las que, directa o indirectamente, carecen de un trabajo que está asociado a los vuelos. No pensemos sólo en los empleados directos de la terminal, de todo tipo de profesión, que se encuentran con su lugar de trabajo cerrado, sino en el movimiento que una terminal genera, enorme, a su alrededor. Taxistas, transportes públicos, consumos de agua y electricidad, reponedores, servicios auxiliares…. En una gran ciudad el aeropuerto es una de las mayores empresas de la misma, una de las que más empleo y riqueza genera, y de las más estratégicas en todos los sentidos. Un cierre parcial de algunas horas, que habitualmente se debe a causas meteorológicas, genera impactos perceptibles, aunque fáciles de absorber. Un cierre indefinido supone un serio problema económico cuyas consecuencias pueden ser extensas en el tiempo y en todos los sentidos imaginables. Piense usted, mismamente, en el cierre del aeropuerto de Madrid, desde donde escribo, o en el de su ciudad, si lo posee, e imagine.

Y luego están las consecuencias, profundas, derivadas del aislamiento. En un mundo como el actual, y para negocios, empresas e instituciones, volar es como ir de un portal a otro caminando por la acera. Cerrar esa vía supone aislar, en gran parte, a una urbe, a sus negocios y empresas. En estos momentos es cuando la tecnología para videoconferencias y demás encuentros virtuales puede mostrar toda su potencialidad, pero es obvio que una situación así supone algo muy serio. De momento no se puede salir volando de Bruselas, ni llegar a ella por avión. Y eso es algo muy anormal que sólo genera costes y problemas.

miércoles, marzo 30, 2016

No se inmolan. Asesinan

Créanme que, por un momento lo he intentado, aunque me ha dado vértigo. Hoy mismo, viniendo en metro al trabajo. Ayer, por un momento, en el autobús en el que recorría media España de vuelta a Madrid. O en un pequeño instante de aburrimiento en la deprimente estación de autobuses de Bilbao, sobre todo el Miércoles por la tarde, en un espacio abierto, concurrido y con cientos de personas y maletas. Por un instante me he planteado lo que debe pasar por la cabeza de alguien que, en breves instantes, no sólo va a morir. Va a matar. Y no he sido capaz de mantener el experimento más allá de unos segundos.

En el metro, quizás, es el lugar más fácil para pensar en ello, donde menos seguridad hay y puede haber, por definición. Con vagones atestados en hora punta, anonimidad máxima, caras que a veces se repiten pero que, en muchas ocasiones, no se volverán a ver. Pasillos estrechos, espacio subterráneo, alta densidad humana. El terrorista llega a su andén, sito algunas paradas antes del lugar en el que tiene pensado detonarse, quizás una estación, quizás en el túnel intermedio entre ellas. Espera pacientemente junto con otros muchos ciudadanos que, a esas horas de la mañana, medio dormidos, tratan de llegar a su trabajo. Leen, oyen música, pasan el rato, esperan en definitiva. Él es el único que está ahí con una misión, con una llamada. Frente a la irrelevancia de los impíos que le rodean, él cree saber que ese metro que llegará en segundos le conducirá al paraíso. Se oye un ruido en la estación y la cadena de vagones del convoy penetra, en medio de un estruendo de maquinaria y frenos. Detiene su avance y se abren las puertas, de las que sale un río de gente que se cruza con todos los que quieren entrar. El intercambio de personas se produce y, a una señal acústica dada, el metro cierra las puertas y reanuda su marcha, abandonando el andén de la estación, la última que pisará en su vida. En esos minutos, segundos, el terrorista sigue vivo, como todos los que le rodean, y puede ver sus rostros, ojos, expresiones. Durante unos instantes va a compartir existencia con aquellos a los que va a matar, siendo plenamente consciente de ello. Mira sus manos, que como las de los que le rodean, se agitan en el aire, sostienen cosas o aprietan botones y pantallas, y sabe que será un gesto de su mano el que las destroce todas. En ese último momento, ¿cruzará la duda por la mente del suicida? ¿Sentirá un resquicio de remordimiento por lo que va a hacer? o peor aún ¿Estará cada vez más convencido de su acto? Cuando me planteo la situación, me hundo en el vértigo propio de saber que mi vida desaparecerá, y soy incapaz de calibrar el daño que sería capaz de hacer a los que me rodean. Para el terrorista, que ya atisba la llegada de su objetivo, su vida ya ha sido entregada a lo alto, en un sacrificio supremo, en el que es el mayor de los pecados posibles, y sólo restan segundos para que su acción se lleve a cabo en plenitud, y el paraíso prometido supla a la vida vacía llena de miedo y temor, de infieles, de pecadores, de enemigos. Las promesas que su guía y mentor le ha hecho durante todos estos años se van a ver, por fin, hechas realidad, y sólo queda recitar en su interior una última oración de despedida de la vida terrena, de recibimiento de la plena celestial, y esperar ese fogonazo de luz que acabará con los impíos y le llevará al cielo prometido. Llega el momento, vislumbra el objetivo escogido, y su mano actúa sin vacilación ni miedo.

Define el diccionario de la RAE el término inmolarse con tres acepciones, todas ellas referidas al sacrificio de una víctima a una divinidad en provecho u honor de alguien o algo. Por ello inmolarse es, resumidamente, dar la vida por los demás. Se inmola aquel que, por ejemplo, muere salvando a otros en un incendio o una playa, o el padre que pierde la vida para salvar a la de su hijo. Los terroristas suicidas, que mueren y matan, no se inmolan. Asesinan con sus cuerpos. No les cedamos una victoria con el lenguaje, no ensuciemos el concepto de inmolación con su barbarie. Asesinos son. De una inimaginable crueldad.

miércoles, marzo 23, 2016

Los islamistas de DAESH arrecian su campaña de terror

Lo expresó muy bien el primer ministro belga Charles Michel cuando aún reinaba bastante confusión sobre la dimensión de los atentados de Bruselas. El país llevaba esperando bastante tiempo un desastre y, finalmente, los peores presagios se han hecho realidad. Con gesto serio, Michel apenas dio información pero dejó bien claro que las horas que restaban del día iban a ser las más duras. A medida que el balance de muertos subía y que las imágenes que, a cuenta gotas, llegaban a los medios de comunicación confirmaban estos augurios, las palabras de un desbordado primer ministro se convirtieron en descripción de impotencia y horror.

Resulta asombroso hasta qué punto es fácil matar gente y destruir la rutina de una gran ciudad, convirtiéndola en una ratonera. Apenas cuatro o cinco personas, dos objetivos sin control alguno, y sin posibilidad de tenerlo, unas cuantas bombas, la conciencia de entregar la vida por Alá, y se acabó. El desastre, la matanza, el horror. Bélgica, un país descontrolado, que ha sido escogido por DAESH desde hace tiempo como base operativa en Europa, vivió ayer sus horas más tristes y duras desde hace décadas por obra y gracia de unos malnacidos, sí, pero también de muchos otros que les han ayudado. No es necesaria una gran estructura logística para perpetrar algo como lo sucedido ayer, pero es evidente que esa organización existe, planea actuaciones, selecciona objetivos, y decide atacar cuando lo cree conveniente o posible. Algunos han relacionado lo sucedido ayer con la detención el fin de semana de Salah Abdeslam, el superviviente de los atentados de París. Y es posible que la orden de ejecutar el atentado se haya dado como respuestas a esa detención, pero el trabajo previo estaba hecho desde antes. Es como si DAESH tuviera organizados ya varios atentados, objetivos, pruebas de fuerza. Todo está testado y comprobado, y el día que me apetezca, hago la llamada o el acto que sirva de contraseña y lo pongo en marcha. La eficacia de la organización y el apoyo que posee, con cientos de fanáticos convencidos resulta asombrosa a la par que atemorizante. Asusta mucho también ver cómo DAESH responde ante las medidas de seguridad que se implantan y aprende (evoluciona, podría decirse). Si aumentamos los controles de acceso al embarque de los aviones y todo lo relacionado con el vuelo, no hay problema, nos hacemos estallar en el interior de la terminal, que es un lugar de acceso público, y que tiene víctimas potenciales en igual medida, y con el efecto deseado de dejar el aeropuerto fuera de juego. Si aumenta la vigilancia en centros de transporte colectivos, no hay problema, escojo una simple parada de metro, muy transitada, en la que por definición la vigilancia no puede ser intensiva, y cargo con una maleta explosiva y me detono, y se acabó el tren y, de paso, derrumbo el transporte público de la ciudad y la colapso. El mensaje de estos atentados es demoledor. No importa dónde y cuánto aumentéis las medidas de seguridad. Sabemos, al igual que lo sabéis vosotros, que la seguridad absoluta no existe, que las concentraciones de personas son inherentes a una gran ciudad, que los lugares públicos no pueden ser controlados, que las brechas de seguridad existen en todas partes, y que tarde o temprano nos colaremos por una de ellas. No hay posibilidad de frenar una riada de terror que, como el agua, no deja de buscar agüeros por donde meterse y que, finalmente, siempre los encuentra.

La única manera de evitar atentados como estos es el trabajo previo, el de las fuerzas y cuerpos de seguridad y de inteligencia, el de miles de horas de profesionales que espían, escuchan, siguen pistas y sospechas, y pueden llegar a desarticular células y comandos antes de que actúen, como una seguridad activa. Pero aunque detengamos a miles de ellos, basta con que uno se nos escape para que pueda hacernos llorar a todos de rabia e impotencia. El mensaje que, en un día como hoy, hay que gritar alto y claro es que no nos vamos a rendir. Que nos harán llorar una y mil veces, pero que no nos vencerán nunca. Que nuestras víctimas son la fuerza que nos impulsa para resistir.


Subo a Elorrio a pasar los días festivos y me cojo Lunes y Martes de la semana que viene, por lo que si no hay sorpresas, hasta el Miércoles 30. Disfrute, descansen, ojo a la carretera y, dado que hay malos profesionales entre nosotros, sean ustedes los buenos.

martes, marzo 22, 2016

Obama hace historia en Cuba

Abusamos del adjetivo histórico, lo sometemos a una inflación desatada que lo devalúa hasta el extremo y muestra lo corta que es nuestra mira y perspectiva. Sin embargo esta vez merece ser empleado, porque han transcurrido ochenta y ocho años, casi un siglo, desde la última vez que un presidente de EEUU, el ya olvidado Calvin Coolidge, visitó Cuba, el gran país vecino del Caribe. En aquel caso se trató además de un encuentro de grado menor enmarcado en una visita de otro tipo. Ahora la visita tiene todo el rango posible y, dada la coyuntura, relevancia. Sus posibles frutos, eso es otro tema, están por ver.

Obama pasará a la historia de los presidentes de los EEUU, al menos, por Cuba. Tras más de medio siglo de política de bloqueo, que se ha mostrado muy acertada si lo que se pretendía era que el régimen de los Castro se mantuviera, decidió el presidente norteamericano hace caso a Einstein y, para obtener resultados distintos, llevar a cabo políticas diferentes. Hace ya más de un año que, en un discurso simultáneo, Obama y Raúl Castro anunciaron, de civil y de militar, cada uno mostrando en su estética cual es la fuente de su poder, el surgimiento de un nuevo tiempo en las relaciones entre ambos países. Tras meses de negociaciones vimos como en 2015 se inauguraban embajadas en Washington y La Habana, y era sabido que Obama visitaría la isla antes del fin de su mandato. Esa vista empezó en la noche del Domingo, hora española, y acabará hoy, tras dos días de estancia en la capital, con un encuentro con la disidencia. Ayer tuvo lugar la reunión más esperada, entre Raúl Castro y el presidente, con rueda de prensa incluida, que ofreció la posibilidad, inédita, a los periodistas allí presentes de hacer preguntas a un Castro, y que un Castro dictador las contestase, bien que a su manera. ¿Qué busca EEUU en su nueva política a Cuba? Lo mismo que siempre y lo que deseamos todos, la caída del régimen de los Castro, la llegada de la libertad a la isla y el desarrollo económico de la perla del Caribe, del que los norteamericanos, obviamente, pretenden sacar tajada. La idea base es que, tras décadas de bloqueo, nada ha cambiado en el interior del país. La represión se mantiene, el régimen se ha convertido en una dictadura hereditaria, de momento entre hermanos, y la pobreza en la que viven los cubanos es ya de dimensiones siderales. La experiencia dicta que un desarrollo económico suele ir acompañado de demandas de libertad, y por ello la táctica que explora ahora Washington se basa en las zanahorias diplomáticas, que a su vez permitan que la economía cubana pueda resurgir, y con ello la población, más autónoma y libre, empiece poco a poco a rebelarse, en serio, contra la dictadura. Quizás piensen los gerifaltes de Washington en un proceso similar a España, en el que el desarrollismo debilitó las bases de la dictadura, y la muerte de Franco dio paso a un proceso de transición en el que la sociedad tomó las riendas de un país que, durante décadas, estuvo amordazado. Hay también contraejemplos a esta teoría, quizás el más relevante sea China, donde el crecimiento económico, de momento, no logra desbancar al Partido Comunista del poder omnímodo, pero lo cierto es que hasta ahora, la política norteamericana con Cuba sólo ha servido para fortalecer al régimen, vía la creación de un maligno enemigo exterior contra el que volcar la ira popular. Está por ver si la nueva estrategia funcionará y si tendrá continuidad, dados los cambios que puede sufrir la política norteamericana y el peso del exilio cubano en el país. En todo caso el proceso está en marcha y, como en la jardinería, habrá que esperar a ver si da fruto o no.

Una nota obligada sobre el nulo papel de España en este proceso. Asentadas las empresas turísticas nacionales en cuba desde hace años, contando con una ventaja enorme respecto a sus futuras competidoras, y con los amplios y fraternales lazos que unen a ambos países, resulta descorazonador comprobar que la diplomacia y política española no ha pintado nada, ni antes ni ahora, en este proceso de cambio que se vive en la isla. Podíamos haber sido un mediador privilegiado, un interlocutor de confianza, pero no hemos jugado ningún papel. No deja de ser triste y, también, revelador, tanto de nuestra insignificancia como, sobre todo, el nulo interés que prestamos a estas cuestiones. Vivir de espaldas al mundo exterior es un inmenso error en el que no podemos seguir incurriendo.

lunes, marzo 21, 2016

Otra carretera con flores en el arcén

Viajo bastante en autobús de línea. Al menos, una vez al mes, subo a Bilbao para llegar a Elorrio y retorno a Madrid. Son ochocientos kilómetros de ida y vuelta entre ambas capitales, más los ochenta que hay para ir y volver desde Bilbao a Elorrio. Este Miércoles volveré a hacer ese mismo trayecto para pasar unos días de Semana Santa. Nunca en estos años he tenido un susto en la carretera digno de mención. Apenas algún frenazo de esos derivados de un cambio de carril a la entrada o salida de Madrid. Años, miles de kilómetros, no los he contado en su totalidad, en la más plácida y aburrida de las travesías. Y que siga así.

Pasando por las carreteras uno encuentra, de vez en cuando, monolitos o altares improvisados, de mayor o menor porte, pero casi siempre adornados con flores frescas, puestas ahí por familiares o amigos de quien, en un momento dado, se estrelló en ese punto y se mató al volante. Si pusiéramos un mapa de España y señalásemos todos esos puntos convertiríamos a la red de carreteras en un rosario de víctimas, de túmulos y memoriales. Cuando de pequeño pasaba por alguno de esos lugares me extrañaban, me parecían sitios inhóspitos para velar a un ser querido, carentes de todo recogimiento, pero eran el lugar exacto en el que la vida de alguien se fue. Y para los suyos eso era lo más inhóspito, no el decorado. A veces, cuando el suceso había sido reciente, aún podías apreciar en la carretera la traza de los neumáticos que, de repente, pintaban el asfalto, fruto de una frenada tardía que ya poco pudo hacer. Con los guarda raíles arreglados tras el accidente, siempre quedaban algunos restos de cristales, hierros y matojos de hierba arrancados, señales de un choque violento, que poco a poco eran barridos por la lluvia y el tiempo. Pero ahí permanecía siempre el altar que recordaba el suceso. En mi familia nunca hemos tenido que lamentar la muerte de ninguno de los nuestros en la carretera, una muerte siempre sorpresiva y traicionera, pero sí conozco a personas a las que el asfalto se les ha llevado lo más querido. Y siempre el ritual, supongo, es similar, con una llamada sorpresiva, no esperada, habitualmente nocturna o próxima al amanecer si se trata de chavales jóvenes, en la que una voz a la que nunca has oído te empieza a contar cosas que nunca hubieras deseado escuchar. Esa voz no es sino un transmisor, un pregón, un pájaro de agüero funesto. Y luego el ritual de angustias, lloros, emociones, incomprensiones, infinitas preguntas por saber qué es lo que ha pasado, si iba sólo o no, si conducía él o lo llevaba alguien, si es el único fallecido o la desgracia es compartida. Todo el significado de la palabra accidente agolpado en preguntas que no pueden ser respondidas en ese momento y que, cuando lo sean, ya para nada servirán, porque el duelo ya se habrá instalado en el alma de las familias y amigos. Y llegará el día de los funerales, y luego, no se cuándo, si poco o mucho después, algunos familiares y amigos emprenderán el viaje hasta la curva, la recta o el cambio de rasante, y pondrán allí flores y piedras, honrando memorias perdidas, y ese punto kilométrico se transformará en altar permanente, en otra cuenta del rosario infinito que nos recuerda como las carreteras sirven para ir de un lado a otro pero, también, para descansar eternamente en ellas.

Este fin de semana el kilómetro 333 de la AP7 en Tarragona se ha convertido en cementerio improvisado, en el lugar en el que un absurdo accidente (¿cuál no lo es?) ha segado la vida de trece chicas estudiantes de erasmus que venían, junto con un montón de amigos, de disfrutar de las fallas. En pocos meses esto ya no será noticia, pero a buen seguro no faltarán ya flores en ese lugar, venidas muchas del extranjero, de donde son las fallecidas, provenientes algunas de los lugareños que han ayudado en las tareas de rescate y acogida de víctimas y familiares. Todas esas flores recordarán esta tragedia cuando ya sólo los allegados la recuerden. Flores que no se marchitan nunca.

viernes, marzo 18, 2016

Se agrava la crisis en Brasil

Brasil ha sido, tradicionalmente, un gigante con pies de barro. Poseedor de una dimensión continental, riqueza infinita de recursos e inmensa población, la desigualdad y la corrupción política  han sido desde siempre lastres que han impedido el desarrollo del país, en el que la pobreza es una característica imposible de eludir, más allá de imágenes bucólicas de playas y señoritas de más que buen ver. Su inclusión en el grupo de los BRIC y su catalogación como emergente hace un par de décadas lo colocó, por fin, en los ojos de inversores internacionales, y poco a poco, su economía empezó a despegar.

La crisis de 2008 supuso, curiosamente, la puesta en marcha de la economía brasileña en formato cohete. Refugio de inversiones y destino de inmigración de muchas naciones europeas, la economía carioca se vio muy beneficiada por el auge de China, su principal cliente, comprador de todo tipo de recursos del apabullante sector primario local. Minería, petróleo, cosechas y cultivos, ganadería... Brasil produce cifras estratosféricas de proteínas y materias primas que el gigante chino devora con fruición. Esta simbiosis disparó la economía brasileña, redujo el paro, favoreció la inversión pública y generó unas tasas de crecimiento que, poco a poco, empezaron a reducir la pobreza local. Parecía que, por fin, Brasil escapaba de sus maldiciones de décadas pasadas para convertirse en una potencia global, dotada además de una muy buena imagen exterior, asociada a la samba, el carnaval y la buena vida (aunque reitero, sea una imagen engañosa). La concesión a Rio de Janeiro de los Juegos Olímpicos de 2016 (la primera gran derrota de Madrid en esa carrera) fue el espaldarazo definitivo por parte de la comunidad y economía global a un Brasil que encarnaba el triunfo. El tiempo ha demostrado que no todo relucía tanto como el oro que se buscaba en algunas minas de la Amazonía. La entrada descontrolada de capitales en el país no fue bien absorbida y muchos, o se desperdiciaron en inversiones faraónicas de nulo resultado o fueron a alimentar tramas corruptas o se perdieron por el camino. Los años de bonanza, de intenso viento de cola, debieron ser aprovechados para reformar la economía local y dotarla de dinamismo de cara a tiempos más oscuros, pero como sucede siempre en todas las fiestas económicas (y de eso sabemos muy bien en España) las oportunidades de cambio en los ciclos ascendentes nunca se aprovechan, y cuando llega el descenso siempre nos pilla a contrapié. La fortaleza del dólar, la debilidad china y el descenso del precio del petróleo son un cóctel amargo para Brasil, que ha provocado fugas de capitales que han huido en masa y quiebras en grandes empresas constructoras y ligadas a la exportación. La bancarrota del imperio de Eike Batista, el entonces empresario más rico del país, producida hace pocos años, fue una señal que indicaba lo que podía acabar pasando, y que muchos no quisieron ver. En estos momentos Brasil sigue en recesión técnica, con descensos del PIB que, en tasa interanual, se sitúan en el entorno del 3%, y sin visos de mejora significativa en el medio plazo. La crisis económica ha sido la espoleta que ha detonado la bomba política, generando aún mayor inestabilidad y ofreciendo día sí día también la imagen de un país que se tambalea, y que como en décadas pasadas, ofrece la peor de sus caras, la derivada de una sociedad aún muy desigual, con una estrecha franja de clase media que no parece ser suficiente para aportar la estabilidad debida a un régimen político y social que sea estable.

El patético vodevil organizado por la decrépita presidenta Dilma Rouseff y el expresidente Lula Da Silva, antaño figura adorada, hoy cazado en tramas corruptas, es el último de este proceso en el que la credibilidad de las instituciones y la capacidad de las mismas para regenerarse y volver a gobernar el país cada vez están más puestas en entredicho. Con unos juegos olímpicos este verano que pueden ser el escaparate de un amargo país, y muchas inversiones de empresas españolas atrapadas en una economía que no responde, Brasil corre el riesgo de convertirse en sinónimo de problema. Ojalá no sea así, porque el país tiene toda la potencialidad imaginable para afrontar estos retos, pero a día de hoy el panorama es bastante sombrío.

jueves, marzo 17, 2016

Los jefes del campo

Tristemente, hay muchas escenas donde poder escoger. En una de ellas se ve a un chico alto prendiendo fuego a un billete, parece que de cinco euros, mientras las mujeres lo rodean. Se ve al cara sonriente del incendiario y las espaldas de las desesperadas señoras, cuyos rostros no apreciamos pero podemos intuir. El chico agita el billete a medio quemar y lo suelta desde lo alto, cayendo a un suelo desde donde es cogido por las mujeres que, desesperadas, tratan de recuperar algún resto del mismo entre las cenizas y la descomposición. Es casi seguro que nada de valor pudieron salvar. El chico observa, encantado, el espectáculo.

Al ver estas y otras imágenes, sucedidas la tarde del martes en la plaza mayor de Madrid, protagonizadas por jóvenes holandeses y mujeres rumanas, la indignación ha acudido a la mente de todos, y los mensajes de protesta no se han hecho esperar. Bien por lo que protestan, mejor aún por los que, al parecer muy pocos, se enfrentaron o recriminaron a los holandeses su actitud, pero mal, muy mal, por todos nosotros, porque esas imágenes vuelven a retratar el monstruo que anida en cada uno de nosotros, la fiera que años de educación y socialización tratan de aplacar, de domesticar, y que apenas un par de copas y la indiferencia pública son capaces de despertar nuevamente con toda su fuerza y crueldad. Nada, en el fondo, diferencia esas escenas a las que podemos ver en los documentales de la Segunda Guerra Mundial referidas a los campos de concentración, o las que más recientemente contemplamos de soldados norteamericanos vejando a civiles y presos iraquíes en Abu Graib, o de las imágenes que no hemos visto, pero que se denuncia, de abusos por parte de tropas de la ONU, los cascos azules, en misiones de paz en medio mundo. Nada las diferencia, créanme. El grado de sadismo o de violencia empleada sólo indica el ritmo al que gira el motor del odio y de la superioridad, la intensidad con la que pisamos el acelerador, pero en todos los casos el mecanismo que provoca esas infamias es el mismo. La superioridad, el sentirse más que el otro, el considerar al otro como algo inferior no ya a mi mismo, sino como algo no humano, como un animal de feria, como un bicho, como una cosa con la que puedo jugar, reírme, disfrutar, abusar y romper como si nada pasase, como un residuo que se puede eliminar, destruir, limpiando así el entorno en el que yo, quien sí vale, quien sí posee, quien sí merece, ocupa. Una vez que la mente se ha acostumbrado a esta idea, el grado de incivismo, de salvajismo… no, de humana crueldad que se puede alcanzar no tiene límites posibles. Pegar, violentar, violar, matar, abusar, etc, son verbos que miden escalas de graduación en el acto de superioridad que ejercemos sobre los demás- En esas escenas del martes en Madrid los “jefes” se quedaron satisfechos con sus chanzas y mofas, quizás porque estaban en un entorno público en el que tampoco se iban a desatar del todo, pero ¿se imaginan ustedes de lo que hubieran sido capaces de no sentirse observados? ¿de estar en un territorio propio, sin control social alguno? Seguro que más de uno prefiere no hacerse siquiera estas preguntas por miedo a que la respuesta empiece a escaparse a terrenos de oscuridad tan espesa como, tristemente, humana.

Por eso, es importante que al ver estas imágenes nos sintamos mal, que entendamos por qué nos sentimos mal, pero eso no basta. Como en tantas y tantas ocasiones en la vida e historia, el mal no ha triunfado tanto por el hecho de que los malos lo hayan ejercido como por la desidia de los buenos, que no han defendido a los que debían. En campo libre el mal no encuentra frenos. Si algunos valientes se hubieran encarado ante los holandeses y les hubieran reprochado su actitud, probablemente el episodio no hubiera ido a más. Ahora vienen unas preguntas muy incómodas. ¿Lo hubiera hecho usted? ¿Lo habría hecho yo? Y para contestar no acudamos a lo políticamente correcto. Tomemos un tiempo y pensemos, con nuestra propia oscuridad presente.

miércoles, marzo 16, 2016

Política en serie

Ayer, en un bar de Malasaña, centro de Madrid, tuvo lugar una charla sobre política y series de televisión, con motivo del libro que libros.com está a punto de publicar al respecto. Moderado por Pablo Simón, uno de los creadores de la web Politikon y afamado politólogo, el acto consistió en coloquio moderado por Pablo, en el que tres de los autores trataban de responder las preguntas que él les lanzaba, y posteriormente el público tuvo la oportunidad de hacer preguntas, comentarios y sugerencias. No estuvimos más allá de las cuarenta personas, creo, y lo cierto es que buen rato que allí pasamos, cerca de dos horas, estuvo repleto de intervenciones sensatas, con mucho conocimiento de causa y bagaje. Aprendí mucho.

No se si estamos en medio de una burbuja de series, aunque algunas cifras que leí la semana pasada que contabilizaban en torno a las cuatrocientas las estrenadas esta temporada en EEUU podría indicarnos que sí, porque es realmente difícil que haya mercado para tanta producción. Es cierto que el canal de emisión se ha diversificado mucho más allá de la televisión, pero conseguir una masa crítica de espectadores que consiga hacer rentable el producto es, como siempre, un reto que a priori no se cumple. En lo que hace al subgénero de las series políticas, quizás sea en España donde ahora nos estamos fijando más en ellas, sobre todo desde que la inestabilidad económica nos ha traído la política, como una tercera o cuarta derivada de esa crisis que todo lo ha trastocado. En tiempos de dirigencia revuelta la ficción acude y nos muestra ejemplos de cómo pactar o acceder al poder y gestionarlo desde puntos de vista complejos, desde ópticas que no son novedosas, pero que sí se nos muestran como tales. Las tres series más citadas ayer, entre decenas de ellas, fueron El Ala Oeste de la Casa Blanca, House of Cards y Borgen. La primera de ellas es de hace algunos años, pero sigue siendo plenamente vigente, no tanto porque muestra una visión hasta cierto punto idealizada de la política, del servicio público, sino porque es, en mi opinión, la perfecta escuela para aprender cómo funciona un sistema parlamentario presidencial, cómo se organiza el poder y sus contrapesos, cómo las pulsiones personales entran en disputa frente a los objetivos políticos y, desde luego, para demostrar que los dirigentes, muchas veces, no saben ni tienen los resortes necesarios para actuar frente a los problemas que enfrentan, pese a que el aura de poder que les rodea lleve a suponer a muchos que a sus aledaños yacen que son capaces de todo. House of Cards es, por así decirlo, el reverso tenebroso del Ala Oeste, y es también a mi entender fruto de la crisis, del descreimiento de la política por parte del ciudadano que acuda a Washington, La Moncloa o cualquier otro signo de poder establecido de servirse sólo a sí mismo, no a los electores. Ante ese cinismo desatado en la ciudadanía, Frank Underwood, encarnado por Kevin Spacey con maestría, ofrece un personaje cruel, sádico, sin escrúpulos, y sin adversarios creíbles. La fascinación del mal que arrasa en una audiencia que lo odia pero no puede evitar admirarlo. La danesa Borgen, por su parte (línchenme, admito que no la he visto aún) muestra las negociaciones, la política de pactos, la necesidad de acordar en una sociedad compleja, dividida, en la que los referentes se han diluido y las mayorías son mero recuerdo de un pasado, que algunos añoran, pero que no volverá por bastante tiempo. El hecho de que ahora en España estemos en una situación tan parecida (aunque ya podríamos parecernos también a Dinamarca en otras cuestiones) ha elevado esta serie a visión obligada para los que quieren entender el contexto de donde nos encontramos. Ya tengo deberes.

Leí una vez, no me acuerdo donde, que la prensa no es sino la crónica diaria de la lucha por el poder. Ese relato, extendido en el tiempo y con argumentos cerrados, es lo que muchas de las series políticas ofrecen hoy en día, inspirándose todas ellas más o menos en los modelos que el gran Shakespeare dejó escritos ahora hace cuatrocientos años. Y es que las pulsiones por el poder, las ansias que desata, los efectos que genera en las personalidades, y el irrefrenable atractivo que produce su conquista son eternos. El bardo los versó como nadie. Y quizás hoy se interpretan para la pequeña pantalla como nunca. Eso sí, recuerden que en la vida real no hay guionistas. Por eso seguirla día a día es aún más apasionante.

martes, marzo 15, 2016

Cinco años de guerra en Siria

Si recuerdan, quizás ya no, hace algunos años hablamos mucho de las primaveras árabes, aquellas revueltas que comenzaron en un puesto de verduras en Túnez y convulsionaron toda la geografía árabe desde Túnez hasta Yemen, pasando por Egipto, Libia y otras muchas naciones. Pobreza, regímenes despóticos, ansias de libertad y necesidad de escapar de la triste y sometida vida de la mayoría de las poblaciones de estas naciones confluyeron, junto al uso de internet, para crear un movimiento de protesta que fue visto por occidente con recelo y optimismo. Años después, si exceptuamos a la valiente Túnez, el panorama de la zona es para llorar y no parar de hacerlo.

Hoy, hace cinco años, en Damasco, por aquel entonces una bulliciosa, turística y atractiva ciudad, una manifestación en contra del régimen de Bashar Al Asad, pidiendo libertades, un contagio de esa primavera que comentaba, fue duramente reprimida por la policía del régimen, causando algunos muertos y sirviendo, en su conjunto, de mecha para el inicio de unas hostilidades que no tardarían en convertirse en una de las guerras más sangrientas, infames, sucias y oscuras de las últimas décadas. Todos esos adjetivos son comunes a la mayor parte de las guerras, pero es en la soleada Siria donde adquieren todo su sentido. Es imposible saber lo que pasa en el terreno, en un mundo en el que la tecnología nos permite acceder, desde la palma de nuestra mano, a toda la información del mundo, porque los periodistas y demás profesionales de la comunicación han huido de un terreno en el que su vida vale menos que la de cualquier insecto. Asesinar o secuestrar periodistas (siguen retenidos varios españoles, mi recuerdo y apoyo a ellos y sus familiares) se ha convertido en algo muy habitual en Siria, y por ello los frentes y las batallas que allí se libran se conocen por ecos, por relatos de testigos que logran huir, pero sin que realmente sepamos nada a ciencia cierta. Es una guerra muy sucia, en la que todos luchan contra todos, en la que el régimen de Damasco recibe pocos apoyos internos y muchos internacionales, los opositores moderados, por llamarlos de una manera, no logran unificarse ni lograr un apoyo decidido de potencias extranjeras, y donde el islamismo, el mismo que al final trató de hacerse con el concepto de la primavera árabe, y casi lo consigue, campa a sus anchas, dividido en grandes facciones como Al Nusra, la versión local de Al Queda, o el maldito DAESH, que ha convertido a parte de Siria y de Irak en su territorio. Imaginar el tablero de guerra sirio es situarse en un terreno inhóspito, de ciudades aisladas en medio de la nada, unidas por corredores de comunicaciones, sobre las que tres, cuatro o cinco bandos se enfrentan mutuamente en una guerra de todos contra todos, donde el objetivo es matar y destruir a todo lo que se ponga por delante. Las estimaciones cifran en los trescientos mil el número de muertos, aunque es difícil precisarlo. El número de heridos es una cifra mágica, que puede llegar fácilmente al millón pero nadie es capaz de precisarla, y son muchos, muchos millones, los que han escapado del infierno en el que se convirtió su país, en un proceso que, con sus muchas diferencias, me recuerda a los sucedido en España en la guerra civil, otro enfrentamiento cruento y salvaje en el que el que podía huía y el que no trataba de sobrevivir por encima de cualquier otra cosa. De esos millones de refugiados sirios nada nos ha importado en estos años. Nada.

Algunos me dirán que esto último no es cierto, que llenan portadas y titulares informativos, y es verdad, pero lo hacen desde el momento en el que la marea migratoria de supervivientes logró acercarse a las fronteras de la UE, una vez que era imposible de contenerse en los países vecinos, convertidos en gran parte en improvisados y abandonados campos de refugiados donde millones de sirios se hacinan, se levantan cada día con el objetivo de que ese no sea el último de sus vidas, y nada esperan ya de un país en el que vivían, bien, mal o peor, pero que era suyo. Ahora Siria no existe como tal, y sigue siendo una quimera esperar un acuerdo de las conversaciones que se desarrollan en Ginebra. Desde hace cinco años Siria es el espejo que nos devuelve lo peor de nosotros mismos. La imagen del infierno que somos capaces de crear en la Tierra.

lunes, marzo 14, 2016

El mal se acerca al poder en Alemania

Ayer por la tarde acudí pronto, para coger algo de sitio, al concierto que se celebraba en una céntrica iglesia, dentro del programa de música sacra de este año. La violinista Lina Tur Bonet y Alchemica Lira ofrecían la primera parte de las sonatas del Rosario, de Biber (hoy interpretan la segunda) en una velada que resultó preciosa y muy instructiva. De mientras eso oía, el mundo ahí fuera se torcía, de manera imprevista, con atentados en Ankara y Costa de Marfil, y de manera ya predicha, tras el recuento de los votos en las elecciones de tres de los estados federados alemanes, donde las encuestas predecían, y acertaron, el ascenso de la extrema derecha.

Se mire por donde se mire, el resultado electoral alemán es un absoluto desastre. Estaban en juego tres estados, de nombres tan complejos como sonoros. Sajonia-Anhalt, Baden-Wurtemberg y Renania-Palatinado, y en todos ellos el partido extremista Alternativa por Alemania, AfD, ha alcanzado excelentes resultados. Son doce millones de ciudadanos, sobre más o menos ochenta millones, los afectados por estos comicios, por lo que la radiografía que muestran es significativa del estado del país. Y esa radiografía indica miedo. Miedo al extranjero, al extraño, al inmigrante, al que llega, al nuevo. Y castigo, impulsado por ese miedo, a las formaciones gobernantes, a los partidos clásicos, a los que, desde Berlín, dirigen a la nación. Los grandes derrotados de esta noche han sido el SPD, los socialistas, que han sufrido un varapalo tremendo, y la CDU, los conservadores de Ángela Merkel, que también ha perdido muchísimo voto. Más allá de la curiosa victoria de los verdes en Baden-Wurtemberg, el mensaje es claro. Los miles de inmigrantes que desean llegar a Alemania huyendo de la penuria, de la guerra y de la muerte no deben hacerlo. Desde hace meses el movimiento Pegida se manifiesta en numerosas ciudades alemanas exhibiendo proclamas nacionalistas y de corte xenófobo, luchando contra las políticas de integración que, desde el verano, han sido la bandera que ha enarbolado Merkel sin disimulo. Sus movilizaciones despertaban el fantasma de ese miedo al otro, al que podemos echarle las culpas de sus errores y, sobre todo, los nuestros, y evocaban escenas de épocas pasadas, que se creían olvidadas. Dado su mensaje, corto es el camino entre esas movilizaciones a la violencia. Y así empezamos a ver en torno a la navidad las noticias sobre asaltos a albergues de refugiados y el incendio de los mismos. Los sucesos de Nochevieja en Colonia y otras ciudades, con violaciones en masa, achacadas en un principio a bandas de inmigrantes, aunque luego se ha sabido que eran la minoría entre los asaltantes, dispararon la tensión, fueron gasolina para movimientos como Pegida, y llegamos a contemplar como hordas salvajes saltaban de alegría ante albergues incendiados e impedían que los bomberos hicieran su trabajo. AfD, lentamente pero sin descanso, ha ido capitalizando este brote social de descontento, y en la primera oportunidad electoral que ha surgido desde que estalló el tema de los refugiados ha logrado unos resultados electorales que, extrapolados a nivel nacional, y a un año de las elecciones a la cancillería, resultan espeluznantes. No han supuesto sorpresa alguna, porque las encuestas, que apuntaban a registros extremistas menores, ya señalaban que había un voto oculto ultra esperando. Pero han dejado helados a todos, como ese viento frío que esta mañana barre Madrid.

¿Y ahora qué? Buena pregunta. Merkel se enfrenta a un terrible dilema. Sabe que por humanidad y por intereses propios la llegada de inmigrantes es una posible solución al problema demográfico al que se enfrenta el país, y que esos miles de refugiados pueden ser los próximos trabajadores y cotizantes alemanes. Pero también sabe que ese proceso será lento, costoso y difícil de controlar por parte de los varios gobiernos que tengan que hacerle frente. Y desde hoy sabe, aunque lo intuía, que le cuesta votos. Otra vez un político debe enfrentarse a la elección entre lo que sabe que debe hacer porque es su deber frente a lo que tiene que hacer para ganar las elecciones. ¿Qué hará Ángela? Su futuro, y el de Europa, vuelve a estar en su mano. Que acierte.

viernes, marzo 11, 2016

Y Draghi cogió su fusil

Sorprendió a todos ayer el amigo Mario. Les comentaba en el artículo del jueves que se esperaban palabras y medidas por su parte, pero no tantas. La decisión de bajar los tipos al 0% es simbólica en lo monetario, dado que estaban en el ya ínfimo nivel del 0,05%. Bajó a también la tasa de depósito en el BCE, que es lo que paga a las entidades por dejar el dinero allí, del -0,3% al -0,4%. Este “menos” por delante significa que les cobra a los bancos por el dinero que allí depositan. Y avisó de que va a comprar más títulos en su plan de expansión QE, durante más tiempo, y de entidades no sólo financieras. Draghi se desmelenó del todo.

Sin embargo, si uno analiza con cuidado lo que ayer hizo el BCE y el discurso que Draghi mantiene desde hace meses, puede traducir las medidas de ayer no tanto como un grito de ánimo a la economía como un grito de desesperación. Algo así como “yo ya no puedo hacer nada más, os toca a vosotros!!!!” dirigido a los gobiernos y demás agentes económicos de la eurozona. La bolsa reaccionó disparada al conocer las noticias, rozando subidas del 4%, pero luego entendió ese mismo mensaje de desesperación y se desinfló por completo, cerrando plano el Ibex y bajando más de un 2% el parqué alemán. Los mercados conocen los datos que maneja Draghi, quizás un poco más tarde de que sean vistos en la nueva torre de Frankfurt, pero saben que pintan mal. Saben que la desaceleración global empieza a coger tintes de crisis, que afectará más o menos, pero en todo caso, a las naciones de la eurozona, y que para hacerle frente las políticas monetarias laxas pueden ser, quizás, condición necesaria, pero es seguro que no suficiente. Desde 2012 Draghi está haciendo todo lo posible para alentar el crecimiento en Europa, pero parece que lo único que logra es comprar un valiosísimo tiempo que los agentes no utilizan para reformar economías que necesitan ajustes y cambios estructurales muy serios para ser competitivas. Las condiciones de financiación que otorga el BCE son las mejores posibles para afrontar ese reto reformista, pero si no son utilizadas, no valdrán de nada. Draghi empieza a desesperarse, y cada vez hay más gente que así lo percibe. Sus llamadas de aviso caen en saco roto, y juega a un juego muy peligroso de desconocidas consecuencias. Mientras se desaprovecha ese tiempo que el compra, las distorsiones en los mercados financieros que provocan sus medidas no dejan de crecer, y como pasa en medicina, todo tratamiento de choque puede acabar provocando reacciones agresivas por parte de un cuerpo enfermo. El arsenal con el que cuenta el BCE está casi liquidado, sólo le falta ingresarnos directamente a los ciudadanos euros en nuestras cuentas corrientes (no lo descarten al paso que vamos) pero la atonía de los precios se mantiene, las ventas caen, las expectativas de crecimiento son bajísimas, el frenazo chino se acentúa, y una posible recesión en EEUU que tantos analistas proclaman se quedarían sin posibles respuestas por parte de una institución monetaria que, sinceramente, ya hace mucho más de lo que puede y, para muchos, debe. Draghi dispara con bazuca, sí, pero nadie avanza con él en la guerra contra la crisis.

En la Europa de hoy las disensiones políticas, el populismo que amenaza con hacerse con gobiernos o, como poco, paralizarlos, las tensiones derivadas de la gestión de los refugiados y la amenaza que supone, entre otras cosas, al espacio Schengen (vital para el funcionamiento del euro) el problema del Brexit y la parálisis de las instituciones comunitarias, la sensación de que ante los problemas las naciones europeas recurren a las vallas y a echar la culpa al vecino… Ninguno de estos problemas puede solucionarlos Draghi, ni el BCE. Su varita mágica da hasta donde da, y el hecho de que la invoquemos frecuentemente con esa expresión de cuento indica hasta qué punto estamos ajenos a una realidad que nos sobrepasa. Draghi, desde su torre, grita, pero por el miedo ante el peligro que detecta. Y está sólo.

jueves, marzo 10, 2016

El absurdo del Euríbor en negativo

Hoy se reúne en Frankfurt el BCE, y volverá a decidir sobre los tipos de interés, que muy probablemente sigan invariables en mínimos, y tendrá que pronunciarse sobre la convulsa actualidad económica. Tras un devastador inicio de año en los mercados, se ha dado una media vuelta desde, aproximadamente, un mes, y se han recuperado parte de las pérdidas, aunque no todas. La volatilidad sigue presente y las incertidumbres que hace poco eran comentadas por todos, pese a que no se mencionen en las últimas semanas, no han cambiado para nada. Quizás permanecen agazapadas esperando el momento para dar otro zarpazo.

Consecuencia de todas las medidas adoptadas por el BCE y demás instituciones para tratar de salir de la crisis, de la que puede que hayamos escapado, pero siendo más pobres y muy diferentes ha como entramos en ella, una de las más significativas es el derrumbe de los intereses, y cómo eso afecta a la vida real. Todos han caído, tanto los que oferta el banco a los clientes por sus depósitos como los que cobra por los créditos, aunque en el caso de los créditos al consumo siguen siendo muy elevados (recuerden un consejo, salvo extrema necesidad, nunca los pidan, salen carísimos). Hasta hace poco meter el dinero en casa bajo el colchón era sinónimo de comportamiento carca y desfasado, y perdedor, porque se perdía la remuneración que otorgaba el banco y la inflación se comía el efectivo. Ahora la inflación está en negativo en muchísimos productos e indicadores, y los bancos ya no dan nada más allá de juegos de toallas o accesorios para móviles. Al paso que vamos acabarán cobrando por depositar el efectivo en ellos, y el señor del colchón adquirirá el estatus de gurú financiero, y su posición “sólida” será muy rentable. Vivir para ver. Pero sin duda, lo más asombroso de todo es asomarse a un indicador como el euríbor y comprobar que tiene valor negativo. Esa referencia de todas nuestras hipotecas, que junto con el diferencial indica el precio al que el banco nos cobra su préstamo, es negativa. Eso significa que, en ausencia de diferencial, como pasa en algunos de los contratos concedidos, el banco paga al cliente por darle un préstamo. El cliente gana dinero por pedir prestado y el banco pierde por darlo. Es el mundo al revés. Hace no muchos años empezamos a ver este (absurdo) fenómeno en las colocaciones de deuda soberana. Empezó en los plazos más cortos y en los títulos triple A de naciones seguras como Alemania y EEUU. Grandes titulares, manos a la cabeza, incredulidad. ¿Cobrar por pedir prestado? Eso es imposible, estamos tontos, etc. Y desde entonces ese (absurdo) proceso se ha ido extendiendo a colocaciones de distintos plazos y calidad de emisión. El Reino de España obtuvo sus primeras emisiones negativas hace un par de años, en letras a seis meses y un año. A medida que esa irracionalidad se convertía en normal, los mensajes que la tachaban de absurda fueron callando y la nueva normalidad reinó en los mercados y medios de comunicación. El último gran indicador que faltaba en sumarse a este baile de locos, el euríbor, llegó a tasa anual negativa al cierre del pasado mes de febrero. Pocas centésimas, sí, pero negativas. Con un “menos” por delante que destroza todos los modelos económicos, los lleva al absurdo, y que de haber sido supuesto por mi o por cualquier otro alumno en la facultad de Economía hubiera supuesto una nota de cero, no negativa porque “sería imposible” puntuar por debajo de cero. Sería absurdo.

Estos indicadores, y muchos otros, nos siguen recordando que estamos en un mercado y economía, además de intervenido, completamente irracional, en el que el sentido común hace mucho tiempo que salió corriendo. Seguimos esperando las reuniones del BCE y la FED como una especie de Semana Santa revivida, donde Draghi pronuncia el discurso de las siete palabras y los fieles actúan celebrando la buena nueva o llorando amargamente por la decepción. No tiene sentido. Un mundo en el que se gana dinero por pedir prestado y se pierde por prestar está abocado al desastre, y esto lo puede ver cualquier. Más allá de artificios, la distorsión generada por la crisis y sus soluciones han trastocado nuestro mundo, y no se ve la manera de volver a la normalidad